sábado, 31 de enero de 2015

Ida (2013)

CURSO 2014-2015. SESIÓN 14

Título original: Ida.
Fecha de emisión: 6 de febrero de 2015, a las 18:00 horas.
Lugar: Salón de actos del I.E.S. Cándido Marante Expósito.
Entrada gratuita. Proyección exclusiva a los miembros de la comunidad educativa del I.E.S. Cándido Marante Expósito. Largometraje expuesto en VO con subtítulos en español.
Presentación a cargo de Roberto A. Cabrera.



SINOPSIS

Polonia, 1960. Anna, una joven novicia que está a punto de hacerse monja, descubre un oscuro secreto de familia que data de la terrible época de la ocupación nazi.

TRÁILER



CRÍTICA 1

Lo primero que me sorprende en Ida, como profano en el cine de Pawel Pawlikowski, probablemente sea su aprovechamiento máximo del espacio. Después compruebo que también este detalle debería llamar la atención a los conocedores de su filmografía, pues al parecer el realizador polaco no se caracteriza por ese marcado rasgo estilístico, y este es el primer largometraje en el que se desprende de tantas cosas (música, color, movimientos de cámara…); A mí me resultó este hecho más inquietante que los planos fijos, también protagonistas de la película, o que la ausencia de música extradiegética. Los personajes ocupan casi todo el tiempo porciones mínimas de la pantalla, de modo que los entornos que los encierran parecen más grandes de lo que son realmente, cobrando un mayor protagonismo. El interior del convento, que poco tiene que ver con la película de 1977 del también polaco Walerian Borowczyk, pronto dará paso a los exteriores, y se repite la tónica de forma aún más exagerada.


Pero el film de Pawlikowski nos enseñará pronto que no todo es lo que parece. Descubriremos que la novicia Anna (Agata Trzebuchowska) se llama en realidad Ida y que es judía, que su tía Wanda (Agata Kulesza) es juez, y que fue una importante pieza del terror durante el estalinismo (no en vano la llamaban Wanda la roja), aunque inicialmente podríamos pensar que es prostituta, merced a su presentación con una pregunta capciosa a la joven, montada en paralelo con un hombre vistiéndose que sale de su dormitorio y de su casa. A medida que Ida y su tía van acercándose a su pasado, en busca de los padres de la novicia, de conocer cual fue su destino y donde están enterrados, se introducen algunos primeros planos, mostrando así que no todo es blanco o negro (salvo la fotografía de la película) y llenando con sus rostros la pantalla en contraposición a las impresiones iniciales, pero que también dejan un poso de extrañeza en el espectador, pues no se trata de primeros planos al uso, sino que se quedan con la parte superior de la cabeza, cortándolas de un modo antiestético y por tanto llamativo.

La película planea sobre el tema del holocausto, sobre la culpa y sobre el olvido, que se confunde en difusa frontera con el perdón. Ahí está la secuencia del actual dueño de la casa de los padres de Ida literalmente hundido en la tumba donde les enterró junto al hermano de la joven, mientras ella se aleja con los restos mortales sin mediar palabra cuando él confiesa que los mató él y no su padre. Pero Pawlikowski no parece construir su obra en torno a ese tema, y tampoco es que pretenda constituir solo una obra formal. A medida que sortea las trampas de los lugares comunes, esquivándolos, aunque sea para luego volver a caer en ellos pero de una forma mucho más natural (Ida se duerme cuando escucha la música de la fiesta mientras su tía se divierte abajo, pero cuando sube y discute con ella, baja y conversa con el saxofonista) consigue que nos adueñemos de la historia, sensibilizándonos, que nos creamos la reconversión de Ida, que finalmente parece seguir los pasos de Wanda, aunque en consonancia con la frase que esta le dice al poco de conocerla sobre los pensamientos y los actos impuros, sobre tenerlos y hacerlos, para saber al menos cuál es su sacrificio al entregarse a la vida religiosa, en el fondo sabemos qué podría ocurrir al final, un desenlace también llamativo, por su brusca oposición al resto del film, en el que una cámara en mano temblorosa sigue los pasos de una Ida con las ideas mucho más claras, y una certeza que antes no tenía.

Sergio Vargas (miradas.net)


CRITICA 2

Hay algo en el comienzo de Ida que rememora al comienzo de la novela Los hermosos años del castigo de la escritora suiza Fleur Jaeggy. El relato introspectivo, la crudeza de la atmósfera, la soledad gélida de los personajes, y una belleza encubierta entre muros de hormigón vociferando que está a punto de pulverizarnos.

Antes de realizar sus votos, Ana, una joven novicia, debe conocer a su único familiar vivo, su tía, Wanda Gruz (Agata Kulesza), una antigua jueza del partido comunista, conocida como Wanda la Roja, que debido a su impetuosa actitud acaba como magistrada local. Wanda la Roja no se preocupará en camuflar fervor por las debilidades carnales, entrega y dedicación a las bebidas espirituosas acompañadas de una misantropía inmutable, entre otras pasiones demoníacas.

A través de su tía, Ana accede a una única y elemental verdad: su verdadero nombre es Ida Lebenstein, y es judía. Ana es una monja judía. Tal descubrimiento embarca a los dos personajes en una especie de road movie minimalista y austera que se tambalea entre el dogma y la evidencia.


Ida comienza con un blanco y negro solemne, sobriedad adecuada para mostrarnos el convento, entramos en un estado onírico muy alejado del cine, es el estadio lírico pictórico, la cámara moldea las imágenes y nos vienen a la cabeza sin quererlo, bueno, un poco sí que se quiere, flashes de Pickpocket (Robert Bresson, 1959), Ordet (Carl Theodor Dreyer, 1955), Andrei Rublev (Andrei Tarkovsky, 1966) o Los comulgantes (Nattvardsgästerna, Ingmar Bergman, 1963), sí, no hay vuelta atrás, la comparación con el adorado Bergman ya está hecha. Un blanco y negro que siempre tiene las de encandilar al cinéfilo nostálgico y un formato no apto para bucólicos, el 4:3 fundido con un ritmo pausado y lánguido y una protagonista, Agata Trzebuchowska, que como si de una Mouchette novicia se tratase, ha sabido proyectar el espíritu cándido del este, perdido y romántico, como un Robert Walser sepultado en la nieve.

Ida podría haber sido el resultado de un jansenista preocupado por el ascetismo espiritual, como era Bresson, o también podría haber sido el producto de un autor traumatizado por la fe, o la ausencia de la misma, como era el gran danés Carl Theodor Dreyer. Pero dejemos la quimera para otros, Ida nace de Pawel Pawlikowski.

La significación del estatismo del espacio y de los personajes será uno de los núcleos duros de la base armoniosa del metraje y de la fotografía de Ryszard Lenczewski, colaborador de Pawlikowski en anteriores películas. El retrato fotográfico en el caso de Ida posee una fuerte representación estética y ética, imágenes absoluta y sobre todo poderosamente necesarias, como lo eran para el ya evocado Robert Bresson cuando sentenciaba: “La pintura me enseñó a hacer, no imágenes hermosas, sino necesarias”. Esto es, más allá del ascetismo, se encuentra lo imperiosamente primordial,y lo ineludible para Lenczewski es el ambiente devastado y una Polonia sin identidad con una fe falseada por la desolación histórica.

Ida explora con mirada sombría y expectante cada rincón una vez que sale del convento, porque una cosa es ver el mundo recluida entre esas paredes grises y duras, y otra muy distinta es ver el mundo en todo su esplendor, en toda su galantería y mundanidad. Volvemos a Andrei Rublev, porque Ida sufre un proceso semejante al del pintor renacentista que, al salir de su aislamiento vislumbra el mundo al fin, percibiendo la imperfección humana con la consecuente crisis de fe.


Esta es la quinta película de Pawlikowski, que se consagró casualmente con filmes que tienen reminiscencias del cine británico, alejado de la herencia del Este cinematográfico que atrapa a Ida. Last Resort (2000) está más cerca de Sweet Sixteen (aunque en este caso, sería Loach quien recuerda a Pawlikowski, pues la película del inglés es posterior), Women in the fifth (2011) en ocasiones se asemeja al rigor disciplinado de Haneke en Caché y My summer of love (2004) podría ser una película de Ken Loach por las formas, Criaturas Celestiales (Heavenly creatures, Peter Jackson, 1994) por el fondo. Reminiscencias, principalmente en el aspecto formal, de Haneke, Loach en sus anteriores filmes y de Dreyer, Béla Tarr o Sokurov en Ida.

Así es cómo Pawlikowski nos evoca todo lo cinematográficamente cruento y lo bello. Pawlikowski nos ama a su manera, pausada y estoica, de ahí que su cine sea un cine de reflexión y choques, como lo es Ida, grisácea, extraña y etérea, Ida es la Polonia de los álbumes de fotos, y de otra parte Wanda, con quien todos nos sentimos identificados porque resulta ser la más humana, porque es brutalmente honesta y va voceando por las esquinas las certezas existenciales. Wanda la Roja gusta a todos, incluido Jesús. C’est la vie, dirá. Wanda conlleva la dualidad que supone formar parte de las reliquias del pasado y desear a pleno pulmón lo que nacía en un contexto histórico amalgamado como fue la Polonia de los 60. Wanda lo es todo, el beatnick, la música de Coltrane y también Mouchette. “¿Y si vas y descubres que Dios no existe?”, preguntará Wanda la Roja.

Ida es una oda a lo de siempre, a lo que siempre nos cuentan y nunca nos cansaremos de oír, a las raíces, a la historia del mítico eterno retorno pero sobre todo es una apología de la verdad. Un cine maduro cargado de comunicación, pese a las pocas palabras utilizadas, que son las justas, están cargadas de significación, no se quiebran y un final ornamentado por un blanco invernal inmerso en un camino en búsqueda de la libertad, como en las road movies, deambulador y clamoroso por la vida, como Walser.

María Caballero (cinedivergente.com)


ENTREVISTA AL DIRECTOR

Con el cambio de siglo, el cine polaco ha perdido relieve en detrimento de otras latitudes de Europa que, con el beneplácito de los festivales, se han erigido en puerta de entrada para nuevas miradas cinematográficas. Sin Zulawski, con Wajda apurando sus últimos años de carrera y Skolimowski trazando itinerarios que tan pronto le han llevado a Varsovia  como a Noruega, una joven camada de cineastas ha aprovechado la situación para tomar el testigo e invitar a descubrir, como apuntan las recientes muestras en Filmoteca, una cinematografía que ha continuado silenciosamente con su trabajo. Pawel Pawlikowski se encuentra entre ambas generaciones. Huyó de la Polonia comunista siendo apenas un adolescente, en un trayecto que le condujo a través de diferentes países hasta afincarse provisionalmente en Francia. Su carrera, forjada desde sus inicios en el territorio documental, también le ha llevado a picotear entre géneros y cinematografías. Así hasta completar su ciclo vital y regresar a Polonia para filmar la primera película en su tierra natal. Se trata de Ida, la historia de dos mujeres enfrentadas a una crisis de identidad en la complicada década de los 60, uno de esos largometrajes tan bellos como hirientes que aúnan una honda reflexión humana con un preciso trabajo estético. A propósito de este último largometraje hablamos con Pawlikowksi sobre el estilo, su pasado como documentalista, la importancia de la transición a la madurez, el uso del encuadre y el sonido en el filme y la actualidad del cine polaco.

EL ORIGEN DE IDA, EL ESTILO Y EL PASADO COMO DOCUMENTALISTA

Quería hacer una película en Polonia sobre un período que me interesaba mucho, una época con la que me siento muy unido, mi niñez. Así que suponía el regreso a mi país natal y a una etapa muy concreta de mi vida. Sentía la imperiosa necesidad de hacer esto. También estaba interesado en cuestiones religiosas, en qué significaba ser religioso en Polonia, si tenías que ser polaco para ser católico, o si tenías que ser católico para ser polaco, o descubrir si había algo más trascendental que eso. Quería hacer una película sobre una vida complicada, una vida que tiene muchas vidas dentro de ella. Hablo del personaje de Wanda, una mujer muy cálida y muy vivaz que también puede ser un monstruo. De hecho fue un monstruo, y en algunos momentos puede volver a serlo. También de Ida, la que siente más fuerte su fe, independientemente de la nacionalidad o del linaje, por lo que su crisis de identidad no la destruye. Quería hacer una película universal partiendo de un tiempo y un lugar muy concretos y planteando cuestiones como la identidad, la fe o las paradojas de la vida.

Nunca he planteado ninguna película como un ejercicio de estilo. Este fue resultado de toda mi investigación previa. Quería que la película fuera una meditación acerca de las cosas que he mencionado. El estilo emerge de eso. No pretendía que fuera un filme con una narrativa normal, siempre intento trabajar en proyectos que sean un poco oblicuos, poéticos, imaginativos, pero en este caso quería llevar este planteamiento incluso más lejos de lo que lo había hecho hasta ahora. Así que, definitivamente, no es un ejercicio de estilo. Cuando la gente dice eso me enfado, porque significa que no he conseguido mi propósito. Quería que fuera conmovedora, no la fría composición de un cineasta raro.

Cada película es como un viaje, el descubrimiento de América. Viajas a India y descubres América. Todas las que he hecho han tenido tres fases: ese entusiasmo de los comienzos, la crisis de la mediana edad y un final glorioso o desastroso. Tienen vida propia porque suponen, al menos, un año y medio de tu vida. Cada una de mis películas es como una huella en mi viaje vital. Hago filmes para ganarme la vida, pero no lo hago profesionalmente, soy un amateur. Todas las películas que he filmado he deseado hacerlas, cada una en su momento, son marcas de dónde estoy en cada etapa de mi vida.

El documental tenía que ver con una etapa de mi vida en la que estaba interesado en el mundo de fuera más de lo que lo estoy en este momento. Ahora miro al mundo y estoy alucinando. No conseguiría sacar nada con sentido de lo que está ocurriendo ahora mismo. Cuando rodé los documentales, el mundo también era difícil pero no estaba tan mediatizado. Ahora hay cámaras en todos lados y nadie da sentido a nada, es una guerra de desinformación total la que sufrimos hoy en día. Otro tipo suelto por ahí con una cámara es algo ridículo, no tengo ninguna necesidad de ser ese tipo. Por otra parte, también tiene que ver con mi edad; el documental es como el deporte de un hombre joven para mí; desaparecer en algún lugar durante medio año para rodar… Prefiero tumbarme en el sofá y pensar en mi próxima película.



LA ADOLESCENCIA Y EL PASO A LA MADUREZ

Dos de mis películas anteriores, Twokers y My Summer of Love, trataban ese paso, pero también eran paisajes ahistóricos. En Ida, en cambio, el paisaje está lleno de Historia. Es una nueva desviación en mi filmografía. Siempre he evitado la Historia en mis películas de ficción porque pensaba en lo difícil que es explicarle el contexto a los distintos públicos que puedes tener. Si sitúas tu relato en un momento histórico relevante, tienes que explicarlo y, cuando tienes que explicar algo en cualquier expresión artística, pierdes. Con esta película pensé “vale, no voy a explicar nada del contexto histórico”, y al final ha funcionado, por lo que parece.

EL AIRE EN LOS ENCUADRES, LA INFLUENCIA DE WAJDA Y LA IMPORTANCIA DEL SONIDO

Ese tipo de encuadre, con tanto aire por arriba, no estaba ahí en mi idea inicial. Fue algo que descubrí durante los ensayos. Estaba trabajando con los actores, buscando encuadres que me funcionaran con sus rostros y sus cuerpos, y uno de esos días le pedí al operador de cámara que picara la cámara hacia arriba para ver cómo quedaba. Y parecía interesante. Era algo intuitivo y seguí adelante con ello. Pero en términos de planos estáticos, eso lo tenía pensado desde el principio, y el formato cuadrado también desde muy pronto. Es complicado porque con este formato no puedes tener paisajes, o tienes que ingeniártelas para tenerlos, y, sin embargo, es muy bueno para los rostros. A Bergman le funcionaba en los años 60. Cuando te enfrentas a planos generales es muy limitante, te sientes frustrado porque no puedes enseñar el panorama, lo que rodea a los actores. Lo único que puedes enseñar son panoramas verticales y los personajes, en vez de perderse horizontalmente, se pierden verticalmente.

Quizá la atmósfera sí pueda recordar a Cenizas y diamantes. Wajda y su operador utilizaban una gran profundidad de campo y composiciones muy barrocas, con un primer plano muy despejado y cosas ocurriendo en segundo plano. Vieron mucho Ciudadano Kane en Polonia por esa época, puede que demasiado. La película de Wajda era muy enfática y expresiva, mientras que la mía es más oblicua, como si miráramos por un cristal. Así que un hotel de provincias en Polonia aparece como debía ser en aquel momento. No está tan relacionado con Cenizas y diamantes como con mis propios recuerdos, de ir con mi padre a un hotel en mitad de la nada siendo yo un niño.

En cierta manera, las imágenes fuertes dictan un tipo determinado de sonido, sobre todo si has decidido no mover la cámara y no capturas lo que está fuera de campo. Mi mezclador de sonido al principio estaba sorprendido. Cuando haces sonido para una película en la que hay acción y la cámara se mueve constantemente, es bastante fácil, puedes tapar los errores, puedes hacer trampas más fácilmente. Si no hay movimiento y hay pocos elementos en el plano, cada sonido se convierte en algo dramático. Tienes que decidir cómo suenan las cucharas en el convento, qué matiz de agudo le quieres dar o si necesitas otro sonido para encubrir algo que no te gusta. Es una gran cosa, una algo importante. Cuando dos personajes hablan hay ciertas pausas en el diálogo, si tienes un coche pasando en la lejanía se convierte en algo significativo. No sé lo que significa, pero se convierte en algo hipnótico. Si tienes demasiados coches está mal, si no tienes ninguno también, así que es una cuestión de forma y volumen. Hay mucho trabajo en el sonido de Ida, quería que fuera la música de la película. No quería componer algo específico, quería cada sonido, el tranvía en la distancia o un grifo goteando. Quería sonidos que fueran permanentemente sugerentes, pero no intrusivos, lo que es muy difícil. Y cuando suena la música, no es una banda sonora, sino música diegética.



EL REGRESO A POLONIA Y LA ACTUALIDAD DEL CINE POLACO

Nada ocurre así de pronto, yo llevaba tiempo dirigiéndome hacia esa dirección. He vivido en Gran Bretaña la mayor parte de mi vida, me fui de allí hace tres o cuatro años para vivir en París. Con la edad puedes volver sobre tu pasado, cada vez más, así que es una decisión que estuvo largo tiempo creciendo dentro de mí. He seguido viniendo a Varsovia regularmente, pero llegó un momento concreto en el que sentí la necesidad de hacer una película sobre los años 60 en Polonia.

Después de la crisis de estos últimos 20 años, el cine polaco está yendo mejor. El nivel está subiendo, no hay tantas obras excepcionales, pero hay un par de cineastas que son interesantes. Está mejorando en líneas generales pero no sueles ver películas polacas en festivales de cine. El problema puede ser que la mayoría de películas no son lo suficientemente atrevidas,  tampoco hay una moda de cine polaco… En Cannes y otros sitios parece haber apetito sólo para las películas asiáticas o rumanas, es algo que tiene que ver con modas. Así que si se hace alguna buena película en Polonia, probablemente no te enterarás nunca. Pero tampoco importa tanto. El público allí va a ver películas polacas y eso sí que es importante.

Ismael Marinero (miradas.net)


La Cena de los Idiotas (1998)

CURSO 2014-2015. SESIÓN 13

Título original: Le Dîner de Cons.
Fecha de emisión: 16 de enero de 2015, a las 17:30 horas.
Lugar: Salón de actos del I.E.S Cándido Marante Expósito.
Entrada gratuita. Proyección exclusiva a los miembros de la comunidad educativa del I.E.S Cándido Marante Expósito. Largometraje expuesto en VO con subtítulos en español.
Presentación a cargo de Roberto A. Cabrera.



SINOPSIS

Para Pierre Brochant y sus amigos el miércoles es el día de los idiotas. La idea es simple: cada uno debe llevar como invitado al mayor idiota que encuentre. El ganador será el que lleve a la cena al idiota más espectacular. Esa noche, Brochant está pletórico: ha encontrado una auténtica joya. Un idiota redomado. François Pignon, un chupatintas del Ministerio de Finanzas, es un hombre apasionado por sus construcciones hechas a base de cerillas. Lo que Brochant ignora es que Pignon es un auténtico gafe, un maestro en el arte de provocar catástrofes.

TRÁILER



CRÍTICA

Hace poco, en una de esas charlas que se mantienen en la calidad de un café bar, entre cervezas, cafés, sustancias innombrables, y por supuesto, entre amistades que valen su peso en oro, hablábamos de que todo el mundo tiene una película famosa que no ha visto. Conozco a gente que aún no ha visto las películas de Star Wars, ‘Casablanca’ o ‘Los 7 samurais’, por poner ejemplos varios y diversos. Entre los cinéfilos más experimentados también existe ésa, o esas, películas, que por una razón u otra, permanecen en el cajón de las cuentas pendientes.

En mi caso particular, ‘La cena de los idiotas’ es (era) una de las películas que aún no había visto, y que cuando me preguntaban por ella, se sorprendían al revelarles que aún tenía que ponerme a verla para poder hablar sobre ella. Hace nada, dicha película cayó en mis manos por vías extrañas e inesperadas, y como no me gusta poseer lo ajeno demasiado tiempo en mi poder (por eso nunca pido nada, y menos películas), me apresuré a visionar un film que me proporcionó las risas más desternillantes que haya soltado en los últimos años. Y es que la comedia es, probablemente, el género más difícil de realizar en la actualidad.


La buena comedia, aquella que individuos como Chaplin, Wilder, Lubitsch, Edwards, Sturges, Leisen, Berlanga, y un sinfín más, elevaron a la categoría de grande, parece haberse perdido en el olvido, y al igual que en el resto de géneros, pero más en éste por conservar aún el respaldo del gran público, han sucumbido a una trivialización del mismo, convirtiéndose en una parodia de sí mismo con monigotes en vez de personajes y con temas más simples que un botijo. Atrás queda el hombre corriente, a través del cual se denunciaba algún tema de índole demasiado seria, que vertida por el colador de la comedia, alcanzaba niveles hilarantes, logrando que el espectador no sólo se olvidase de sus problemas, sino que se riera de ellos (tal y como demostró Preston Sturges en cierta película que no es necesario nombrar, la risa es más necesaria que nunca).

Precisamente ‘La cena de los idiotas’ devuelve algo del esplendor perdido a la buena y gran comedia. Su premisa parte de la idea que unos hombres de éxito de París, tiene todas las semanas: se reúnen para cenar invitando cada uno de ellos a la persona más estúpida que conozcan, para reírse de ella, sin que ésta lo sepa, evidentemente. Pierre, uno de los hombres que se apuntan puntualmente a la malévola, perversa y casi sádica costumbre, conoce por recomendación a una persona, François Pignon (nombre muy utilizado por Veber en su filmografía), que entra de lleno en su perfil para presentar a sus amigos al ser más imbécil que habita el planeta Tierra. Lo citará en su casa antes de acudir a la cena, para conocerle, pero allí las cosas darán un giro totalmente inesperado.

Una trama sencilla, de la que Veber se vale para hablar de cosas como la diferencia de clases, los prejuicios, y sobre todo el amor. Diferencia de clases porque en todo momento Pierre cree estar siempre por encima de todo aquel cuya condición social no sea la misma que la de él, obviando las necesidades y sentimientos de los que le rodean. Prejuicios por pensar que una persona con raras costumbres (en este caso maquetas realizadas con cerillas) es idiota sin remedio. El amor siempre está presente en la trama: Pignon se dedica a sus maquetas por el abandono hace años de su mujer, y Pierre está a punto de experimentar lo mismo, dándose cuenta de que por amor será capaz de hacer las cosas más idiotas que nunca haya pensado. Es aquí cuando Veber realiza la propuesta más inteligente del film: el idiota pasa a ser el inteligente, y el inteligente pasa a ser el tonto. Ambos se pondrán en los zapatos del otro (en plan Atticus Finch) y sobre todo Pierre comprobará que la vida no es tan simple y fácil de manejar.


Veber condensa en poco menos de hora y media toda la acción del film, que se desarrollará en el apartamento de lujo de Pierre. Un ritmo perfecto marcado por tres hilarantes conversaciones telefónicas y la incursión de varios personajes más, algunos con mayor importancia que otros. Al respecto, cabe señalar, que si la participación del mejor amigo de Pignon, también inspector de Hacienda, provoca momentos inolvidables, el que aparezca uno de los amigos de Pierre, o la amante de éste, no está tan aprovechado e incluso dichos personajes no aportan nada de interés a la trama.

‘La cena de los idiotas’ es probablemente la mejor película de Francis Veber, quien nunca pareció tan seguro de sí mismo manejando el material que tiene entre manos. No en vano, fue el propio Veber quien escribió la obra teatral en la que se basa el film, y que también fue interpretada por Jacques Villeret, dando vida al entrañable François Pignon. El actor se gana enseguida la simpatía del público, y su rostro es la perfecta representación, no sólo de la idiotez (sus caras después de haber metido la pata por teléfono son impagables), sino de la bondad y comprensión humana (a pesar de descubrir que su anfitrión iba a reírse de él en una cena, no le desea ningún mal e intenta arreglarle sus problemas emocionales en una conversación telefónica de distinta intención a las previas). Su antagonista, Thierry Lhermitte no llega a estar a su altura; sólo Daniel Prévost, que da vida a un implacable inspector de Hacienda, logra brillar con la misma intensidad que Villeret, en la piel de un personaje tan extravagante como él.

Para reírse sin prejuicios de nosotros mismos, para acabar el día con una sonrisa en la boca y comprobar que en vez de amargarnos por nuestros problemas, podemos enfrentarnos a ellos con sentido del humor. Suenan rumores para un futuro remake norteamericano, también dirigido por el propio Veber. ¿Es necesario? No respondáis, es una pregunta retórica.

Alberto Abuín (blogdecine.com)

domingo, 30 de noviembre de 2014

Balas sobre Broadway (1994)

CURSO 2014-2015. SESIÓN 12

Titulo original: Bullets over Broadway.
Fecha de emisión: 12 de diciembre de 2014, a las 18:00 horas.
Lugar: Salón de actos del I.E.S. Cándido Marante Expósito.
Entrada gratuita. Proyección exclusiva a los miembros de la comunidad educativa del I.E.S. Cándido Marante Expósito.
Largometraje expuesto en VO con subtítulos en español.
Presentación a cargo de Roberto A. Cabrera.



SINOPSIS

Años 20. Mafia. David Shayne es un autor teatral fracasado que, por fin, ha conseguido financiación para una de sus obras. Pero tiene que aceptar una condición: darle un papel secundario a Olive, la incompetente novia del productor, el gángster Nick Valenti. Olive acude a los ensayos acompañada de su guardaespaldas Cheek, que, lejos de limitarse a vigilarla, se permite sugerir cambios para mejorar la obra. A fuerza de ceder a los consejos de Cheek, David empieza a dudar hasta tal punto de su talento dramático que acaba encargándole a Cheek que reescriba la obra.

TRÁILER



CRÍTICA

Woody Allen es un cineasta amante de lo contemporáneo. Utilizando los términos de Nicholas Ray, el director de Manhattan siempre o casi siempre ha utilizado su cámara como microscopio que amplia problemas contemporáneos. A bote pronto tan solo recuerdo una película que transcurra en época pretérita, La última noche de Boris Grushenko (Love and death, 1975) y en un vistazo general a su filmografía se advierte que Allen se ha planteado conflictos que son fruto de la modernidad además de estar barnizados, a veces con una capa, a veces con el frasco entero, de autobiografía. A propósito de Balas sobre Broadway, dice el cineasta: "Me identifico mucho con este personaje [David], de haber sido más joven yo mismo hubiera interpretado el papel de John Cusak, que es un actor maravilloso. El personaje trata de luchar contra las interferencias en su trabajo, como nos para a los que hacemos cine (…) haz esto más comercial, más accesible". No cabe albergar dudas pues, sobre el tema de Balas sobre Broadway.

En términos genéricos Balas sobre Broadway es una comedia (con matices, por supuesto), y cuando se habla de comedia en Allen debo aclarar que es una de sus buenas comedias, una de aquellas que no cae en la sucesión de gags y que sí contiene un discurso narrativo coherente. Así, como en casi todas sus buenas comedias y a propósito de lo que hablo minimamente en el artículo sobre Edipo reprimido (y perdón por la auto-cita) hay en esta película un sustrato que enriquece una trama claramente limitada por su condición de film de género, que no por ser mas evidente es menos bueno, y que el propio Allen ha condensado en la cita de unos párrafos mas arriba y no es casualmente, un problema exclusivo de la época contemporánea. Un problema que en otros campos se lleva planteando desde tiempos inmemoriales, llamen mecenas a los productores y ya tendrán medio camino trazado, y que en el caso del cine es claramente necesario debatir a fondo, mas aún desde que la crítica de siempre, quizás a excepción de Dirigido por… (y esto hay que decirlo) y un par de revistas monográficas en el caso de España, se ha convertido en un ente reaccionario, carente de interés, moribundo y repelente que despacha estrellitas como quien reparte caramelos y que para mas INRI, responde en muchos de los casos a intereses que me repugnan pues no hacen mas que prostituir el cine además de desprestigiar a los que la ejercen.

La cuestión que hay que plantearse a continuación es cómo lo hace Allen, cómo construye un film digerible y cómico en una durísima historia (Algo de lo que hablare unas líneas mas abajo) sobre un tema espinoso y abstracto como es todo lo que refiere al arte, al artista y a su obra.

La historia de Balas sobre Broadway se centra en el mundo del teatro asi que no hay que olvidar que el cine es el único que necesita de una creación colectiva ( que conste que la cita de Allen me da libertad total para extrapolar un mundo a otro sin caer en la obligatoriedad biográfica que por norma se le da a los films de Allen y que no es en absoluta cierta) para que pueda llevarse a cabo, por lo tanto el "artista - creador" en cine debe ser tan bien un listo negociante y saber sobre que puede prescindir para poder mantener lo imprescindible, así que a priori la cesión de parcelas creativas se quiera o no es impepinable. Hecha la reflexión (extremadamente parcial y corta respecto al merecimiento que requiere el tema) esta nos conduce al epicentro del film de Allen, a la dicotomía constante a la que se enfrenta David (John Cusak), ya desde la primera secuencia el tema aparece como un terremoto, David discute con el productor teatral sobre como le han destrozado la obra (un aspecto que nos llevaría al debate director-guionista, algo sobre lo que también hay mucho que decir)

Es por ello que si despojamos un film como este de su cascarón de comedia nos encontramos ante uno de los films mas duros que haya rodado Woody Allen, el hecho de que sea un gángster a primera vista ignorante pero con un talento natural que se irá revelando a lo largo de la narración quien corrija a un culto escritor de obras de teatro y que sean esas correcciones las que gustan y conectan con el público y con la critica inciden de pleno en el tema comentado anteriormente, el de la autoría.

La crudeza (insisto en que si se lee sin ese cascarón) y la insatisfacción artística está presente en los dos personajes principales. David verá como paulatinamente se desmorona su mundo una vez creía que había entrado en él, debe aceptar que no posee ese talento que creía tener y su obra se ha convertido en un simple vehículo de expresión para otro, su escrito no es mas que una lanzadera para el gángster además de corroborar que no es tan bueno como el creía ser.

Por su parte, Cheech se nos revela como el verdadero artista. No sólo porque si posee ese talento sino porque se convierte, aunque no sea consciente, en lo que ha sido el paradigma de artista, amoral, anteponiendo su obra, su creación por encima de todo, incluso por encima de la vida humana. Una vez más, el hecho de que la amoralidad se nos presente en clave cómica ( mediante un enorme juego espacial donde la zona oscura de lo que parece ser un puerto es donde Cheech comete los asesinatos, similiar sino igual a la concepción del río que hay en la reciente Mystic River de Eastwood) no debe hacernos desviar el poso de reflexión sobre algo profundo que siempre hay en las películas de Woody Allen.

La insatisfacción está también en el resto de personajes, la vieja gloria interpretada por Dianne West, heredera en parte de la genial Gloria Swanson del Crepúsculo de los dioses, o la novia del capo encarnada por Jennifer Tilly no son mas que diferentes concepciones que se tienen respecto al arte, ambas complementarias pues una es una adicta de la fama que necesita su dosis mientras la otra desea esa fama y que curiosamente es quien muere junto con el verdadero artista. No es que el film de Allen sea moralizante en absoluto, pero tanto aquel que cree que el arte es superior a la vida humana y aquel que lo ve como simple objeto para el lucimiento y el enriquecimiento personal acaban muriendo, que cada uno extraiga lo que crea conveniente.

En definitiva y una vez más, Woody Allen dirige con su pulso de antaño una buena comedia, donde la fotografía es excelente ya no solo por la atmosfera de los 20 sino por su buen uso dramático (no es casualidad que Allen trabaje siempre con los mejores operadores habidos y por haber) y donde los actores llevan magistralmente el peso de la narración.


Parece confirmarse de todos modos, que en el caso de Allen, cualquier tiempo pasado fue mejor.

Carlos Rosal (miradas.net)

domingo, 2 de noviembre de 2014

En un Mundo Mejor (2010)

CURSO 2014-2015. SESIÓN 11

Título original: Hæven.
Fecha de emisión: 14 de noviembre de 2014, a las 18:00 horas.
Lugar: Salón de actos del I.E.S. Cándido Marante Expósito.
Entrada gratuita. Proyección exclusiva a los miembros de la comunidad educativa del I.E.S. Cándido Marante Expósito. 
Largometraje expuesto en VO con subtítulos en español.
Presentación a cargo de Roberto A. Cabrera.




SINOPSIS

Anton es un médico que divide su tiempo entre una idílica ciudad danesa y un campo de refugiados en África, donde ejerce su profesión. Anton y su esposa, padres de dos hijos, están separados y se plantean el divorcio. Elias, el mayor de sus hijos, entabla una estrecha amistad con Christian, un chico que acaba abandonar Londres para establecerse con su padre en Dinamarca. Sin embargo, Christian involucra a Elias en una peligrosa revancha que, además de poner a prueba su amistad, puede tener inesperadas consecuencias.

TRÁILER




CRÍTICA 1

Cada película de Susanne Bier es como una bomba de emociones y una llamada a las conciencias, tanto por los duros temas que aborda como por la facilidad para penetrar en el interior de los personajes y llegar al espectador. Sus historias son dramas intensos con situaciones límite que miran a la muerte como elemento dinamizador, y que dan cobijo a personajes en conflicto consigo mismos y con el entorno. De nuevo, “En un mundo mejor” nos presenta a una familia rota por el cáncer y a otra por el divorcio… y que claman por una segunda oportunidad; a un chico enrabietado con la vida y dispuesto a vengarse de la injusticia, y a otro más inclinado a encajar los golpes que le llegan; y también a un padre dispuesto a ser valiente pero “no como un idiota” que se refugia en la fuerza, y a una sociedad que debe aprender a perdonar para creer en un mundo mejor.



Anton es un médico comprometido con un campamento africano de refugiados y también un esposo que necesita el perdón de su mujer Marianne. Uno de sus hijos se llama Elias y sufre el acoso escolar sin rechistar… siguiendo el ejemplo paterno de no responder con más violencia. En su soledad, Elias se hace pronto amigo del recién llegado Christian, que hace poco ha perdido a su madre por cáncer y que no es capaz de perdonar a un padre que le aseguró que no se iba a morir… ni al agresor que incordia a su amigo o al padre de éste. Christian ha optado por dar primero y más fuerte para que el otro no pueda responder, y por eso busca la complicidad de Elias para acabar de una vez por todas con la injusticia de quienes abusan de la fuerza… con sus mismas armas.



Susanne Bier sabe mover la cámara para crear un entorno que se convierte en torbellino emocional, y también fijarla en los rostros con primeros o primerísimos planos para capturar todo el sentimiento y dramatismo de unas almas llenas de dolor y necesitadas de paz. Sus personajes se ven envueltos en peleas de niños o en conflictos de mayores, y tratan de salir airosos con una palabra y una mirada de compasión o con un puñetazo de ira y venganza. A veces necesitan un poco de soledad y se retiran del bullicio… para sumergirse en las aguas refrescantes del mar, o para contemplar un atardecer o subirse a lo alto de una azotea desde la que divisar la ciudad. Les falta oxígeno para vivir, pero sobre todo necesitan alguien en quien confiar y abrir su alma. Son dramas íntimos que les hacen llorar, gritar, golpear… y heridas que sólo el amor y el perdón pueden curar. La directora danesa consigue esas inquietudes con una fotografía que carga las atmósferas, y con una banda sonora emotiva que emplea con eficacia el sonido y el silencio.



El hondo y conmovedor retrato de los personajes y de sus problemas viene secundado por una estupenda labor de casting y dirección de actores, y por unas interpretaciones de lujo. Mikael Persbrandt da vida a un padre ejemplar a pesar de sus debilidades pasadas, capaz de dar muestras de integridad como médico –magnífica es la escena en el campamento africano en que hace frente al monstruo y también a los refugiados– y como persona enfrentada a difíciles dilemas –en el taller de automóviles da una lección de valentía inteligente–. No menos fuerza tiene su mujer en la ficción, Trine Dyrholm, con una mirada profunda que refleja sufrimiento y ternura; o la pareja de Markus Rygaard y William Jøhnk Nielsen que muestra todas las carencias afectivas y el universo de soledad en el que pueden verse sumidos los niños.




Como en “Después de la boda”, “Cosas que perdimos en el fuego” o “Brothers (Hermanos)”, Susanne Bier vuelve a emocionarnos y hacernos reflexionar sobre el afecto y la soledad, el dolor y la muerte, la venganza y la violencia. Lo hace con una trabajo áspero y desgarrador que rebosa intensidad dramática y que está abierto a la esperanza, con historias muy humanas llenas de fuerza y donde los personajes pueden optar por comportarse como gallinas, como terroristas o como personas que saben perdonar.


Julio R. Chico (miradadeulises.com)


CRÍTICA 2

En una nación africana devastada por la guerra, el médico cirujano sueco Anton enfrenta un flujo constante de pérdidas y tragedias. En esos dos mundos distintos, él y su familia quedan atrapados en un conflicto que los lleva a escoger entre la venganza y el perdón. 
De vuelta en Dinamarca, su esposa, de quien se está divorciando, le comenta su preocupación sobre los maltratos que su hijo Elías está sufriendo por parte de un compañero de clase. Todo cambia cuando sale a defenderlo Christian, un alumno nuevo recién llegado de Londres. Christian tiene dificultad en aceptar la muerte de su madre y, como consecuencia, atraviesa una fase agresiva que su padre Claus no logra controlar. La amistad entre Elías y Christian va a desencadenar la tragedia y, a la vez, la unión entre las dos familias.
   

Ganadora del Premio Oscar 2011 a la Mejor Película Extranjera, En un Mundo Mejor "trata sobre las limitaciones que encontramos al intentar controlar nuestra sociedad como controlamos nuestras vidas privadas. El filme plantea la pregunta de si nuestra cultura 'más avanzada' sirve de modelo para un mundo mejor o si la misma confusión encontrada en medio de la ilegalidad está oculta en nuestra civilización." (Susanne Bier, agosto de 2010)
El filme se estructura en torno a dos historias paralelas. Una de ellas transcurre en un campo de refugiados africanos en los que un perverso asesino, el Machão, corta a cuchillo el vientre de mujeres grávidas. A partir de allí queda planteada una situación violenta marcada por un desvío del flujo natural de la vida. De allí que las imágenes que sirven de fondo a los créditos de apertura, hagan referencia a la muerte, simbolizada en una tierra árida en la que yacen los restos óseos de animales muertos recientemente. 

Aunque las dos historias transcurren en lugares diversos y sus actores son diferentes, existen algunos elementos unificadores que hacen las veces de puente: el primero y más evidente es Anton, este médico cirujano defensor de la no violencia. El cuchillo y la navaja, las armas con las que se perpetúan los crímenes en sendas historias, funcionan como el segundo elemento de nexo. El mismo conflicto existe tanto en la civilización occidental y cristiana como en los pueblos africanos, la misma violencia, la misma sed de venganza que lleva a más violencia y a más muerte, incluso de inocentes. El fallecimiento de la madre de Christian por causas naturales y el divorcio en curso de Anton y Marianne también son conflictos no resueltos, allí están amenazantes al igual que las nubes negras en el cielo, la tempestad y el viento azotando a los dos camaradas, Christian y Elías, en el inhóspito y frío invierno de Dinamarca. 



Hay un mensaje cristiano de amor y perdón en el filme, pero también de castigo cuando éste se impone.  El amor, el perdón y el castigo por los crímenes cometidos son las únicas formas de romper este círculo vicioso de violencia, este ojo por ojo infinito. El mensaje cristiano se pone en evidencia a través de los nombres bíblicos que portan los protagonistas. Por ejemplo, Marianne, la madre de Elías, es un nombre compuesto por María y Ana, figuras cristianas arquetípocas del amor materno y de la devoción a la Virgen. Otro ejemplo: según los textos bíblicos, Elías fue el profeta que anunció la llegada del Mesías. El personaje Elías de Susanne Bier está siendo humillado y golpeado en el preciso momento en que Christian llega para salvarlo. Elías es un ser que sufre maltratos en la escuela y abandono en su hogar, es un mártir en cierta forma. Pero tanto Elías como Christian toman juntos un camino equivocado, y allí es donde se desencadena el verdadero conflicto.  En su caso este conflicto va a resolverse con la intervención de la autoridad académica, estatal y paterna, y finalmente a través del amor, la comprensión y el perdón. 


El desenlace del conflicto iniciado por el Machão en África es diferente. La diferencia consiste principalmente en que aquí no hay arrepentimiento por el crimen cometido. Eso es lo que Anton finalmente comprende cuando lo expulsa del campamento, negándole así su protección: mientras no haya arrepentimiento no puede haber perdón. Entonces sólo después del linchamiento por parte de las familias de las víctimas, las fuerzas naturales retornan a su cauce. Las arañas tejiendo sus telas y los búfalos corriendo libres por las estepas así lo atestiguan. Un mundo mejor no es Europa o África, es el mundo donde triunfa el amor y el perdón, donde después de la sequía, renace la vida.


Adriana Schmorak Leijnse (cinecritic.biz)

domingo, 5 de octubre de 2014

En la Casa (2012)

CURSO 2014-2015. SESIÓN 10

Título original: Dans la Maison.
Fecha de emisión: 17 de octubre de 2014, a las 17:00 horas.
Lugar: Salón de Actos del I.E.S. Cándido Marante Expósito.
Entrada gratuita. Proyección exclusiva para los miembros de la comunidad educativa del I.E.S. Cándido Marante Expósito. Largometraje expuesto en VO con subtítulos en español.
Presentación a cargo de Roberto A. Cabrera.




SINOPSIS

Un profesor de literatura francesa, desalentado y hastiado por las insulsas y torpes redacciones de sus nuevos alumnos, descubre entusiasmado que, por el contrario, el chico que se sienta al fondo de la clase, muestra en sus trabajos un agudo y sutil sentido de la observación. Este chico, que se siente extrañamente fascinado por la familia de uno de sus compañeros, escribirá, animado por el profesor, una especie de novela sobre esa familia (y también sobre el profesor), en la que es difícil distinguir entre realidad y ficción.


TRÁILER




CRÍTICA

Azares del destino, y de la exhibición, han dado lugar este año a la coincidencia de tres Blancanieves, un intocable y dos indomables, dos grandes obras sobre la infidelidad y la fragilidad del matrimonio, y, ahora, tres obras sobre la creación, dos de ellas ejemplares, Holy motors (L. Carax, 2012) y En la casa (Dans la maison, F. Ozon, 2012) y otra más irregular pero no exenta de interés, Ruby Sparks (J. Dayton y V. Faris, 2012). Feliz casualidad, pues, que nos permite valorar, gozar, de propuestas que se orientan hacia, se nutren de, se basan en el desencadenamiento del proceso creativo.

Mucho se ha escrito de Holy Motors. Pero no está de más recordar el exuberante repertorio de opciones narrativas y emocionales que Carax y Lavant nos muestran. Ambos, director y actor, parecen gozar mostrando, exhibiendo, su talento en una serie de posibilidades narrativas: el cine social, la ciencia ficción, el thriller, el fantastique, el melo, el musical… Hay aun tanto por hacer, tanto por contar… Son autores tirando de un hilo fecundo para que los espectadores nos sumemos a un festival de generación de historias. Una celebración del cine y de los cuentacuentos.

Ozon parece hacer otro tanto con Dans la maison. La historia, iniciada como una crónica de aprendizaje sentimental en su versión escolar, enfrentando profesor resabiado con alumno aventajado, se aleja (afortunadamente) de propuestas sentimentaloides y no tarda en revelar una opción curiosa. Inicialmente Germain, el profesor, desencadena la acción al solicitar una redacción a sus alumnos sobre el fin de semana. Los escuetos y torpes ejercicios no son sólo decepción sino también objeto de crítica acerada, hasta que uno de ellos sorprende por su estilo y su propuesta. Claude, el discreto muchacho de la última fila (la cinta se basa libremente en una obra de Juan Mayorga con este título), habla de su fascinación hacia la familia de Rapha, un compañero de pocas luces, su vivienda y su madre, Esther, una simple y típica mujer de familia media. La observación de Germain a Claude respecta al riesgo o la falta de ética por hacer comentarios mínimamente burlones de su compañero y su familia no será sino el (aparente) detonante de toda la trama. Claude opta por entablar amistad con Rapha con el pretexto de ayudarle en matemáticas, entrar en la casa deseada, observar a su padre (el segundo Rapha) y a su madre… y relatarlo puntualmente en unos ejercicios derivados en crónica social, un punto sarcástica, un punto aventurera, que Germain y su esposa devoran con avidez. Pronto el relato de la infiltración de Claude en hogar ajeno deja de relacionarse con los ejercicios escolares y cobra vida propia, para goce de sus únicos y secretos lectores.



Ozon no busca, no obstante, seguir esta crónica. O, al menos, no desde el punto de vista que s podríamos esperar. En la casa se orienta no como el referido relato de educación sentimental ni como una crónica social, sino como la creación, el desarrollo, de todos los deseos secretos de Claude, de Germain, de todos nosotros… Claude quiere entrar en la casa… e inventa cómo hacerlo. Desea observar a los Rapha y a su mujer, y también maquina el modo… De esta manera Ozon relaciona muy sutilmente los apuntes, las recomendaciones, de construcción literaria pautados primero por Germain, exigidos más adelante, con los sucesivos giros argumentales. Hasta que, finalmente, Claude se libera y la historia en sí toma vida propia buscando todas las posibles alternativas de trama y estilo… Pero, ¿y si…? Claude examina, como el autor literario, todas las posibilidades, y las apunta sucesivamente, para deleite y desesperación de su solitario lector, absolutamente dependiente de la narrativa en el momento en que comprende que ésta ha devenido completamente autónoma. Ozon goza permitiendo a Claude dar rienda suelta a su imaginación y a su capacidad artística, permitiéndose giros irónicos, curiosos, morbosos…

Hasta que finalmente Germain irrumpe en la narración de Claude. No como personaje, sino como observador. Como notario, como crítico, apuntando por así decirlo notas al pie,  y retomando el timón de una historia que finalmente vive por él y para él. Y en este momento Ozon nos permite ver, como una pirueta metaliteraria o metacinematográfica, que tal vez no estemos contemplando el duelo entre profesor y alumno, no seamos testimonios de una inversión de papeles entre maestro y aprendiz, sino que hemos sido testimonios de la esencia misma de la creación artística. No sólo Claude, como Pigmalion, consigue mediante la creación literario dar vida a su sueño e introducirse en la casa que representa la vida que él desearía.  Germain, mediante Claude, consigue elaborar la obra magna literaria que su carácter ha dejado de lado durante toda su vida y salta de su rutinario trabajo de maestro al ámbito de la creación.  Y ello nos vincula con la tercera obra aludida al inicio del artículo. Porque si Ruby Sparks es la crónica de la autoreflexión de un autor enfrentado a la materialización de su obra (además de una reflexión sobre las relaciones de pareja), En la casa se define el enfrentamiento de un autor con su criatura, quedando en el aire si el autor es Germain o Claude, si uno u otro son también productos de la imaginación de un creador. El riquísimo plano final, con los dos personajes / autores sentados frente a un edificio de apartamentos cuyas ventanas y balcones no son sino puertas a tantas y tantas situaciones, nos permite ver el motor sagrado que mueve a un autor… la chispa que estimula a crear, las inmensas posibilidades que la vida nos permite. Sin embargo, frente a tantos “¿y si…?”, Claude y Germain se revelan como las dos facetas de una misma entidad. Quien es el autor y quién la criatura es algo que Ozon deja al azar, pudiendo ser cualquiera de las dos opciones. Lo realmente importante, sin embargo, tal como al final se revela, no es la trama, lo que sucede, sino cómo se nos cuenta.  Dependerá de las habilidades de Sherezade, sea ésta uno u otro, que la narración, lo narrado, supera en interés la resolución de la propia historia. Hay en un bloque de apartamentos, tantas opciones, tantas posibilidades de contar… Ya nos lo dijo el viejo Hitch en La ventana indiscreta (Rear Window, A. Hitchcock, 1954) Hay tantas pantallas iluminadas en cada una de las ventanas y los balcones, tantas opciones que llaman la atención de potenciales espectadores que dejamos de interesarnos en quien las puede crear porque, ciertamente, la imaginación está al alcance de todos. Germain se desvanece como un alter ego o una creación de Claude, de la misma manera que Claude puede formar parte de la necesidad intelectual, vital, del frustrado Germain y no ser sino parte de la rica e infravalorada capacidad creativa del maestro. Del mismo modo que el Sr. Oscar de Holy motors se crea y se destruye sucesivamente en cuanto ha sembrado en cada espectador el interés por la historia presentada, una vez nos ha conmovido, emocionado, divertido, sacudido… Tanto da quien sea nuestra Sherazade, todos queremos una para recibir historias que nos las hagan sentir como propias.

Antoni Peris i Grao. (miradas.net)

miércoles, 4 de junio de 2014

La Gran Belleza (2013)

CURSO 2013-2014. SESIÓN 9

Título original: La Grande Bellezza.
Fecha de emisión: 6 de junio de 2014, a las 17:00 horas.
Lugar: Salón de Actos de l.E.S. Cándido Marante Expósito.
Entrada gratuita. Proyección exclusiva para los miembros de la comunidad educativa del I.E.S. Cándido Marante Expósito. Largometraje expuesto en VO con subtítulos en español.
Presentación a cargo de Roberto A.Cabrera.




SINOPSIS

En Roma, durante el verano, nobles decadentes, arribistas, políticos, criminales de altos vuelos, periodistas, actores, prelados, artistas e intelectuales tejen una trama de relaciones inconsistentes que se desarrollan en fastuosos palacios y villas. El centro de todas las reuniones es Jep Gambardella (Toni Servillo), un escritor de 65 años que escribió un solo libro y practica el periodismo. Dominado por la indolencia y el hastío, asiste a este desfile de personajes poderosos pero insustanciales, huecos y deprimentes.

TRÁILER






CRÍTICA

Cae la noche en Roma. A pocos metros del Coliseo, Jep celebra su cumpleaños en la terraza de su apartamento. Rodeado por sus amigos, empieza a sentirse presa de ese temor incierto que, tarde o temprano, alumbra la edad: el cansancio. Hace casi cuarenta años que publicó su primera novela, un relativo éxito de crítica que le permitió posicionarse en el magma cultural romano. Sin embargo, cuarenta años después, Jep acusa la factura de ese deslizamiento progresivo hacia la fauna nocturna bajo la forma de una melancolía que arrastra con su existencia. Mientras sus amigos bailan o se dejan llevar por sus pasiones más públicas, entre sorbos de Campari y la música de Raffaella, Jep parece abismarse en ese pensamiento que no le abandonará durante toda la película: ¿qué sucede cuando ya no nos queda nada por contar? La gran belleza es el hermoso viaje narrativo que Paolo Sorrentino emprende hacia el corazón de esa pregunta.

Todo comienza en una isla, en el decimoctavo verano de Jep, por aquel entonces aún Jeppino. Mientras nada a pocos metros de la playa, un grupo de chicas lo observa desde una pequeña cala. Más tarde, Elisa, una de las chicas, se reúne con él en las escaleras que conducen a la orilla. Jep se acerca a besarla, ella retira su rostro y ofrece el cuello, se acomoda sobre el hombro del chico. Jep puede oler, quizá por primera vez, su perfume; puede sentir su cuerpo, el cabello de la muchacha acariciando sus mejillas. De fondo, se escucha la resaca del mar y las minúsculas vibraciones nocturnas que emite el paisaje. Elisa se desabotona la blusa y le muestra sus pechos. El sueño termina. Adormilado sobre su cama, Jep fija la vista en el techo de la habitación. En ese preciso rectángulo, como en una pantalla de cine, se proyectan las olas de un mar azul que nunca ha olvidado, tal vez porque fue en el que nadó una mañana de verano mientras Elisa lo observaba.

La visión fugaz de ese recuerdo de juventud contrasta con el carrusel de encuentros que acechan a Jep cada vez que penetra en la geografía romana. Si el sueño de amor se desvanece en el sonido calmo de las olas del mar, el presente se multiplica en un grupo de personajes pintorescos que representan los diferentes estratos de la sociedad italiana. Así, Jep se deja llevar por ese vaivén que ni siquiera puede aspirar a calificarse como hedonista, pues ha caído prisionero de su propia impostura. Consciente de ello, Paolo Sorrentino deja que su cámara vuele, en un movimiento grácil y continuo, por cada palmo de Roma, sobre las cabezas de sus protagonistas, entre sus cuerpos, en un baile con los personajes que nunca cesa. Un movimiento, apenas interrumpido por el cambio de escena, que evoca la sensación de pérdida del sentido de la realidad en la que se hallan envueltos los actores de este drama de nuestro tiempo. Perdidos, en definitiva, entre fiesta y fiesta, happenings y performances, raptos trascendentes y nostalgia de aquel terruño del que emigraron siendo jóvenes, promesas incumplidas y realidades que son como pozos sin fondo.


A Jep se le acaba la mecha, incapaz de dar inicio a su segunda novela. A falta de inspiración, accede a realizar algún que otro encargo periodístico para su jefa, Dadina, y aconseja a su amigo Romano cómo orientar su carrera de dramaturgo. Sin tener conciencia plena de ello (o, tal vez, sin querer admitirlo), Jep se ha acomodado a ese papel de moderno Caronte que conduce a todo aquel que lo desee a través de las diferentes caras de Roma. Cada uno de sus encuentros sexuales culmina con el desdén, el hastío de relaciones que acaban nada más comenzar. Qué otra cosa puede hacer, se pregunta, si en cierto modo ya lo ha visto todo. Languidecer, diríamos, tumbado en su hamaca, con una copa en una mano y un pitillo medio apagado en la otra. Porque ha llegado a una edad en la que no sabe continuar sin caer víctima de un simulacro. De ahí la Roma mágica que Sorrentino busca con su cámara, la de las ilusiones y las fantasmagorías, la que encuentra a una jirafa en un jardín o la que expone las ruinas de una civilización pasada como decoración para un moderno loft. La ciudad que ha girado la vista a sus paisanos y vive alegre el colapso, el aire mortecino que invade sus fiestas y la melancolía que respiran sus criaturas.

Jep, que como el Adriano que una vez imaginó Ennio Flaiano ha perdido el sentido de la vida. Demasiados rostros familiares, demasiadas palabras vertidas sin saber por qué. Jep, que ahora se arrastra por los bulevares, que sonríe hasta dejar ver cada una de las arrugas que surcan sus facciones y ha olvidado cómo amar a Orietta, a Ramona o a Stefania. Jep, que desearía haber podido leer una página arrancada del diario de Elisa, una en la que hubiese escrito que lo amaba, que su relación terminó temprano por una de esas frivolidades de juventud y, sin embargo, nunca terminó del todo. Jep, que anhela superar a Flaubert en la conquista de una historia que verse sobre la nada, porque en verdad es ahí donde está sumido. Jep, que sin darse cuenta ha esparcido un poco de su relato vital por las calles de Roma, por sus terrazas y clubes, entre sus esculturas y fuentes, en bocas, lenguas y muslos, entre sábanas e incómodos tresillos, en la belleza singular de cada rincón de su memoria.

Todo termina en el recuerdo de una isla, en el decimoctavo verano de Jep, por aquel entonces aún Jeppino. Elisa se desabotona la blusa y le muestra sus pechos. El muchacho la observa, con la duda de si el aire frío de la costa le ha estremecido más que su enorme belleza, esa que sus ojos encuentran por vez primera. Elisa se vuelve a abotonar su blusa y la memoria, indecisa, no sabe cómo continuar con lo sucedido. Es la primera ocasión en toda la película que topamos con el pudor, con el reparo privado de un pedacito de vida que no pertenece a esta melancolía que su protagonista arrastra de escena en escena. Qué bello, verdad, recuperar la timidez, el primer escalofrío, quizá también el primer desamor y el último beso, todo el camino que empezamos a andar hace tanto tiempo. Sin necesidad de morder una magdalena, Jep encuentra aquel momento, breve y fugitivo, que alguna vez tuvo su lugar en una isla. Esa emoción privada, casi pasto de diario secreto, no la podemos dejar escapar otra vez. No podemos olvidar ese sentimiento, tan delicado y tan de otra edad. Embargado por esa sensación, Jep cierra los ojos y continúa el relato de esa historia interrumpida. La gran belleza es el hermoso viaje narrativo que Paolo Sorrentino emprende hacia el final de su memoria. 

Óscar Brox. (miradas.net)