miércoles, 4 de junio de 2014

La Gran Belleza (2013)

CURSO 2013-2014. SESIÓN 9

Título original: La Grande Bellezza.
Fecha de emisión: 6 de junio de 2014, a las 17:00 horas.
Lugar: Salón de Actos de l.E.S. Cándido Marante Expósito.
Entrada gratuita. Proyección exclusiva para los miembros de la comunidad educativa del I.E.S. Cándido Marante Expósito. Largometraje expuesto en VO con subtítulos en español.
Presentación a cargo de Roberto A.Cabrera.




SINOPSIS

En Roma, durante el verano, nobles decadentes, arribistas, políticos, criminales de altos vuelos, periodistas, actores, prelados, artistas e intelectuales tejen una trama de relaciones inconsistentes que se desarrollan en fastuosos palacios y villas. El centro de todas las reuniones es Jep Gambardella (Toni Servillo), un escritor de 65 años que escribió un solo libro y practica el periodismo. Dominado por la indolencia y el hastío, asiste a este desfile de personajes poderosos pero insustanciales, huecos y deprimentes.

TRÁILER






CRÍTICA

Cae la noche en Roma. A pocos metros del Coliseo, Jep celebra su cumpleaños en la terraza de su apartamento. Rodeado por sus amigos, empieza a sentirse presa de ese temor incierto que, tarde o temprano, alumbra la edad: el cansancio. Hace casi cuarenta años que publicó su primera novela, un relativo éxito de crítica que le permitió posicionarse en el magma cultural romano. Sin embargo, cuarenta años después, Jep acusa la factura de ese deslizamiento progresivo hacia la fauna nocturna bajo la forma de una melancolía que arrastra con su existencia. Mientras sus amigos bailan o se dejan llevar por sus pasiones más públicas, entre sorbos de Campari y la música de Raffaella, Jep parece abismarse en ese pensamiento que no le abandonará durante toda la película: ¿qué sucede cuando ya no nos queda nada por contar? La gran belleza es el hermoso viaje narrativo que Paolo Sorrentino emprende hacia el corazón de esa pregunta.

Todo comienza en una isla, en el decimoctavo verano de Jep, por aquel entonces aún Jeppino. Mientras nada a pocos metros de la playa, un grupo de chicas lo observa desde una pequeña cala. Más tarde, Elisa, una de las chicas, se reúne con él en las escaleras que conducen a la orilla. Jep se acerca a besarla, ella retira su rostro y ofrece el cuello, se acomoda sobre el hombro del chico. Jep puede oler, quizá por primera vez, su perfume; puede sentir su cuerpo, el cabello de la muchacha acariciando sus mejillas. De fondo, se escucha la resaca del mar y las minúsculas vibraciones nocturnas que emite el paisaje. Elisa se desabotona la blusa y le muestra sus pechos. El sueño termina. Adormilado sobre su cama, Jep fija la vista en el techo de la habitación. En ese preciso rectángulo, como en una pantalla de cine, se proyectan las olas de un mar azul que nunca ha olvidado, tal vez porque fue en el que nadó una mañana de verano mientras Elisa lo observaba.

La visión fugaz de ese recuerdo de juventud contrasta con el carrusel de encuentros que acechan a Jep cada vez que penetra en la geografía romana. Si el sueño de amor se desvanece en el sonido calmo de las olas del mar, el presente se multiplica en un grupo de personajes pintorescos que representan los diferentes estratos de la sociedad italiana. Así, Jep se deja llevar por ese vaivén que ni siquiera puede aspirar a calificarse como hedonista, pues ha caído prisionero de su propia impostura. Consciente de ello, Paolo Sorrentino deja que su cámara vuele, en un movimiento grácil y continuo, por cada palmo de Roma, sobre las cabezas de sus protagonistas, entre sus cuerpos, en un baile con los personajes que nunca cesa. Un movimiento, apenas interrumpido por el cambio de escena, que evoca la sensación de pérdida del sentido de la realidad en la que se hallan envueltos los actores de este drama de nuestro tiempo. Perdidos, en definitiva, entre fiesta y fiesta, happenings y performances, raptos trascendentes y nostalgia de aquel terruño del que emigraron siendo jóvenes, promesas incumplidas y realidades que son como pozos sin fondo.


A Jep se le acaba la mecha, incapaz de dar inicio a su segunda novela. A falta de inspiración, accede a realizar algún que otro encargo periodístico para su jefa, Dadina, y aconseja a su amigo Romano cómo orientar su carrera de dramaturgo. Sin tener conciencia plena de ello (o, tal vez, sin querer admitirlo), Jep se ha acomodado a ese papel de moderno Caronte que conduce a todo aquel que lo desee a través de las diferentes caras de Roma. Cada uno de sus encuentros sexuales culmina con el desdén, el hastío de relaciones que acaban nada más comenzar. Qué otra cosa puede hacer, se pregunta, si en cierto modo ya lo ha visto todo. Languidecer, diríamos, tumbado en su hamaca, con una copa en una mano y un pitillo medio apagado en la otra. Porque ha llegado a una edad en la que no sabe continuar sin caer víctima de un simulacro. De ahí la Roma mágica que Sorrentino busca con su cámara, la de las ilusiones y las fantasmagorías, la que encuentra a una jirafa en un jardín o la que expone las ruinas de una civilización pasada como decoración para un moderno loft. La ciudad que ha girado la vista a sus paisanos y vive alegre el colapso, el aire mortecino que invade sus fiestas y la melancolía que respiran sus criaturas.

Jep, que como el Adriano que una vez imaginó Ennio Flaiano ha perdido el sentido de la vida. Demasiados rostros familiares, demasiadas palabras vertidas sin saber por qué. Jep, que ahora se arrastra por los bulevares, que sonríe hasta dejar ver cada una de las arrugas que surcan sus facciones y ha olvidado cómo amar a Orietta, a Ramona o a Stefania. Jep, que desearía haber podido leer una página arrancada del diario de Elisa, una en la que hubiese escrito que lo amaba, que su relación terminó temprano por una de esas frivolidades de juventud y, sin embargo, nunca terminó del todo. Jep, que anhela superar a Flaubert en la conquista de una historia que verse sobre la nada, porque en verdad es ahí donde está sumido. Jep, que sin darse cuenta ha esparcido un poco de su relato vital por las calles de Roma, por sus terrazas y clubes, entre sus esculturas y fuentes, en bocas, lenguas y muslos, entre sábanas e incómodos tresillos, en la belleza singular de cada rincón de su memoria.

Todo termina en el recuerdo de una isla, en el decimoctavo verano de Jep, por aquel entonces aún Jeppino. Elisa se desabotona la blusa y le muestra sus pechos. El muchacho la observa, con la duda de si el aire frío de la costa le ha estremecido más que su enorme belleza, esa que sus ojos encuentran por vez primera. Elisa se vuelve a abotonar su blusa y la memoria, indecisa, no sabe cómo continuar con lo sucedido. Es la primera ocasión en toda la película que topamos con el pudor, con el reparo privado de un pedacito de vida que no pertenece a esta melancolía que su protagonista arrastra de escena en escena. Qué bello, verdad, recuperar la timidez, el primer escalofrío, quizá también el primer desamor y el último beso, todo el camino que empezamos a andar hace tanto tiempo. Sin necesidad de morder una magdalena, Jep encuentra aquel momento, breve y fugitivo, que alguna vez tuvo su lugar en una isla. Esa emoción privada, casi pasto de diario secreto, no la podemos dejar escapar otra vez. No podemos olvidar ese sentimiento, tan delicado y tan de otra edad. Embargado por esa sensación, Jep cierra los ojos y continúa el relato de esa historia interrumpida. La gran belleza es el hermoso viaje narrativo que Paolo Sorrentino emprende hacia el final de su memoria. 

Óscar Brox. (miradas.net)

jueves, 22 de mayo de 2014

Sed de Mal (1958)

CURSO 2013-2014. SESIÓN 8

Título original: Touch of Evil.
Fecha de emisión: 23 de mayo de 2014, a las 17:00 horas.
Lugar: Salón de Actos del I.E.S. Cándido Marante Expósito.
Entrada gratuita. Proyección exclusiva para los miembros de la comunidad educativa del I.E.S. Cándido Marante Expósito. Largometraje expuesto en VO con subtítulos en español.
Presentación a cargo de Roberto A. Cabrera.




SINOPSIS

Un agente de la policía de narcóticos (Heston) llega a la frontera mexicana con su esposa justo en el momento en que explota una bomba. Inmediatamente se hace cargo de la investigación contando con la colaboración de Quinlan (Welles), el jefe de la policía local, muy conocido en la zona por sus métodos expeditivos y poco ortodoxos. Una lucha feroz se desata entre los dos hombres, pues cada uno de ellos tiene pruebas contra el otro.

TRÁILER





CRÍTICA

En un pueblo mexicano fronterizo con los Estados Unidos el policía Mike Vargas (Charlton Heston) acaba de contraer matrimonio con la norteamericana Susan (Janet Leigh). Cuando están a punto de iniciar su luna de miel se produce un grave atentado ocasionado por una explosión. Este hecho provoca que Vargas se una a la investigación del caso con Hank Quinlan (Orson Welles), un detective con antecedentes de corrupción y sistemas policiales faltos de integridad.

Intriga criminal establecida en la frontera entre México y los Estados Unidos que sirve al gran Orson Welles para ofertarnos una aguda penetración psicológica de un policía amargado por la pérdida de su esposa, quien en sus investigaciones en pos de la esclaración delictiva no escatimará ningún método probatorio, sea legal o ilegal.

     
                

Sólo el célebre primer plano secuencia con el que da inicio la narración, ornamentado por los acordes de la mágica composición del compositor Henry Mancini, vale por toda la filmografía completa de muchos directores.

Guión espléndido del propio Welles, basado en la novela "Badge of evil" de Whit Masterson, impresionante plantel de actores con pequeñas intervenciones de Marlene Dietrich o Dennis Weaver y atmosférica fotografía de Russell Metty para una trama desarrollada por la alucinógena y barroca narración del genio, en la cual encontramos sus bizarros encuadres que sirven para acentuar las características de personajes y situaciones, su clásico empleo del gran angular, las reminiscencias del expresionismo alemán en su persistente contraste entre luces y sombras que enrarecen un ambiente significado por la putrefacción moral, una extraordinaria utilización de la puesta en escena y unos impactantes y nada gratuitos movimientos de cámara que hacen de esta película una experiencia casi mística en la comunión con el entramado técnico de la cinematografía.

Cualquier presunta innovación actual en el planteamiento narrativo y estilístico se convierte de inmediato en una antigualla en comparación con la modernidad que destila esta gema del año 1958.

"Touch of evil", un título imprescindible para cualquier amante del séptimo arte.

lunes, 21 de abril de 2014

Mulholland Drive (2001)

CURSO 2013-2014. SESIÓN 7

Título original: Mulholland Drive.
Fecha de emisión: 25 de Abril de 2014, a las 17:00 horas.
Lugar: Salón de actos del I.E.S. Cándido Marante Expósito.
Entrada gratuita. Proyección exclusiva para los miembros de la comunidad educativa del I.E.S. Cándido Marante Expósito. Largometraje expuesto en VO con subtítulos en español.
Presentación a cargo de Roberto A. Cabrera.



SINOPSIS

Betty, una joven aspirante a actriz, llega a Los Ángeles para convertirse en estrella de cine y se aloja en el apartamento de su tía. Allí conoce a Rita, una mujer que padece amnesia a causa de un accidente sufrido en Mulholland Drive. Las dos juntas deciden investigar quién es Rita y cómo llegó hasta allí.


TRÁILER




CRÍTICA



Desconfié cuando, hablando de una película de David Lynch como "Mulholland Drive" (id., 2001), los autores de varios escritos cantaban las maravillas de su sinsentido y su ausencia de lógica. Y no porque el último trabajo del director de "El hombre elefante" (The elephant man, 1980) sea una película legible a la manera convencional, que no lo es, sino porque uno se teme que la excusa de que sea "inexplicable" vale para rellenar unas líneas sin pasarse siquiera por el cine. Si "Carretera perdida" (Lost highway, 1997) era una excepcional película de terror, en un pasear por algunos géneros afines a su personalidad, David Lynch presenta ahora una película que, en su punto de partida, es un estupendo film noir y en su desenlace otra cosa que sólo se puede definir como una película de su director.


Lynch se divierte incluyendo homenajes en otro nuevo ejercicio de libertad a películas tan importantes en el devenir de la historia del cine como "De entre los muertos" (Vertigo, Alfred Hitchcock, 1958) y "Persona" (id., Ingmar Bergman, 1966). El hilo conductor que existe entre ambas producciones –la confusión y la crítica de personalidades falsas o, lo que es lo mismo, la célebre frase de Shakespeare sobre el teatro de la vida– es utilizado por Lynch una vez más (en "Carretera perdida", el fuego de artificio de la transformación del personaje que encarnaba Bill Pullman era un golpe de efecto muy lynchiano que pertenece más a un terreno personal), sólo que esta vez de una manera mucho más central. De esta manera, el director juega a ordenar –al fin y al cabo, poner un principio y un final es de lo que se trata esto de contar historias– de manera no habitual (cronológica) dos posibilidades de una misma historia. Con ello, el director provoca una confusión muy de su gusto que obedece a la imaginativa perversión de elementos bien conocidos por el espectador tales como la acumulación de ingredientes naturales del cine de intriga, la puesta en duda de la ordenación canónica de las acciones en el género –siempre tendentes hacia la resolución del enigma– o el papel de la realidad –travistiéndola de una sugerente verosimilitud– en un invento tan premeditadamente vicario como es el cine.


Pero, por encima de que el director se incline más por recalcar siempre el artificio del medio –a ello también obedece la pantanosa irresolución del enigma que simboliza una caja azul– que en sobrevolar el argumento, es tremendo el poder de Lynch para convertir lo que iba a ser un capítulo para una serie de televisión (a ello obedece la presencia en el grupo de productores de Tony Krantz, un catódico manager responsable de, entre otras series, "Felicity") en una película que muy poco tiene que ver con lo que iba a ser su nuevo proyecto televisivo. En principio, un reparto de poco relumbrón del que destaca Naomi Watts (mucho más que una chica mona). El trabajo de puesta en escena sigue rigurosamente sus principios estéticos y no capitula ante la forma tradicional de hacer televisión, y las costuras de un guión al que, qué duda cabe, en algún momento se impostó una pústula genial, quedan muy bien escondidas. Tras haber hojeado el libreto de lo que iba a ser el capítulo de televisión no puedo más que rendirme ante la evidencia de que Lynch no es sólo uno de los más habilidosos directores estadounidenses sino también un guionista digno de elogio, estudio y admiración.


Alguien se rajó en ese proyecto para una serie de televisión y, como contrapartida –más que como venganza–, David Lynch respondió creando uno de sus guiones más personales y perfectos, inventándose una visionaria metáfora sobre la representación, y en concreto sobre la audiovisual, en forma de un club llamado "Silencio", en el que ocurren todos los milagros con justificación poética, en el que se empieza a doblar la lógica de la trama, en el que tiene lugar un alumbramiento que concluye con un pliegue de la propia historia, la muestra consecutiva de acciones que no calificaré como anteriores o posteriores, pero en las que se realza su naturaleza de obra cinematográfica. Y, aunque los amigos de la mediocridad los puedan tachar de autocomplacientes, a los que nos gusta el cine estos ejercicios de majestuosa demagogia nos encantan.

Rubén Corral. (labutaca.net)

sábado, 22 de marzo de 2014

Fargo (1996)

CURSO 2013-2014. SESIÓN 6

Título original: Fargo.
Fecha de Emisión: 28 de Marzo de 2014, a las 17:00 horas.
Lugar: Salón de Actos del I.E.S. Cándido Marante Expósito.
Entrada gratuita. Proyección exclusiva para los miembros de la comunidad educativa del I.E.S. Cándido Marante Expósito. Largometraje expuesto en VO con subtítulos en español.
Presentación a cargo de Roberto A. Cabrera.
Película no recomendada a menores de 18 años.




SINOPSIS

Un hombre apocado y tímido, casado con la hija de un millonario que le impide disfrutar de su fortuna, decide contratar a dos delincuentes para que secuestren a su mujer con el fin de montar un negocio propio con el dinero del rescate. Pero, por una serie de azarosas circunstancias, al secuestro se suman tres brutales asesinatos, lo que obliga a la policía a intervenir.

TRÁILER




CRÍTICA



Aunque no sea un género o siquiera un subgénero, existen muchas películas que se basan en que lo planificado salga mal, que las cosas se vayan de las manos y se cree un irrefrenable efecto bola de nieve. Así sucede en ‘Fargo’ (1996), donde parece que a los creadores, Ethan y Joel Coen, al contrario que a Hannibal Smith y asumiendo la ley de Murphy, les encante que los planes salgan mal. La intención de organizar cualquier historia a lo largo de este tobogán de desdichas, además de garantizar el aporte de grandes dosis de acción, suele ser demostrar las ironías del destino, el absurdo del comportamiento humano o la dificultad para tomar las riendas de nada. Por lo tanto, el tono de comedia negra que escogen los hermanos puede ser el más idóneo para narrar la espiral de violencia en la que se convertirá una treta que aparentaba ser inocua.

Tras una serie de films que se podrían calificar de manieristas, los Coen dan un giro formal con su sexto largometraje, que está realizado con un estilo más comedido que los anteriores, como pide el tono de su contenido. Esta madurez estética no significa que pierdan la marca de autor, renuncien a la estilización o que nos encontremos ante encuadres y movimientos de cámara anodinos, pues muchos de sus planos de fondo nevado han quedado como algunos de los más destacados del momento. Ha permanecido asimismo en el recuerdo la música original de Carter Burwell, colaborador habitual de los directores y guionistas. Bajo el pretexto de basarse en hechos reales –que más tarde confesaron que no eran tales–, los de Mineápolis consiguieron con este paso adelante que finalmente se les prestase atención desde el Hollywood que los menospreciaba y apelar a un rango de espectadores más amplio que el de sus previos trabajos. Así, fue nominada a siete Oscar, de los que obtuvo el de mejor actriz y mejor guion original.


En los diálogos reside el detalle más notorio de ‘Fargo’, con ese retrato de la América profunda, de seres apenas articulados, cuyas muletillas como “yeah” y “Jeez” se repiten en cada intervención o constituyen la única palabra emitida en cada ocasión. Estos habitantes sencillos sufren al mismo tiempo un retrato despiadado y un homenaje, a los cual es sometida también la vida campestre, en ese reflejo cargado de detalles y hallazgos –por ejemplo, la monstruosa estatua del leñador que da entrada al pueblo–. Los Coen se ceban con sus personajes hasta robarles casi por completo el cerebro o la capacidad reflexiva, pero también los quieren y celebran sus idiosincrasias. La escena en la que el agente pregunta al dueño del bar y este le relata los hechos, como quien cuenta un chiste, sin dar pie apenas al saludo, es un claro ejemplo de esta semblanza que, por encima de los raptos y asesinatos, supone el componente principal del film.

La defensa de la apacible vida de pueblo queda patente en la superioridad moral del personaje de Frances McDormand, cuyas palabras maternales de una de las secuencias finales expresan las intenciones de los creadores. La sheriff se ha ocupado de resolver estos asesinatos mientras atendía a asuntos ajenos a la cuestión, en lugar de dejarse la piel como harían los detectives de series y thrillers, que se toman cada caso como algo personal. Por otra parte, su retrato no es el heroico de otros investigadores, con capacidades casi sobrehumanas y una gran dosis de superioridad con respecto al pueblo llano, sino que es una más y se aferra a las misma muletillas que emplean todos sus paisanos. Desde esa implicación meramente profesional, esta mujer embarazada es la más capacitada para dar la sentencia que lo deje todo en su sitio. El punto de vista de la cinta adopta esta perspectiva despegada de la investigadora, lo que hace que ‘Fargo’ no pueda disfrutarse como un policíaco, sino como otra cosa.


Exceptuándola a ella y a su entorno –el marido es un auténtico santo–, el resto de los personajes, cada uno a su manera, se mueven en esos tonos grises que no los definen ni como buenos ni como malos. De cierta forma, todos son víctimas, pero en cierto modo también son todos verdugos, incluso los que simulan ser más honrados. A todos los motiva la codicia y el egoísmo. Dentro de este retrato nada maniqueo de los personajes, el más interesante es el protagonista, interpretado con su característica sobriedad por William H. Macy, ya que es quien aparenta ser más inocente o más víctima, pero es quien desata todo el huracán de calamidades. Es un hombre cobarde, que vive atenazado, no ya por su mujer, sino por su suegro y que, con una actitud pasivo agresiva, trata de salirse con la suya sin afrontar nunca de cara los problemas. La película tiene como propósito, además de lo ya señalado, criticar esta actitud taimada.

Al igual que a los personajes de Steve Buscemi y Peter Stormare se les va la mano con la violencia, aventuraría que lo mismo les sucede a los autores, cuando introducen una crueldad que no viene a cuento. No me refiero a que haya demasiada crudeza o sea necesario el reblandecimiento para evitar herir sensibilidades. A lo que me refiero es a salidas de tono, a reacciones poco verosímiles. Si lo percibimos todo dentro del tono cómico que se ha planteado desde el principio para demostrar el absurdo del comportamiento, sí debería encajarnos, aunque para ello hayamos de dejarnos llevar por el entusiasmo que nos producen el resto de los ingredientes de la película. Pero si analizamos cada uno de los pasos que dan estos matones, algunos pueden estar motivados por la desesperación o la torpeza, pero otros no los justifican ni esas razones. Esto podría deberse al tono caricaturesco que adoptan los Coen quienes, por mucho que se pongan de parte del pueblo, no dejan de situarse por encima, lo que también crea un distanciamiento a la hora de comprender hechos o decisiones.


No podemos olvidar lo que supuso ‘Fargo’ en el año de su estreno. La generación que comenzaba a disfrutar del cine en aquel momento encontraba esta opción gamberra como algo exclusivo suyo y excluyente para los mayores y gracias a eso se convirtió en uno de los títulos de su década. La estela abierta por Tarantino, en la que los personajes sostenían largos diálogos que no necesariamente cumplían un propósito dentro del film o donde las escenas podían obedecer a algo más que añadir información sobre una trama, encuentra aquí una posibilidad muy diferente, pero dirigida a un público con ganas de disfrutar de una manera similar. Dieciséis años después, los que entonces éramos jóvenes, tenemos que preguntarnos si el efecto que nos produce sigue siendo el mismo.

Ya he comentado otras veces que de los Coen me gustan mucho algunas cosas y nada otras. Y, a riesgo de encontrar incomprensión –aunque no se comparta, no debería ser algo que llamase la atención o crease rechazo–, confesaré que lo que menos me convence de ellos es su humor. Encuentro sus dramas magistrales casi en su totalidad y de ellos me gusta su saber hacer, tanto para contar historias, crear personajes y dialogar, como para poner en imágenes. Pero no me suelo reír con sus gracias. En el caso de ‘Fargo’, película que se encuentra a caballo entre ambos tratamientos, me debato igualmente entre las dos conclusiones. Por mucho que comprenda la intención de demostrar el absurdo y sepa que, por ello, no tengo que buscar explicaciones racionales o perfectas a todo, encuentro que algunas de las escenas rompen la tuerca al darle una vuelta de más. Claro que por encima de todo esto está un espléndido retrato de actitudes, diálogos y relaciones pueblerinas representado gracias a unas incontestables interpretaciones del reparto al completo. El tono de comedia se torna negro por las ironías –destriparía mucho si señalase el incidente que mejor las pone de manifiesto– que el destino reserva a casi todos los personajes.

Beatriz Maldivia. (blogdecine.com)

domingo, 16 de febrero de 2014

Blade Runner (1982)

CURSO 2013 -2014. SESIÓN 5

Título original: Blade Runner.
Fecha de emisión: 28 de Febrero de 2014, a las 17:00 horas.
Lugar: Salón de Actos del I.E.S. Cándido Marante Expósito.
Entrada gratuita. Proyección exclusiva para los miembros de la comunidad educativa del I.E.S. Cándido Marante Expósito. Largometraje expuesto en VO con subtítulos en español.
Presentación a cargo de Roberto A. Cabrera.




SINOPSIS

A principios del siglo XXI, la poderosa Tyrell Corporation creó, gracias a los avances de la ingeniería genética, un robot llamado Nexus 6, un ser virtualmente idéntico al hombre pero superior a él en fuerza y agilidad, al que se dio el nombre de Replicante. Estos robots trabajaban como esclavos en las colonias exteriores de la Tierra. Después de la sangrienta rebelión de un equipo de Nexus-6, los Replicantes fueron desterrados de la Tierra. Brigadas especiales de policía, los Blade Runners, tenían órdenes de matar a todos los que no hubieran acatado la condena. Pero a esto no se le llamaba ejecución, se le llamaba "retiro".

TRÁILER




CRÍTICA



Hablar de ‘Blade Runner’ es hacerlo de varias cosas. Es hablar de la magia del cine, es hablar de arte, es hablar del ser humano, es hablar de una experiencia que transforma al espectador. Hace unos días, tuve la santa suerte de poder ver, en una sala de los Kinépolis de la ciudad de Granada, esta extraordinaria película que dirigió Ridley Scott a partir de una novela de Philip K. Dick. La había visto ya, si no recuerdo mal, cinco veces, pero jamás de esta forma, en pantalla grande y con una calidad de sonido y de imagen sencillamente inmejorables. ‘Blade Runner’ es una película que se enmarca tanto en la ciencia ficción como en el cine negro, terrenos ambos donde camina con paso firme y ejemplar, pero sobre todo es una visión pesimista y trágica de la condición humana.

El ser humano está en declive, muerto; esto es lo que ponen de manifiesto sus creaciones más perfectas, unas “máquinas” que se han desarrollado hasta tal punto que, en contraposición con las personas “reales”, quieren vivir intensa y eternamente. Gracias al precioso envoltorio de ciencia ficción, ‘Blade Runner’ plantea de forma fascinante una pregunta que siempre nos ha acompañado: ¿qué nos hace humanos? Lo orgánico ha perdido todo su sentido y las gentes deambulan sin sentido por calles ruidosas y superpobladas donde la lluvia refleja perfectamente el estado de ánimo que el film quiere transmitir. La fantástica banda sonora de Vangelis, la increíble visión de Scott y unos actores en estado de gracia logran que nos quedemos totalmente pegados a la butaca, independientemente de las veces que hayamos viajado hasta el barroco futuro de los replicantes.


El argumento de ‘Blade Runner’ (1982) se centra en Rick Deckard, un policía especializado en cazar replicantes. Los replicantes son algo así como robots biológicos, seres humanos artificiales, creados para cumplir las tareas que los hombres ya no quieren hacer, en lugares donde se necesita una mayor mano de obra. Las nuevas generaciones de replicantes, los Nexus-6, han empezado a desarrollar emociones y llegan a cometer crímenes contra personas, por lo que son declarados ilegales. Los Blade Runners son los ocupados de eliminarlos. Estamos en Los Angeles, año 2019. Deckard se ve obligado a cumplir con una peligrosa y desagradable misión…

Lo que pasó por mis encendidas retinas el pasado 1 de diciembre (por cierto, infinitas gracias desde aquí tanto a una deliciosa jovencita como a un amable amigo, por hacer posible la memorable velada), fue concretamente una versión llamada ‘Blade Runner: The Final Cut’ (o ‘Blade Runner: El Montaje Final’, que básicamente es el director´s cut más una mano de pintura digital para, supuestamente, hacer más creíble el mundo futurista donde se desarrolla la acción.

No hacía falta, desde luego, tal tarea, como ya quedó en evidencia cuando el pesetero de George Lucas volvió a vendernos su (también mágica) saga de las galaxias; pero, por otro lado, no molesta lo más mínimo y apenas se nota, salvo porque sabes que “eso” no estaba ahí la última vez que viste el film. Igualmente, se han añadido algunos planos nuevos, pero pasan desapercibidos y personalmente me lo tomé del mismo modo que los retoques de efectos especiales (como si no estuvieran). La (quizá exagerada) explotación comercial que se está haciendo de esta mítica película ha llevado a muchos a desprestigiar las diferentes versiones, punto de vista que considero equivocado. Porque otro aspecto increíble de ‘Blade Runner’ es que, por un lado, es única, pero por otro, tiene varias versiones que funcionan a las mil maravillas. He llegado a la conclusión (no probada científicamente) de que la primera versión que ves es la que amas; pero en cualquier caso, la magia que desprende la obra está, reside en los fotogramas de todas las diferentes variaciones de la misma historia. Personalmente, me quedo con el director´s cut, pero, por ejemplo, Alberto prefiere la versión que se estrenó en un primer momento. Muy curioso.


Elegante, sutil, preciosista, perfeccionista… Podríamos usar cualquiera de éstos y más calificativos para referirnos y subrayar la magistral labor de dirección de Ridley Scott en este film. Un señor que lleva el cine en sus venas, como se demuestra en incontables momentos de su envidiable filmografía; un señor que tiene en su haber ‘Alien’, ‘Thelma y Louise’, ‘Black Hawk Derribado’ o la para mí sobrevalorada ‘Gladiator’, pero que no tiene en su poder un Oscar (quizá ‘American Gangster’ se lo proporcione). Scott nos sitúa siempre dónde hay que estar, imprime el ritmo adecuado para cada momento (nos deja sin aliento con el primer “retiro” y nos relaja con las escenas íntimas de Deckard) y nos sumerge en un oscuro y lluvioso entorno que se muestra tan desolador como bellísimo. En este sentido, el diseño de producción es sublime. Scott se aprovecha de todos los elementos a su disposición para mover la cámara sin que nos demos cuenta, señal inequívoca de que no podía hacerse de otra forma. Por cierto, se suele decir que “el libro siempre va a ser mejor que la película”, pero con una película tan especial como ‘Blade Runner’ las normas no valen. La obra de Dick no podría lucir mejor en la pantalla, recibiendo una dosis de poética complejidad pocas veces vista. El genial escritor no pudo verla, pero seguro que estaría muy agradecido por esta adaptación. A fin de cuentas, le saca brillo a una de sus novelas menos inspiradas.
Al igual que los temas de Vangelis, los rostros de ‘Blade Runner’ no se olvidan. 

Inevitablemente, el memorable impresionante y emotivo monólogo final (lo puedes ver mil veces, te eriza la piel siempre) hace que sean Harrison Ford y Rutger Hauer los actores más recordados, pero es también inolvidable la preciosa fragilidad de Sean Young, la salvaje belleza de Daryl Hannah o las extrañas facciones de Edward James Olmos, que encarna a un personaje muy secundario pero tan fascinante como el resto. Pero evidentemente, repito, puestos a destacar, hay que mencionar por encima de todos a Ford y a Hauer, que comparten un duelo que es un prodigio en todos los sentidos, trepidante, oscuro, reflexivo y de maravilloso desenlace. Tanto uno como otro están simplemente perfectos; el primero compone a un detective melancólico, un antihéroe, con el que nos podemos identificar desde el primer fotograma, y el segundo interpreta (y crea) a uno de los mejores villanos que ha dado el cine en toda su Historia. Por cierto, atención a las frases que le dedica el replicante al Blade Runner, ¿se conocían anteriormente? ¿Era Deckard ese sexto replicante que menciona su superior? ¿Por eso Deckard tiene ese reflejo dorado en los ojos? Los adoradores de la versión comercial, aun quitando el sueño del unicornio, tenéis que admitir que Deckard es… bueno, me callo que seguro que hay alguien por aquí que todavía no la ha visto.



‘Blade Runner’ pasa por ser una de esas razones por las que amar el cine, uno de los pocos títulos realmente imprescindibles del séptimo arte. Es tal la belleza y la complejidad de la obra que uno se queda casi sin palabras al querer describirla. Podéis daros un buen viajecito por la red y comprobar la cantidad de debates y análisis que ha originado la película (catalogada como la de mayor contenido filosófico en numerosos sitios). Como bien sabéis, hay cosas que es mejor no ensuciarlas contándolas, hay que verlas y experimentarlas por uno mismo. Si eres de los que aún no han sentido en tu propia piel el monólogo final del replicante Roy Batty, no dudes más, tienes una tarea pendiente y urgente. Y si ya lo has sentido, ¿a qué esperas para repetir? Ah, vale, esperas al día 11 de diciembre, que sale a la venta una edición apabullante, con maletín y discos para pasar horas sentado, de esta genial e incontestable obra maestra.


Juan Luis Caviaro. (blogdecine.com)

martes, 21 de enero de 2014

Celebración (1998)

CURSO 2013 - 2014. SESIÓN 4

Título original: Festen.
Fecha de emisión: 24 de Enero de 2014, a las 17:00 horas.
Lugar: Salón de Actos del I.E.S. Cándido Marante Expósito.
Entrada gratuita. Proyección exclusiva para los miembros de la comunidad educativa del I.E.S. Cándido Marante Expósito. Largometraje expuesto en VO con subtítulos en español.
Presentación a cargo de Roberto A. Cabrera.
Película no recomendada a menores de 18 años.




SINOPSIS

Los Klingenfeldt, una familia de la alta burguesía danesa, se disponen a celebrar el sesenta cumpleaños del patriarca, un hombre de trayectoria y reputación intachable. Sin embargo, sus tres hijos, aunque muy diferentes entre sí, están dispuestos a aprovechar la ocasión para sacar a relucir los trapos sucios de la familia.

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CRÍTICA

El danés Thomas Vinterberg dirige en 1998 su mejor trabajo hasta la fecha, Celebración, película que inaugura el movimiento Dogma, que el propio Vinterberg había cofundado junto al polémico Lars Von Trier. Se trata de un funesto tratado sobre la distorsión y la hipocresía imperantes en las relaciones sociales en el entorno de la clase alta (sobre todo), drenadas en la concreción de un brutal mazazo que atenta contra la conciencia. Como su exquisita forma se ajusta milimétricamente a los preceptos de su corriente, será mucho más interesante dirigir el análisis hacia un punto de vista emocional, puesto que el atrevido juego psicológico que presenta la cinta es su única, pero eficaz, baza contra el apalancamiento en la butaca.


Y digo apalancamiento porque desde el primer plano se aprecia un ritmo exageradamente lento, cuyo propósito verdadero no es otro que el de ir desprendiendo al espectador de su inhibición especulativa. A través de la llegada de una numerosa familia, parientes lejanos incluidos, a un convite con motivo del sexagésimo aniversario del patriarca, el cineasta danés metaboliza un complicado compuesto de relajación e interés, dejando aflorar con naturalidad, como quien no quiere la cosa, las disfuncionalidades del clan (el comportamiento y la fama del conflictivo Michael o las intrigantes conexiones de los familiares con el personal del servicio). Lo que con un buen puñado de ejemplos se podría catalogar como un ingrediente indispensable para la comedia, aquí no puede sostenerse ni en su vertiente más negra: algo de lo que flota en el ambiente no huele bien.

Pese a que el público ya bajó la guardia, esa abstracción viciada le ha prevenido por inercia para encajar la escabrosa noticia que el primogénito reserva para todos los asistentes (arma poderosísima para las cintas con reuniones familiares). El desconcierto está servido tras la terrible acusación que Christian lanza contra su padre y que no es sino la primera sorpresa materializada, puesto que el primer indicio de latencia lo proporciona el thriller bajo el que se enmarca la gymkhana que preparó la hermana recientemente fallecida. Las razones de la confusión son el hecho de que, hacía un rato, ambos conversaban con confianza –mas, no sin cierta tensión palpable- y que, por las trazas de las que disponemos de sus dos hermanos, del confesor sería de quien menos pudiera imaginarse un enfrentamiento directo con el anfitrión. Lamentablemente, la génesis de la maldad se pasea por senderos arbitrarios.


Inmediatamente, tras el shock de la revelación, la cinta pone en marcha dos mecanismos de potenciación, tanto formal como de su mensaje: por un lado, la atmósfera se sume en la más absoluta violencia psicológica; por otro, el relato se entrega a lecturas trascendentes de inserción sociopolítica. El pillado actúa como si la cosa no fuera con él, y no solo se va de rositas, sino que sigue siendo aplaudido (¿mantenimiento de las apariencias, silenciado de la falta, o ambas?). El servicio toma cartas en el asunto haciendo las veces de pueblo indignado (muy a colación de lo que vivimos en nuestros días), apoyando una justa revolución. Pero, como ha terminado ocurriendo en nuestro entorno más cercano, parecía que su acción iba a tener una repercusión mucho mayor que la que finalmente tiene. Y es que, quien ostenta el poder, requiere de una reincidencia abusiva para ser abandonado por sus fieles.

Celebración configura con orgullo una estructura narrativa equilibrada y muy precisa, gracias a la disposición de esos interludios promulgados por el inexperto maestro de ceremonias entre capítulo y capítulo – es decir, entre descubrimiento y descubrimiento: pues sí, la cosa se alarga- y a la acogida de unos ecos palmarios de El ángel exterminador (Luis Buñuel, 1962) por el perpetuo retorno resignado de los invitados a sus asientos, en su acepción puramente física, y por el puñetazo al exclusivo estómago de la alta alcurnia, en su nivel conceptual. En este trasiego de exhibicionismos y cínico mutismo, Vinterberg se toma la licencia de atizar las brasas del escarnio con la vara del racismo que, aunque no termina de venir a cuento, funciona como oportuno colofón para completar el denostable retrato de un colectivo.



El estoicismo del que hacen gala, tanto víctima como verdugo, ha de actualizarse, forzosamente, por lo que respecta al sometimiento por convicción a los preceptos del Dogma, en un estadio meramente gestual, vehiculado por unas excepcionales interpretaciones (a las que la cámara en mano dota de una asombrosa solemnidad). No dudo del primordial valor de un casting acertado, mas si cabe, dispuesto al servicio de una crítica social; pero, precisamente esto último es lo que me empuja a reducir toda la aptitud de la película a cierta intención moralizante. Haciendo un esfuerzo, trataré de entender el desenlace como un espontáneo arrebato de justicia poética: el apestado es quien termina ajusticiando al poderoso anfitrión. Tras casi quince años, ¿deberíamos tomar esta metáfora como referente para superar esta maldita crisis?

Javier Moral. (elespectadorimaginario.com)

domingo, 15 de diciembre de 2013

La Naranja Mecánica (1971)

CURSO 2013 - 2014. SESIÓN 3

Título original: A Clockwork Orange.
Fecha de emisión: 20 de Diciembre de 2013, a las 17:00 horas.
Lugar: Salón de Actos del I.E.S. Cándido Marante Expósito.
Entrada gratuita. Proyección exclusiva para los miembros de la comunidad educativa del I.E.S. Cándido Marante Expósito.
Presentación a cargo de Roberto A. Cabrera.
Película no recomendada a menores de 18 años.




SINOPSIS

Gran Bretaña, en un futuro indeterminado Alex (Malcolm McDowell), es un joven muy agresivo que tiene dos pasiones: la violencia desaforada y Beethoven. Es el jefe de la banda de los drugos, que dan rienda suelta a sus instintos más salvajes apaleando, violando y aterrorizando a la población. Cuando esa escalada de terror llega hasta el asesinato, Alex es detenido y, en prisión, se someterá voluntariamente a una innovadora experiencia de reeducación que pretende anular drásticamente cualquier atisbo de conducta antisocial.

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CRÍTICA

Hasta hace unos cuantos años yo era un defensor acérrimo de esta película, hasta considerarla una de las cotas más altas de Kubrick. Sin embargo, en este repaso de su obra, el revisado de ‘La naranja mecánica’ me ha descubierto un film totalmente irritante, también muy bien filmado; una historia exagerada, también llena de interés —no obstante parte de la novela escrita por Anthony Burgess—, y sobre todo algo que rara vez se encuentra en el cine del director neoyorquino, una inmensa distancia entre forma y fondo. Kubrick, uno de los directores más perfeccionistas de la historia, lleva al extremo su peculiar estilo, intentando una propuesta parecida a la de ‘2001: Una odisea del espacio’ (‘2001: A Space Odissey’, 1968), pero con la violencia como telón de fondo.


Como en muchas de sus obras Kubrick —que por primera vez se enfrentaba en solitario a la escritura de un guión— divide su película en tres actos perfectamente diferenciables. El primero narra sin orden ni criterio las andanzas de Alex, el principal protagonista de la historia, y sus drugos, mientras hacen de las suyas. Violaciones, peleas, asesinatos, única y exclusivamente viven para ello. La puesta en escena de Kubrick es muy precisa, nunca mostrando más de lo necesario, aunque en 1972 muchos se rasgaron las vestiduras. Queda claro que la intención de Kubrick es provocar, y ciertamente lo consigue —yo hablaría más bien de irritar—, pero no porque las escenas de este primer bloque sean extremadamente violentas, sino porque no hay explicación alguna a los acontecimientos que pasean por delante de nuestra retina.

No sabemos, ni lo dan a entender, las motivaciones de Alex y sus amigos para la violencia que corre por sus venas. En un futuro lejano o cercano, en una Inglaterra que parece ubicada en cualquier otra parte, Alex y sus drugos corren a sus anchas practicando la anarquía, dando a entender que ese comportamiento extremo es algo completamente natural en la sociedad en la que viven. Antes de saltar al segundo bloque, Kubrick nos da la oportunidad de ver cómo vive Alex. En casa de sus padres, escuchando discos de Ludwig van Beethoven, se dedica a hacer novillos para no ir a clases, o a llevarse a un par de chicas a casa para hacer un trío. Incluso recibe la visita de un asistente social, escena con claras connotaciones sexuales que se quedan ahí. Después de todo Kubrick es atrevido, pero quizá no tanto.

El segundo bloque narra cómo apresan y encarcelan a Álex, que ha sido traicionado por su propios compañeros, sin que quedan demasiado claras las razones de ello. Acusado de la muerte de una mujer, cumplirá 14 años de prisión. Kubrick emplea un tiempo desmesurado en narrar cosas anecdóticas, como el ingreso de Alex en la prisión. Éste pasa de ser una persona extremadamente violenta e irreverente a ser un preso modélico. Esta parte está llena de humor, todos sabemos que Alex está fingiendo, su único interés es portarse bien para someterse a un experimento nuevo sobre rehabilitación por el cual le concederán la libertad. Lo que sea con tal de salir de la cárcel.


Antes de saltar al tercer bloque, se produce uno de los puntos más interesantes del relato. Kubrick arremete contra la Iglesia a través de la figura de un cura, que es algo así como el tutor de Álex, al que éste engaña vilmente haciéndole creer que desea ser buena persona. Son varias las escenas en las que el director ridiculiza la religión, pero al mismo tiempo pone en boca de dicho personaje la frase más coherente de todo el relato, aquella en la que se queja del experimento del gobierno para rehabilitar a violentos, alegando que con ello se anula por completo la capacidad del ser humano para elegir. La denuncia de Kubrick empieza a tomar forma. Hemos asistido a las atrocidades de Alex, y ahora es él quien se somete a otro tipo de hechos atroces, con la diferencia de que éstos están respaldados por la ley.

El tercer bloque nos presenta a un Álex recuperado para la sociedad, pero irónicamente todo le sale mal. En un relato totalmente simétrico, Kubrick devuelve a Álex a los lugares en los que estuvo antes de ir a la cárcel. Se encuentra con un mendigo al que le dieron una paliza, y esta vez nuestro sufrido protagonista es el que recibe patadas y puñetazos. Es salvado de dicha situación por sus antiguos amigos, que ahora son policías, y casi moribundo termina en una casa en la que violó a una mujer y dejó paralítico a su marido. Éste, que ha oído hablar de Álex en los periódicos le utiliza para fines políticos y le provoca un intento de suicidio. Alex comprende que la libertad tiene un precio muy alto, pero aún así las cosas se pondrán finalmente de su lado. Se dejará utilizar como instrumento mediático para atacar los terroríficos métodos del gobierno para rehabilitar a delincuentes. Beethoven suena de nuevo en todos su esplendor —en dos altavoces que prácticamente parecen dos monolitos, en una clara alusión al anterior film de Kubrick—, y Álex se recupera del todo.

Dejando a un lado la pericia técnica del film, Kubrick no llega a ningún lado con su continua provocación. Deja a Álex igual que al principio, con sus mismos deseos e impulsos, sólo que esta vez es admirado por todo el mundo, que le mira de forma compasiva por ser el resultado de los feroces experimentos del gobierno. Cuentan que Kubrick obvió el último episodio de la novela de Burgess debido a que se estaba leyendo la edición americana que no contenía dicho epílogo. En él se narraba cómo Álex volvía a las andadas pero finalmente dejaba su postura violenta por aburrimiento, llegando a formar una familia. En el film de Kubrick, Alex —un entregado Malcolm McDowell, a ratos muy histriónico e insoportable— no evoluciona, el personaje no tiene curva, aunque parezca que sí.


De esta forma, Kubrick no llega tan lejos como Burgess, y lo que es peor, su película lanza un discurso bastante demagógico sobre la violencia, resultando casi sin querer —o tal vez sí— una de las más grandes apologías de la misma jamás vistas en una pantalla. Ese futuro en el que todos los jóvenes son cool, los ancianos vagabundos borrachos, y cualquier representante del poder un ser desalmado, deja en evidencia las ganas de Kubrick por resultar polémico solo porque sí. La película fue retirada de Inglaterra por el propio director cuando se enteró de que un grupo de jóvenes imitaban a los drugos del film. No volvió a reponerse hasta el año 2.000.

‘La naranja mecánica’ es una excelente película para cuando uno es adolescente, y la rebelión contra todo poder está a flor de piel. Pasado el tiempo, a mí se me revela como un film fascinante visualmente —en eso Kubrick era de los grandes, sin lugar a dudas—, pero que no pasa de ahí, a pesar de los profundos toques de ironía, y que mostraban a un Kubrick con algo decían no tenía, sentido del humor. De eso en ‘La naranja mecánica’ hay bastante.

Alberto Abuín. (blogdecine.com)