domingo, 31 de enero de 2016

La isla mínima (2014)

CURSO 2015-2016. SESIÓN 5

Título original: La isla mínima.
Fecha de emisión: 12 de febrero, a las 17:00 horas.
Lugar: Salón de actos del I.E.S. Cándido Marante Expósito.
Entrada gratuita. Proyección exclusiva para los miembros del I.E.S. Cándido Marante Expósito. Largometraje expuesto en español.
Presentación a cargo de Roberto A. Cabrera.



SINOPSIS

España, a comienzos de los años 80. Dos policías, ideológicamente opuestos, son enviados desde Madrid a un remoto pueblo del sur, situado en las marismas del Guadalquivir, para investigar la desaparición de dos chicas adolescentes. En una comunidad anclada en el pasado, tendrán que enfrentarse no sólo a un cruel asesino, sino también a sus propios fantasmas.

TRÁILER



CRÍTICA 1


La isla mínima es un clásico del cine policíaco en el que una pareja de inspectores contrapuestos en su forma de actuar y pensar se enfrenta a un asesino en serie. Hasta aquí nada nuevo bajo el sol. Es de sobra conocida la dificultad de revisitar el thriller aportando algo de originalidad y sin embargo La isla mínima lo consigue: es una película del género en la que no aparece Morgan Freeman.

Bromas aparte, se trata de un film hipnótico, fascinante, bien dirigido y sobre todo, de una película con un gran equilibrio. Un equilibrio que comienza con la pareja protagonista, un policía joven y honesto interpretado por Raúl Arévalo y su compañero, un personaje más oscuro que viene del régimen franquista y que interpreta magistralmente Javier Gutierrez. Ambos bordan su papel, sin estridencias, con el diálogo justo, como si Richard Linklater y Wong Kar-Wai hubieran encontrado un punto intermedio conversacional.

Y el equilibrio sigue con la trama, plagada de elementos contextuales que sitúan al espectador en un tiempo: años ochenta, y un espacio: una aldea de las marismas del bajo Guadalquivir. Violencia machista, lucha sindical, droga y proxenetismo, son detalles que aparecen de soslayo en la película. No hay disonancias, ni dramas intimistas, ni circunloquios adolescentes para el lucimiento de los actores. En La isla mínima todo fluye, te atrapa, te mantiene en vilo. Los detalles están para situarte, son el territorio.

La recreación de los ochenta está bien conseguida, mención especial a las técnicas CSI de la época en lo referente a las escuchas telefónicas, tan cerca en el tiempo: apenas treinta años y tan lejos tecnológicamente al gran hermano que nos tienen organizados la NSA  y adláteres.

La fotografía merece un capítulo aparte, donde destacan los cenitales del entorno del Parque de Doñana y la ribera del bajo Guadalquivir, que parecen sacados de un documental de National Geographic. El paisaje, a veces sereno como la Tierra de Medem, a veces asfixiante como los pantanos de  Arde Mississippi o True detective, permite al director, Alberto Rodríguez,  desarrollar la trama con las dosis justas de suspense.


De manera similar a lo que ocurre en Twin Peaks, en el pueblo todos tienen algo que ocultar; poco a poco irán aportando la información necesaria para desvelar el misterio. A pesar de ser una comunidad pequeña no sabemos quién es el asesino, no lo intuimos hasta el final y sin embargo todo encaja.

Los actores secundarios contribuyen a la verosimilitud de la trama huyendo de lo tópico y el folclore ligado a lo andaluz, no encontraremos a lo largo de toda la película un carro de caballos moviéndose al son de Los del Río, y algo aún más inverosímil, tampoco encontraremos ni una sola pegatina de coche con la efigie Camarón.

La isla mínima debería, definitivamente, reconciliarnos a todos con el cine español.

Ángel L. Fernández Recuero (jotdown.es)


CRÍTICA 2

En el 2014 se estrenaron varias cintas españolas que lograron poner en el punto de mira del público y crítica, el que casi siempre denostado cine patrio, a veces con razón, otras por la falta de autocrítica de la que hacemos gala tan descaradamente. A las imprescindibles ‘Magical Girl’ (Carles Vermut, 2014), o ’10.000 Km’ (Carlos Marques-Marcet’, 2014), apuestas arriesgadas de cara a ganarse el favor del siempre acomodado público, hay que sumar, dentro de un género más aceptado como el thriller, ‘La isla mínima’ (Alberto Rodríguez, 2014), que se edita esta semana en Blu-ray y está nominada a nada menos que 17 Goyas en la próxima edición de los Oscars españoles.

Con ella su director, cuya filmografía ha ido creciendo en interés con el paso de los años, y tanto en su anterior, y para mí magistral, ‘Grupo 7’ (2012) como en la que nos ocupa, Rodríguez indaga en nuestro pasado, encontrando en ambas ocasiones material más que suficiente para ofrecer al gran público dos thrillers intensos, magníficos, que bucean en nuestra memoria, encontrando algo más que la típica España que estamos acostumbrados a ofrecer, la de la pandereta. En tierras andaluzas, como en cualquier otro punto español, hay recovecos de historia, lugares y personajes que sirven para llenar mucho buen cine, si se quiere.


Dejando a un lado el paralelismo que demasiados medios se han encargado de subrayar y subrayar, con la excelente serie de televisión ‘True Detective’ (id, Gary Fukunava, 2014), que es como comparar dos westerns porque en ambos hay caballos, las referencias de ‘La isla mínima’ son múltiples sobre dentro del Film Noir, del que Rodríguez se declara tan fan –algo que puede verse con claridad en sus dos últimos trabajos, los mejores−. Si uno de los más evidentes es el también indispensable ‘Memories of Murder’ (‘Salinui chueok’, Bong hon-jo, 2003), las referencias, señaladas por el propio director, hacia una de las obras maestras de John Sturges son sensacionales.

La investigación que dos policías llevan a cabo en la España de 1980, con claras referencias a casos reales, como el de las niñas de Alcásser, se empareja con la investigación de Spencer Tracy en el film de Sturges. El caso va dando paso a una soterrada denuncia, en aquella los campos de concentración en suelo estadounidense, en ésta los rastros de una recién salida dictadura, que aún a día de hoy envenena el cerebro de alguna gente. El código de silencio del pueblo no es más que un miedo arrastrado a lo largo de los años, y la amenaza invisible toma forma en personajes como el de Jesús Castro, más aprovechado que en ‘El niño’ (id, Daniel Monzón, 2014).

Pero las referencias a otros títulos, más conocidos o no, y que sirven para disfrutar de la enorme experiencia de Rodríguez como espectador, encuentro la mayor virtud en la forma, que al final hace el fondo, de un thriller de poco más de hora y media de duración, en unos tiempos en los que parece que las películas deban durar más de dos horas por ley. La enorme capacidad de síntesis de Rodríguez, tanto en el guion como en la impecable puesta en escena me hace recordar los thrillers de los 50 a cargo de Don Siegel, auténtico maestro en el montaje de sus films, y que incluso en los 70 seguía gozando de la misma virtud. Rodríguez no se contenta con la cita cinéfila, la viste de ritmo, síntesis, como antaño, con los medios de hoy.


No hay un solo detalle técnico que sobre, o esté exagerado en uso. La impresionante fotografía de Alex Catalán alcanza su máximo esplendor en esa tomas aéreas digitalizadas e inspiradas en fotografías de Héctor Garrido, que muestran una paisaje laberíntico en el que la verdad parece escabullirse delante de nuestras narices, como en esa persecución nocturna de un coche que desaparece en la densa lluvia llevándose consigo un trozo de esa verdad que se busca —y que coqueta con el fantastique, como en algún que otro instante—. Lo mismo con la minimalista música de Julio de la Rosa, y que por momentos parece evocar al John Carpenter más inspirado.

Raúl Arévalo, en el que para mí es el mejor papel de su carrera, casi siempre asociada a la comedia, y Javier Gutiérrez, encabezan un excelso reparto en el que nadie sobra ni falta, demostrando un feeling fuera de lo común. Dos policías totalmente diferentes con distintos pasados, en un descenso a los infiernos tan deslumbrante como terrorífico, en el que para atrapar y vencer a lo que parece un demonio invisible, hay que convertirse, o haber sido, uno de ellos. De gran coherencia el personaje de Gutiérrez, que resolverá la situación haciendo lo que mejor sabe hacer.

Sólo un demonio puede salvarnos de otros demonios, sólo alguien que ha tenido demasiada sangre en sus manos puede pensar como el más sanguinario asesino de niñas. La salvación gracias a la sangre derramada por uno de los monstruos de nuestro vergonzoso pasado. La verdad que se escabulle entre los muertos. Determinadas cosas nunca verán la luz, y se perderán en la memoria de un país que avanza a trompicones, escondiendo sus crímenes. Porque hay ciertas cosas que nunca sabremos, y tal vez, sólo tal vez, sea mejor así.

Una obra maestra.
Alberto Abuín (blogdecine.com)

CRÍTICA 3

¿Podríamos a estás alturas hablar ya de una nueva hornada de cineastas andaluces?. ¿Estamos ante un Nuevo Cine Andaluz como durante los 90 tuvimos uno vasco a manos de gente como Juanma Bajo Ulloa, Daniel Calparsoro, Álex de la Iglesia, Julio Medem o Enrique Urbizu?. ¿Son cineastas como Miguel Ángel Vivas, Paco Cabezas, Santi Amodeo o el Alberto Rodríguez que nos ocupa la nueva esperanza del celuloide ideado por directores nacidos en el sur de España?. Posiblemente la respuesta a todas esas cuestiones sea un rotundo sí. Films como la brutal Secuestrados, la entrañable y espídica Carne de Neón o la tierna y marciana Cabeza de Perro comenzaron a dar muestras de una savia nueva de origen sureño con ganas de contar historias con genuino aroma español sin tirar de clichés autóctonos e incluso abordando de manera crítica estos últimos cuando en alguna ocasión han decidido parar en ellos. El nombre de Alberto Rodríguez comenzó a darse a conocer en algunos círculos de cine independiente español con una obra como El Factor Pilgrim en la que compartía labores de realización con su amigo, el ya mencionado Santi Amodeo. Dos años después rodó su primera película en solitario, la poco conocida El Traje, pero no sería hasta 2005 que diera un considerable puñetazo en la mesa con aquel inesperado éxito llamado 7 Vírgenes, protagonizado por unos inspiradísimos Juan José Ballesta y Jesús Carroza, que hacía un retrato tan duro como naturalista de los barrios más bajos de Andalucía. Tras ella llegó la no muy publicitada After Party que narraba una noche de exceso veraniego repleta de alcohol, sexo y drogas con protagonistas como Guillermo Toledo, Tristán Ulloa y Blanca Romero.

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Pero fue en 2012 cuando Alberto Rodríguez nos regaló la que hasta ese momento era su mejor obra. Aquella nihilista revisión del cine policíaco a lo Sidney Lumet pasado por un tamiz puramente ibérico en el que se nos relataban los hechos reales de las andanzas de un grupo de policías sevillanos que campaban a sus anchas en la capital andaluza “limpiando” las calles de “indeseables” para que unos políticos “preocupados” porque la Exposición Universal de 1992 estuviera exenta de cualquier tipo de problema o disturbio pudieran dormir tranquilos mientras un equipo de supuestos defensores de la ley ponían en práctica métodos propios de gangsters. Mario Casas, un enorme Antonio de la Torre o secundarios como Joaquín Núñez, José Manuel Poga, Inma Cuesta, Julián Villagrán o Alfonso Sánchez conformaban el reparto de una de las mejores películas patrias de aquel 2012.

La Isla Mínima es la evolución natural de Grupo 7, otro policíaco noir con un reparto de actores entregándose hasta lo indecible y un trasfondo social y político que hace un retrato tan desolador como necesario de una época turbulenta de un país como España y una comunidad autónoma como Andalucía, tierra (la del cineasta y también la de un servidor) que guarda muchos esqueletos en su armario y a la que el director sevillano ha querido volver para narrar de nuevo un trhiller magistral con algunos de los momentos más potentes del cine español reciente y un puñado de las interpretaciones más conseguidas vistas en años dentro de la producción patria. El resultado no sólo es la mejor película (con mucha diferencia) de Alberto Rodríguez sino también una de las obras cinematográficas más interesantes y completas de este 2014 al que le quedan pocos meses para abandonarnos.

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Una atmósfera y dos protagonistas que remiten a True Detective, un punto de partida y algunos apuntes que nos llevan de Twin Peaks (esos pájaros que se le aparecen al personaje de Javier Gutiérrez son puro David Lynch) a Forbrydelsen/The Killing pasando hasta por la meritoria miniserie española Punta Escarlata (producto para la pequeña pantalla que comparte muchos puntos en común con la obra que nos ocupa). La trama la hemos visto cientos de veces: Dos policías de la capital viajan a un pueblo andaluz a investigar la desaparición de dos chicas de la zona que finalmente son encontradas brutalmente violadas y asesinadas. Allí se mezclaran con la fauna local para intentar desentrañar el crimen, pero entre pistas y falsos culpables encontrarán secretos a voces y actos inenarrables llevados a cabo por personas sin rostro o identidad.

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La Isla Mínima es una de esas películas que desde su primera imagen ya sabemos que está rematada por un profesional que es consciente completamente lo que está haciendo y cómo debe hacerlo. Esos planos cenitales a vista de pájaro, acariciados por la excelente e intimista partitura de Julio de la Rosa, que retratan marismas que parecen lóbulos cerebrales y que el realizador irá utilizando a lo largo del metraje para acentuar la pequeñez de esta historia tan mínima como la isla que da título al film, afirmándonos que asesinatos como los de Ángela Y Carmen se sucedían, suceden y sucederán en España por centenares, son un toque de aviso para avisarnos que vamos a asistir a toda una lección de cinematografía de altos vuelos, ya que el salto de calidad en el trabajo de Alberto Rodríguez con respecto a su obra inmediatamente anterior es sencillamente enorme y con Grupo 7 hablábamos de una obra soberbiamente rodada, con una puesta en escena llena de nervio y una dirección de actores brillante.

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Pero la última película del cineasta sevillano juega en otra liga, aquí el centro no son los enormes personajes a los que dan vida nos Raúl Arévalo y Javier Gutiérerrez a los que no se puede hacer justicia con palabras (sobre todo al segundo, lo suyo no tienen nombre) ni siquiera la investigación del caso del doble asesinato, ya que uno de los logros más grandes de los creadores del largometraje es que en ocasiones nos implicamos tanto con la narración que saber quién está detrás del crimen es lo que menos nos interesa. Aquí lo que realmente mueve la historia gracias al intachable y complejo guión del mismo Alberto Rodríguez y su habitual colaborador, Rafael Cobos, es el contexto histórico, aquel 1980 en el que una joven y todavía débil democracia trataba de abrirse paso entre esperanzas y sueños, muchas veces, sepultados por la furia y la amenaza heredadas por 40 años de aislamiento político y social.

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Porque si en Grupo 7 la crítica lectura política del largometraje se encontraba adherida tangencialmente a la historia que Alberto Rodríguez y Rafael Cobos nos narraban, en La Isla Mínima la misma es la que bascula todo el entramado central de la historia. Aquella época del posfranquismo se puede palpar en la atmósfera fantasmal del pueblo, en las moscas que revolotean alrededor de las casas, en las caras de tristeza asumida años ha de los ciudadanos, todo localizado en unos días inciertos en los que el mínimo gesto, el más pequeño movimiento, podía hacer volar por los aires los intentos porque aquellas dos Españas no volvieran a enfrentarse. Las sombras de la dictadura sobrevuelan toda la localidad donde Estrella y Carmen han perdido la vida de manera descarnada, un lugar donde el tiempo parece haberse detenido, donde los señoritos y terratenientes siguen haciendo lo que les viene en gana con los más desfavorecidos, como si aquello que nos contaran, Miguel Delíbes primero y Mario Camus más tarde, en Los Santos Inocentes fuera extrapolado a una trama detectivesca de aire asfixiante, calor húmedo y naturaleza siniestra.

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Los espéctros de aquella dictadura habitan en el cuerpo menudo de un Javier Gutiérrez al que por fin le han dado el papel protagonista que llevaba años mereciendo. La oportunidad no se puede decir que la haya desperdiciado y por ello se ha llevado la concha de plata al mejor actor en el pasado festival de San Sebastián. Policía violento, de métodos expeditivos, alcohólico, al que con sutiles pinceladas el guión nos perfila como un hombre de talento desperidiciado (esa libreta llena de dibujos) que supuestamente sirvió a las órdenes del régimen y que el actor asturiano llena de gestos, matices, miradas y una verdad doliente que atraviesa la pantalla en favor de una empatía compartida con el espectador que nos causa tanto rechazo como atracción. La réplica se la da un no menos apabullante Raúl Arévalo que muestra la otra cara ideológica de las fuerzas de la ley, la que contesta a sus superiores y no acepta ordenes así como así, pero la personalidad vírica de su compañero calará tan hondo en su psique que en ocasiones le veremos como su más que posible heredero, pareciendo ambos los hijos de un mismo desarraigo.

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La Isla Mínima es una muestra del mejor cine que se puede hacer en España y la más digna heredera de la soberbia adaptación Ladislao Vajda hizo de la novela El Cebo del novelista Friedrich Dürrenmatt. Adentrándonos en el thriller de género, pero sin olvidar el compromiso que siempre ha caracterizado a nuestra producción fílmica, Alberto Rodríguez consigue una pequeña obra maestra que poco tiene que envidiar a largometrajes policíacos de Estados Unidos, Francia o Italia, que aúna un equipo técnico totalmente cohesionado (la dirección de fotografía de Álex Catalán casi podríamos decir que tiene vida propia) y un dúo de actores con las espaldas bien cubiertas por unos secundarios (como un magnífico Antonio de la Torre, un competente Jesús Castro, un carismático Manolo Solo o la revelación dramática en la piel del actor cómico y monologuista Salvador Reina entre otros) que inyectan calidad a todos y cada uno de los fotogramas que pueblan el largo.

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Alberto Rodríguez apela a la narración fluida, al entretenimiento de calidad, a hacer que el espectador piense y reflexione mientras se retuerce en la butaca con las pocas glorias y muchas miserias de sus dos antihéroes protagonistas. El cineasta sevillano nos vuelve a retratar la Andalucía profunda, la enraizada en la tierra moribunda, la que tenía la violencia a flor de piel, la que formaba parte de una España que no está tan alejada en el tiempo como quisiéramos pensar y que por desgracia cada vez se parece más a la de hoy. Sin adoctrinar, si brocha gorda, pero con rabia y sin temblarle el pulso el director de Grupo 7 afirma que no nos olvidemos de aquellos que, al morir el dictador, y después de haber matado y torturado en nombre de un país “grande y libre”, abrazaron la democracia como si la hubieran defendido desde siempre yéndoles la vida en ello, ni de aquellos que les necesitaban para hacer el trabajo sucio independientemente del lado del espectro político en el que se encontraran.
Juan Luis Daza (zonanegativa.com)

lunes, 11 de enero de 2016

Como locos (2011)

CURSO 2015-2016. SESIÓN 4

Título original: Like crazy.
Fecha de emisión: 22 de enero, a las 17:00 horas.
Lugar: Salón de actos del I.E.S. Cándido Marante Expósito.
Entrada gratuita. Proyección exclusiva para los miembros del I.E.S. Cándido Marante Expósito. Largometraje expuesto en VO con subtítulos en español.
Presentación a cargo de Roberto A. Cabrera.




SINOPSIS

Anna (Felicity Jones), una joven británica que estudia en la universidad de Los Ángeles, se enamora de Jacob (Anton Yelchin), un joven norteamericano, pero ambos se ven obligados a separarse porque a ella no le renuevan el visado para permenecer en los EE.UU. Regresa entonces a Londres, de modo que la pareja se ve obligada a mantener su relación a distancia.

TRÁILER




CRÍTICA 1: I miss you...



Like Crazy

Hubo un tiempo no muy lejano en que cine independiente era sinónimo de buen cine, propuestas arriesgadas y poca ambición comercial. Desde Sexo, mentiras y cintas de video (1989) de Steven Soderbergh, probablemente el título más emblemático de esta corriente, muchas han sido las satisfacciones que nos han llegado desde festivales como el de Sundance, creado para dar un mayor empuje a este tipo de ofertas. Pero también es cierto que el dinero todo lo corrompe y cada vez nos llegan más producciones que intentan vendernos la moto de estilo indie, pero acaban cayendo en los convencionalismos del cine más comercial. 


Like Crazy


Precedida de una sensacional acogida en Sundance 2011, donde se hizo con el Gran Premio del Jurado a la mejor película y el Premio Especial del Jurado, Like Crazy (2011) viene a dignificar una vez más el cada vez más previsible cine independiente americano. El director californiano Drake Doremus alcanza la madurez creativa con ésta, su cuarta película, un drama romántico protagonizado por una pareja de jóvenes, sin caer por ello en la ñoñería propia de productos más convencionales como Crepúsculo o las adaptaciones de las novelas de Nicholas Sparks. Sin duda, todo lo que presenciamos en esta visión amarga sobre el primer amor, resulta tristemente real y cada línea de diálogo, cada mirada o cada actitud de sus personajes, encuentran una rápida identificación en cualquier espectador que haya estado enamorado alguna vez. La historia nos presenta a Anna, una joven inglesa que estudia en la Universidad de Los Ángeles y que se enamora locamente de Jacob, un chico norteamericano. Todo es idílico en esta primera parte de la película, donde se describe a la perfección la excitación del primer amor, aquel que deja más huella en tantas personas. Pero como no todo puede ser azúcar, pronto surge el gran inconveniente que hará tambalear los cimientos de este amor: Anna tiene que volver a Londres porque no le renuevan el visado para permanecer en Estados Unidos. Como la pasión todo lo puede, los protagonistas deciden continuar la relación en la distancia, pero las cosas no serán tan sencillas como esperaban y deberán superar multitud de circunstancias para mantener esa llama viva. 


Like Crazy


El magnífico guión de Ben York Jones y el propio Drake Doremus sabe dosificar con gran habilidad los momentos más dramáticos para que la función resulte totalmente equilibrada. Like Crazy es una obra optimista en su primer tercio, casi una comedia romántica al uso (aunque con estética indie), para luego tornarse en un amargo melodrama, donde asistimos al deterioro de una relación. La distancia geográfica representa un problema que lleva a los dos personajes a tomar la drástica decisión de casarse para que ella pueda lograr su visado que la lleve de vuelta a Norteamérica, pero aparecerán otros daños colaterales como el desgaste de la pareja y la aparición de terceras personas en la vida de ambos. Hay que alabar fervientemente el gran acierto de casting a la hora de elegir a la pareja protagonista. Anton Yelchin, el protagonista del remake de Noche de miedo (2011) y, sobre todo, Felicity Jones, ganadora de los Premios a mejor actriz revelación en los Gotham y los National Board of Review, consiguen una química que traspasa la pantalla a base de encanto y naturalidad. Sus interpretaciones son la base sobre las que se cimenta este filme. No olvido destacar como tercera en discordia a la cada día más pujante Jennifer Lawrence, la chica del momento gracias a la exitosa saga de Los Juegos del Hambre y su nominación al Oscar por El lado bueno de las cosas. Su papel es bastante secundario, pero la actriz logra dejar constancia de su talento en los escasos minutos donde aparece. 




Si en 2010, Derek Cianfrance ya había descrito con maestría los estragos del paso del tiempo en una relación de pareja en aquella otra joya, carne de Sundance, que fue Blue Valentine, con Ryan Gosling y Michelle Williams, Like Crazy podría considerarse su versión más juvenil. Tal vez no llegue a las cotas de descarnada desnudez de aquella, pero lo cierto es que la cinta de Doremus tampoco se queda en la superficie a la hora de escarbar en los estragos del desamor. Algo que queda perfectamente representado en la fenomenal escena final en la ducha, donde no se necesitan palabras para comprender que algo se ha quedado en el camino. Las fugaces imágenes de pasados tiempos felices se contraponen con la actitud más bien distante de los reconciliados amantes. Sin duda, a esas alturas de la película ya habían sucedido demasiadas cosas como para que ese amor juvenil que todo lo puede, sea siquiera la sombra de lo que fue. Cuando algo se rompe, por mucho que lo queramos reconstruir pegando los trocitos, nunca volverá a ser igual. Y ahí queda la historia de Anna y Jacob, grande en su pequeñez, agridulce como la vida misma y una cita ineludible para los amantes del mejor cine independiente americano.

José Antonio Martín (elantepenultimomohicano.com)


CRÍTICA 2: La distancia, el primer amor y la culpa.




Jacob (Anton Yelchin) es un joven norteamericano; Anna (Felicity Jones) una joven británica que estudia en la universidad de Los Ángeles. Se enamoran. Todo es idílico hasta que a Anna no le renuevan el visado de residencia. La pareja tendrá que separarse, pero están dispuestos a mantener su relación como sea.

Hasta aquí, no parece que 'Like Crazy' se distancie mucho de las típicas historias románticas sobre relaciones a distancia. Pero la película me ha parecido un drama romántico con un "algo" especial, que suelen tener bastantes películas del género que pasan por festivales como Sundance (ganó el Premio del Jurado en 2011). La naturalidad con la que está contada, la sencillez, y la química entre los actores... 'Like Crazy' me ha gustado.

La distancia hará que surjan dudas, que la seguridad y 'locura' del principio se tambaleen. Aunque lo que sienten el uno por el otro es muy fuerte; el dolor, la culpa o el resentimiento se mezclarán con el amor. La distancia parece debilitar su relación. Anna y Jacob intentarán salir adelante,  mejorar en su trabajo, pensar en el futuro de forma individual, conocer a otras personas... Pero, al final, siempre habrá un objeto o una acción que les recordará que están hechos el uno para el otro, y que les dará suficiente fuerza para seguir luchando por su relación, pese a la distancia.




El director de la película, Drake Doremus, consigue que el espectador se implique en la historia y para ello, además de la posible identificación con los personajes, utiliza distintos objetos: una silla de madera que Jacob diseña exclusivamente para Anna, una botella de whisky, una pulsera que lleva grabada la palabra 'paciencia', o un ramo de flores fucsias que tarde o temprano Jacob acabará entregando a Anna. En el momento en el que esos objetos adquieren valor "emocional", se convierten claves de cara al desarrollo de la historia; y también a la hora de mostrar la evolución de la relación de la pareja.

Al principio de la película, el momento: "chica conoce a chico y se enamoran" puede que suceda demasiado rápido. El director opta por ir directo a la esencia: las dudas que surgen a la hora de afrontar una relación de ese tipo. El tratamiento o la forma en la que se muestra el paso del tiempo no está mal: montaje rápido de planos en una misma localización, o el uso de cámara rápida mientras un sujeto se mantiene estático: en la cama, en el salón, la espera en el aeropuerto... Esos momentos comienzan con la enamorada pareja, y terminan con el temor a que llegue el momento de la despedida, o la emoción del reencuentro.

El final me ha pillado desprevenida, me ha sorprendido por lo que me parece un punto a favor. No es el típico "happy ending", es abierto. Los personajes han luchado mucho por mantener su relación, y también han sacrificado muchas cosas por ello. Por eso, ambos tienen cierto sentimiento de culpa que no llegará a cicatrizar del todo, la duda de si ha merecido luchar por ello. Un final agridulce.

Aparentemente sencilla en su forma, es una película llena de detalles. La química entre los actores protagonistas es buena. Puede que la película tenga algún desliz narrativo que descoloque un poco, o que alguna que otra elipsis no funcione del todo bien y no sepamos muy bien cuanto tiempo ha pasado realmente entre los viajes de la pareja... Pero sin más, ya que la sensación que tengo tras ver 'Like Crazy' es la de haber visto un drama romántico diferente. Natural y sencillo. Recomendable.

Naiara González (comolohariawilder.blogspot.com)

viernes, 27 de noviembre de 2015

Nightcrawler (2014)

CURSO 2015-2016. SESIÓN 3

Título original: Nightcrawler.
Fecha de emisión: 11 de diciembre, a las 17:00 horas.
Lugar: Salón de actos del I.E.S. Cándido Marante Expósito.
Entrada gratuita. Proyección exclusiva para los miembros del I.E.S. Cándido Marante Expósito. Largometraje expuesto en VO con subtítulos en español.
Presentación a cargo de Roberto A. Cabrera.




SINOPSIS

Tras ser testigo de un accidente, Lou Bloom (Jake Gyllenhaal), un apasionado joven que no consigue encontrar trabajo, descubre el mundo del periodismo criminalista en la peligrosa ciudad de Los Ángeles.

TRÁILER




CRÍTICA 1: Para auténticos caníbales de los telediarios

Lo mejor: la colleja a los medios de comunicación.

Lo peor: a veces se esfuerza mucho por ser cool.

El impulso inicial, prácticamente irrefrenable, es comparar al personaje de Lou Bloom (Jake Gyllenhaal) con el Travis Brickle de 'Taxi Driver' (Martin Scorsese, 1976). Los dos son criaturas que moran por la noche en la ciudad casi como una representación abstracta del desequilibrio, la soledad, la alienación y… el peligro. No obstante, esta correlación inicial se desdibuja a medida que conocemos más a este carroñero autodidacta de las noticias de sucesos. Este rondador nocturno es un trepa sin empatía ni moral, lo suficientemente desalmado como para triunfar el mundo del periodismo audiovisual a costa de las vidas humanas que sean. Así que los tiros, nunca mejor dicho, van por otro lado.

Fábula cruel sobre la mitificación de los triunfadores hechos a sí mismos, sobre el emprendimiento a cualquier precio y sobre el intrusismo en los medios de comunicación en esta era en la que cualquier chalado puede llevar una cámara encima, al fnal Nightcrawler se parece más a 'Network' (Sidney Lumet, 1976) que a 'Taxi Driver' (el personaje de Rene Russo y el de Faye Dunaway son de la misma ralea). Así que, aunque parezca un thriller estilizado con el mismo callejero de 'Drive' (Nicolas Winding Refn, 2011), en realidad este sobresaliente debut en la dirección de Dan Gilroy es un film de denuncia sobre la pornografía de la noticia de estos tiempos multipantalla.

Joan Pons (fotogramas.es)


CRÍTICA 2



Tony Gilroy, director de la buenísima Michael Clayton, produce la primera película de su hermano Dan, donde hace pleno escribiendo y dirigiendo ésta curiosa historia que ha llegado a confirmar a su protagonista para conseguir una nominación en los globos de oro como mejor actuación. Sin lugar a dudas es el año de Gyllenhaal que tiene en su haber dos grandes títulos si incluimos Enemy, aunque haya sido realizada en 2013. Es un acierto recuperar a la siempre sensual Rene Russo la cual parecía abocada al olvido tras ser devuelta al cine en la saga marvelinana, Thor. Pero más acierto supone realizar tu primera película y ofrecer un producto tan brillante como es Nightcrawler.

La cinta nos introduce a Lou Bloom, un hombre que es capaz de hacer lo posible, incluso robar, con tal de obtener un trabajo. Un hombre que parece un mero aficionado pero que tras los primeros minutos nos damos cuenta que su personalidad va arraigada a un carácter sociópata al no demostrar ninguna sensibilidad hacia los que le rodean y a lo que sucede a su alrededor, regocijándose incluso por el mal ajeno a cambio de obtener lo que busca.




La cinta trata en segundo plano sobre el periodismo más visceral, en busca de la noticia más alarmante, siendo el primero en las cadenas de televisión en publicar la imagen más morbosa con tal de subir la audiencia. Todo ésto se resume a la perfección en el film bajo una intensa fuerza de chantaje y amenaza por parte de sus protagonistas con tal de asegurarse un sitio en lo más alto. De éste modo podemos llegar a una evidente comparativa con la historia de Scarface, en la que un hombre de la nada, asciende poco a poco a lo más alto tras hacer los trabajos más sucios del mercado. Por supuesto, ésto supone tener que dejar de lado tus principios y sumirte en un regocijo personal que evidentemente no es bueno, lo cual te convierte en sociópata, tal y como hemos mencionado.

Hay escenas escalofriantes en la película, pero si tengo que elegir alguna que me ha llamado la atención es, curiosamente, un momento en el que el protagonista mira una cinta de Danny Kaye y se muere de risa e incluso vuelve la mirada como si alguien estuviese a su lado viendola. Se describe a la perfección su estado psicótico, siendo en sus momentos más serios realmente aterrador. La interpretación de Jake Gyllenhaal es sublime, no solo ha perdido peso en exceso, pareciendo consumido por su propia obsesión, sino que envuelve al espectador en todo momento con un papel absolutamente intrigante, de esos que encogen el pecho por el temor de saber qué será lo siguiente que está dispuesto a hacer su misterioso personaje. Sus diálogos, el chantaje al personaje de Rene y las conversaciones con su socio Rick son algunos de los momentos más acertados en lo que se refiere a guión ya que su personaje habla con una frialdad y una firmeza que da auténtico pavor. Sin lugar a dudas, Nightcrawler es una de las mejores películas del 2014 y muy a tener en cuenta dentro de ese oscuro género periodístico que ahonda en el morbo.




La banda sonora de James Newton Howard, habitual en el cine de Tony Gilroy y ahora de su hermano, es algo extraña. Por momentos, no encontramos el estilo del compositor ya que parece más cercano al trabajo de Cliff Martinez en cintas como Drive, por su clímax sintetizado en momentos como una de las escenas cumbres del final, donde acierta en sonoridad, aunque hay otras escenas en las que desentona, volviendo a su estilo, menos acertado, como lo que escuchamos poco antes de los créditos finales. Aun así no molesta y fuera de la película gusta. En resumidas, Nightcrawler no se olvidará, tanto por su contenido, como por la magnífica actuación de Gyllenhaal. Una maravilla vertiginosa que se mueve por los entramados más oscuros de ese mundillo televisivo y el pulso por la audiencia más visceral.

Dante Martín (cinebso.net)


viernes, 13 de noviembre de 2015

Relatos salvajes (2014)

CURSO 2015-2016. SESIÓN 2

Título original: Relatos salvajes.
Fecha de emisión: 20 de noviembre, a las 17:00 horas.
Lugar: Salón de actos del I.E.S. Cándido Marante Expósito.
Entrada gratuita. Proyección exclusiva para los miembros del I.E.S. Cándido Marante Expósito. Largometraje expuesto en español.
Presentación a cargo de Roberto A. Cabrera.




SINOPSIS

La película consta de seis episodios que alternan la intriga, la comedia y la violencia. Sus personajes se verán empujados hacia el abismo y hacia el innegable placer de perder el control, cruzando la delgada línea que separa la civilización de la barbarie.

TRÁILER



CRÍTICA 1: Para sibaritas del humor negro, negrísimo.

Lo mejor: El feroz desenlace en la historia del niño bien.

Lo peor: Que en Cannes se la subestimase por divertida.

En 'L’educazione sentimentale', el segmento que abría 'Monstruos de hoy' (1963), monumental disección de Dino Risi de los nuevos arquetipos patológicos de la Italia del milagro económico, Ugo Tognazzi encarnaba a un padre que inculcaba a su hijo sus particulares principios basados en la picaresca, la deshonestidad y la brutal depredación del prójimo. Tras una elipsis, el episodio se cerraba con un titular de periódico que daba cuenta de un cruel acto de justicia poética: el parricidio que, años más tarde, demostraba que el niño había sido, a fin de cuentas, un buen alumno.

En Relatos salvajes se utiliza en un par de ocasiones ese recurso que Risi también explotaba: el titular de crónica negra como único destino y perversa forma de inmortalidad de las diversas explosiones de violencia espoleadas por una realidad social regida por la desigualdad, la corrupción institucionalizada y la Ricardo Darín. incapacidad de comprender al otro. 'Relatos salvajes', colección de seis historias protagonizadas por personajes que entran en erupción, es nieta lejana de 'Monstruos de hoy', del mismo modo que 'Gente en sitios' (Juan Cavestany, 2013), película radicalmente distinta a esta en fondo y maneras, lo era de 'El Fantasma de la Libertad' (Luis Buñuel, 1974).

Szifrón se dio a conocer en nuestro país con 'Tiempo de valientes' (2005), heterodoxa buddy movie donde un psiquiatra y un policía cornudo investigaban un caso de alta corrupción. Su propuesta funcionaba bien en las distancias cortas (la interacción entre los personajes), pero flaqueaba en el acabado de sus escenas de acción: nada hacía presagiar, no obstante, la enérgica factura de estos 'Relatos salvajes', ni ese incremento de ambición narrativa que colocaría al cineasta (no sin polémica papanatas) en la selección de Cannes. Su film es un poderoso mosaico donde no se tiembla después de haber reído: se tiembla y se ríe a la vez.

Jordi Costa (fotogramas.es)

CRÍTICA 2

Como para compensar su ausencia de casi una década ('Tiempo de valientes' es de 2005), Damián Szifron vuelve con una película que, en verdad, son ¡seis! historias sin más vinculación entre ellas que ofrecer en todos los casos una mirada impiadosa, desgarradora y, sí, salvaje (como bien sostiene el propio título del proyecto) sobre la argentinidad al palo, con todas sus miserias, sus contradicciones, su cinismo y su doble moral.

En principio, hay que decir que Szifron contó con los recursos necesarios para desplegar en todas las facetas imaginables su creatividad como guionista, su inventiva visual, su destreza como narrador en un film que encuentra muy escasos antecedentes dentro del cine argentino industrial en cuanto a ambición, riesgo y audacia. La cantidad de figuras convocadas, de locaciones conseguidas y de posibilidades técnicas (incluidos sofisticados efectos visuales) que tuvo a su disposición lo ubican en una dimensión que hasta hace poco parecían imposibles de alcanzar para la producción mainstream local (quizás, en otro registro, 'Metegol' también fue precursora).

Con 'La dimensión desconocida' y 'Cuentos asombrosos' como lejanos pero posibles referentes, 'Relatos salvajes' arranca con un pequeño episodio incluso previo a los títulos de apertura con Darío Grandinetti en el papel de un crítico de música clásica que, en pleno vuelo y de la manera más inesperada, descubre que todos están a bordo por un motivo en común.

Aquí ya se aprecia una de las constantes de Szifron: el humor negro, negrísimo, que puede alcanzar dosis muy altas de crueldad (la mirada del director hacia sus personajes es una de las cuestiones que seguramente generará más de un cuestionamiento) y hasta irrupciones extremas a puro gore. 

La segunda historia tiene como protagonistas a Julieta Zylberberg y Rita Cortese, como moza y cocinera de un restaurante de un parador de ruta. Allí llega, en medio de una noche de lluvia torrencial, un candidato a intendente (César Bordón) que, en verdad, es un mafioso y usurero que ha tenido a la familia del personaje de Zylberberg como una de sus víctimas ¿Es la oportunidad perfecta de una venganza tardía? Surge aquí otro de los temas recurrentes en este film de Szifron y que está muy a tono con el debate  de la Argentina contemporánea: el dilema de la justicia por mano propia.

La tercera entrega -probablemente la mejor en cuanto a puesta en escena y capacidad de sorpresa- tiene que ver con la lucha de clases, con los prejuicios sociales más arraigados, los resentimientos, la paranoia, esa violencia contenida que crece y crece hasta explotar de la peor manera con un exponente de clase alta (Leonardo Sbaraglia) en su reluciente Audi 0 KM,  que vivirá una verdadera pesadilla en una ruta de Salta.




Otra estrella como Ricardo Darín es el protagonista del cuarto capítulo en el papel de un ingeniero experto en detonaciones y demoliciones. El antihéroe debe llegar a tiempo para el cumpleaños de su hija, pero las cosas no saldrán precisamente como esperaba. A pura tensión, Szifron apela a un esquema cercano a 'Después de hora', de Martin Scorsese; y con algo del Michael Douglas de 'Un día de furia' para describir la indignación del hombre común frente a un sistema burocrático e insensible en un auténtico descenso a los infiernos.

El penúltimo relato parece inspirado en varios casos de la crónica periodística reciente, ya que un joven de clase alta atropella a una embarazada causando la muerte de ella y del niño por nacer. Sus padres (Oscar Martínez y María Onetto) llaman de urgencia a su abogado (Osmar Núñez) para planear una salida negociada con el fiscal a cargo haciendo cargo del accidente al jardinero (Germán De Silva). El tráfico de influencias, la corrupción generalizada (incluida la Justicia), la mentira y la codicia son los ejes principales de este tratado moral inquietante, provocativo y perturbador.

 El cierre es con la historia que ofrece más humor (siempre negro, claro) y más recursos con un casamiento judío a todo trapo en el que la novia (Erica Rivas) descubre in situ que su flamante marido (Diego Gentile) la engaña con una de las asistentes. En medio de un ataque de nervios por la infidelidad (esta tragicomedia tiene una fuerte veta almodovariana), la humillada protagonista generará un crescendo de locuras y excesos que transformarán al evento en una fiesta a todas luces inolvidable.

Más allá de que, como quedó dicho, no pocos seguramente atacarán a Szifron por la manera en que mira y hasta juzga a sus atribuladas criaturas, lo cierto es que este talentosísimo director, uno de esos auténticos "animales de cine", logra hacer creíble y disfrutable las situaciones más inverosímiles y delirantes sobre esas personas ordinarias que, llevadas a atravesar situaciones extraordinarias, pueden convertirse en verdaderos monstruos.

De más está decir que las actuaciones son impecables, que el equipo técnico se luce en todos los rubros y que hay aquí más ideas por minuto que en buena parte del cine argentino de los últimos años. La polémica, inevitable, tendrá que ver con la ideología y el tono del retrato de una sociedad en descomposición. A nivel artístico, el resultado es apabullante, fascinante y demoledor.

Diego Batlle (otroscines.com)

sábado, 26 de septiembre de 2015

My Blueberry Nights (2007)

CURSO 2015-2016. SESIÓN 1

Título original: My Blueberry Nights.
Fecha de emisión: 30 de octubre de 2015, a las 17:00 horas.
Lugar: Salón de actos del I.E.S. Cándido Marante Expósito.
Entrada gratuita. Proyección exclusiva para los miembros del I.E.S. Cándido Marante Expósito. Largometraje expuesto en VO con subtítulos en español.
Presentación a cargo de Roberto A. Cabrera.




SINOPSIS

Elizabeth (Norah Jones) es una joven que comienza un viaje espiritual a través de América en un intento de recomponer su vida tras una ruptura. En el camino, enmarcada entre el mágico paisaje urbano de Nueva York y las espectaculares vistas de la legendaria Ruta 66, la joven se encontrará con una serie de enigmáticos personajes que le ayudarán en su viaje.

TRÁILER



CRÍTICA 1

Tras el laberinto egocéntrico de 2046, a Wong Kar-wai le ha venido bien oxigenarse en otro territorio para, en definitiva, reafirmar sus propias esencias desde otra perspectiva. Luces de neón, carretera americana y música de Ry Cooder parecen contravenir los postulados del director de Deseando amar, pero es solo una apariencia; en realidad amplía y diversifica las posibilidades de su romanticismo exacerbado. Igual que el acento de Nat King Cole cantando en castellano añade una dimensión mítica a las canciones paladeadas por un extranjero, Wong Kar-wai se permite un ejercicio de apropiación de una cultura ajena para adaptarla a sus propios mandamientos estéticos. A través de los colores, los gestos, los objetos y los sonidos, en un derroche de sensualidad que va más allá de lo puramente carnal (aunque ese beso en doble dirección es uno de los más atractivos en años), My Blueberry Nights aplica una serie de tópicos (el abandono amoroso, la road movie, el encuentro con personajes de diversa índole) para distorsionalos a través de elaboradísimas imágenes cargadas de sensaciones, más allá de lo puramente narrativo. Es quizás la película que a Wim Wenders le hubiera gustado hacer (tradición genérica más sentido de la modernidad) pero ya no puede.

Ricardo Aldarondo (fotogramas.es)


CRÍTICA 2

‘My Blueberry Nights’ es el título de la nueva película del prestigioso director Wong Kar-Wai. Una película que debería haber llegado a los cines españoles el pasado 1 de febrero, pero, a saber porqué, la fecha del estreno fue pospuesta, y ni siquiera se sabe hasta qué día, sólo que será “próximamente”. Lo único que falta es que algún “lumbreras” le cambie el título y le ponga ‘Deseando Amar 2: Más allá de la pasión’. Lo del cine y este país es que no tiene nombre.

Con un reparto de lujo, ‘My Blueberry Nights’ (2007) se centra en el personaje de Elizabeth (Norah Jones), una mujer que tras una ruptura sentimental, decide viajar por los Estados Unidos, trabajando como camarera, encontrándose en el camino con otras historias de amor, tan tristes o más que la suya.


Teniendo en cuenta la carrera del señor Wong Kar-Wai, y tras ver el trailer de la película, nadie puede (o nadie debería) sorprenderse de lo que ocurre en estas noches de (tarta de) arándanos. El cineasta ha rodado en Estados Unidos lo que ya había rodado en su tierra. Un bellísimo y triste drama romántico. Lo que ha hecho siempre. Lo que le interesa.

‘My Blueberry Nights’ es, de este modo, muy similar a ‘Days of Being Wild’ o ‘Deseando Amar’ o ‘2046’ o ese corto que hizo Kar-Wai para BMW, tan recomendable como cualquier película suya; la más atípica es ‘Ashes of Time’ (curiosamente, la única inédita en DVD en nuestro país), pero sólo por incluir algo de arte marciales. Básicamente, y para entendernos, nos encontramos, otra vez, con una delicia para los sentidos, una historia cuya profundidad la ponen los hermosos encuadres, los maravillosos temas musicales y las cuidadas poses de los actores, puestos ahí para componer una obra de tanta belleza como escasa trama.

Aquí no hay sitio para diálogos complejos ni giros argumentales sorprendentes; no en vano, el director ha revelado alguna vez que rueda sin guión (no al menos uno cerrado). Las palabras apenas tienen importancia, acompañan las imágenes, interesando más la forma que el contenido de las mismas; las trata como canciones que no es necesario entender. Y en cuanto a las historias, en cuanto empiezan ya sabemos cómo acabará todo. La idea es disfrutar contemplando una obra de arte sobre cómo las personas adoramos sufrir y hacernos daños jugando con el amor. No es de extrañar que en el festival de Cannes etiquetaran la película más o menos como de caramelo vacío. El discurso de Kar-Wai está acabado ya para la gran mayoría, es más que comprensible.

Por tanto, la principal novedad de esta obra, casi la única, junto a la (de nuevo en un film suyo) majestuosa banda sonora, que cambia los boleros por el jazz, es que el reparto está integrado por rostros occidentales. Así, nos encontramos con un reparto muy llamativo encabezado por Jude Law, Natalie Portman, Rachel Weisz, David Strathairn y la cantante Norah Jones, cuyo personaje sirve de nexo de unión de las cinco historias de amor (o desamor, más bien) que integran la película.

De ellas, la más floja es la que rodea al personaje de Portman, que encarna a una poco creíble jugadora de póker con problemas para relacionarse con su padre; además, el personaje de Jones está puesto ahí con calzador, gracias a un intercambio poco verosímil. La historia más lograda, por el contrario, es la que protagonizan Strathairn y Weisz; el actor está magnífico, especialmente en un par de momentos muy emotivos, y la actriz nunca ha estado tan impresionante como aquí, en todos los sentidos. En cuanto a Law y Jones, correctos, en su sitio; el primero parece que imita a Takeshi Kaneshiro en ‘Chungking Express’, y la segunda, en su debut en el cine, cumple sin problemas en los pocos momentos en los que tiene que actuar.

Podría decirse, por consiguiente, que ‘My Blueberry Nights’ es una preciosa repetición de la misma película que lleva rodando Wong Kar-Wai durante todos estos años. De esta forma, es una oferta ineludible para los que disfrutaron plenamente de las anteriores obras del cineasta (o para los que aún no vieron ninguna, que algunos habrá) y, posiblemente, una aburrida forma de pasar el tiempo para el resto.

Por supuesto, un servidor lo pasó en grande con esta película, y está escuchando la banda sonora por enésima vez, en este mismo momento. Wong Kar-Wai no realiza cine convencional, sino un cine que es como una droga, de imágenes tan poderosas que, si te atrapa, no abandonará tu cabeza durante muchísimo tiempo.

Juan Luis Caviaro (blogdecine.com)

CRÍTICA 3

Una joven comienza un viaje espiritual en busca de sí misma a través de América para superar una rotura amorosa. 

En el camino, enmarcado entre el paisaje urbano de Nueva York y las espectaculares vistas de la legendaria Ruta 66, la joven se encontrará con una serie de enigmáticos personajes que la enriquecerán como persona y desenfocarán su angustia convirtiéndola en espectadora del drama de los otros.

El amor y la búsqueda interior, la desesperación y el arrepentimiento, la vida y la muerte, el deseo y la contención. Un viaje donde los protagonistas se encuentran al borde del precipicio, a punto de saltar o cayendo.
La filmografía de Wong Kar Wai es exquisita en el uso de los recursos visuales y sonoros, destila espacio tiempo por los poros y se construye con materiales y gramáticas netamente cinematográficas.

Si podemos hablar de un género, éste sería el de una película romántica travestida en una especie de road movie del alma que en su deriva aprende, se desprende y vuelve al punto de partida. Tiene también algo de western en el sentido de la búsqueda del lugar en el mundo y el descolocamiento fronterizo de los personajes.

Sin embargo, se pueden rastrear sutiles desplazamientos de sentido en la experiencia del viaje de la protagonista, que a su manera es también espejo metafórico del propio viaje del director (es ésta la primera inmersión de Wong Kar-Wai en el cine estadounidense), y que llevan a leer la obra como una traslación, más no una traducción. 

El director realiza un ejercicio de anticlasicismo como perfecto paradigma del postmodernista que es. Viste sus pequeñas historias de una grandilocuencia y un refinamiento en la naturalización de la copia (en el sentido de la apropiación de referentes) que ahoga todo concepto de narración clásica. Los detalles son magnificados, sus pequeños personajes convertidos en cuasi héroes, las historias de amor y desamor cotidianas alcanzan una dimensión de epopeya. Todas alrededor de una barra de bar, santuario que sirve de puente y frontera tras la cual se halla el guardián de las llaves que esconden los secretos olvidados (magnífica la metáfora). 

Y tenemos que caer en el Ulises como referencia para contextualizar y enmarcar la ambigüedad del mensaje (nada mejor que comparar con el arquetipo clásico, referente del paradigma occidental de viajero), para encontrar la llave que permita abrir y percibir la transferencia poética y la potencia del símbolo resignificado en la mirada de un chino taiwanés desembarcando en América.

Un Ulises que no es él sino ella, Norah Jones, y una Penélope que no es ella sino él, Jude Law (segunda traslación, o el extrañamiento de género en sentido literal).

Un tejido vital que se teje y se desteje con el aporte de los cantos de sirena: historias cruzadas, encrucijadas y situaciones límite interpretadas por David Strathairn, Rachel Weisz, Natalie Portman, Tim Roth (tercera traslación, o la construcción del yo en la mirada del otro).

Un paisaje (interior, exterior) convertido en atmósfera, intermediado por un cristal (la lente de la cámara?) que le otorga un clima de máxima fragilidad asimilable al espaciotiempo vital de los protagonistas (¿el del director?, ¿el del propio paisaje, entendido como lugar y no lugar, y devenido personaje?), cuya presencia tiñe sentimientos y colorea también la mirada del espectador (cuarta traslación, o el impresionismo posmoderno en la estética del video clip).

Una composición de lugar que también teje capas o layers de distinta densidad material, sensorial y conceptual: redes espaciales topológicas articuladas a una especie de matrix emocional conformada por nodos/nudos/nidos y derroteros, zonas de calma y quietud con remolinos. 


Físicamente eso remite a locaciones: una Nueva York como punto de partida y de llegada, la ruta 66 como línea de escape y de regreso, cauce libre del río existencial que permite navegar una superficie: el territorio americano, mapa/piel sensorial significado como fondo sobre el que dejar registro (quinta traslación, o el punto línea plano de un Mondrian contemporáneo que transmuta puertos costas mares por topografías terrestres y paisajes humanos).

Una composición temporal plena de alegorías, el tiempo del viaje como metáfora del aprendizaje, el movimiento y el desplazamiento como recorrido exterior pero también interior, una cámara con ritmos y velocidades que se acomodan intencionadamente según el dramatismo de las situaciones y la metamorfosis con los contextos (introspección igual lentitud e interiores -ejemplo: el bar-; extroversión igual aceleración y exteriores -ejemplo: la ruta-), un manejo de la continuidad de la historia que la asemeja a una especie de loop (sexta traslación, o la cadencia iterativa de la sociedad postindustrial que todo lo re-cicla, como la naturaleza, en una especie de "ecología de las emociones").

Unos personajes que dibujan con trazos provisorios formas y figuras que describen sus propias trayectorias: carto-grafías emocionales hechas de instantes congelados que requieren del dinamismo simbolizado en el viaje para traccionar decisiones vitales (séptima traslación, o la inestabilidad posmoderna de un situacionismo hecho de itinerarios, encrucijadas y derivas vividas... En El Camino).

En síntesis, azar y elección. Caminos que inscriben huellas, postales que escriben mensajes lanzados al correo como botellas en el mar, cristales que se rompen o se abren como puertas. 

Dice una leyenda china que existe un hilo, simultáneamente rojo e invisible, que une a las personas destinadas a encontrarse: aunque se retuerza y se adelgace, nunca se rompe y sigue comunicando experiencias distintas y distantes unidas como una red tejida de coordenadas puestas en un mapa. 

Coordenadas todas para una reflexión sobre el amor. 

Siempre. 


Pues tanto en este film de Wong Kar-Wai como en los anteriores hay, invariablemente, irrenunciablemente, obsesivamente una búsqueda del hilo invisible -¿el hilo de Ariadna?- que abreva en la ética y la estética del amor para darle su coloratura y hacerlo, por fin, visible. 

Un hilo que une pero a veces se rompe y entonces nos sume en una profunda melancolía.


Marina Villelabeitia (elespectadorimaginario.com)

martes, 2 de junio de 2015

El Niño de la Bicicleta (2011)

CURSO 2014-2015. SESIÓN 17

Título original: Le gamin au vélo.
Fecha de emisión: 19 de junio de 2015, a las 17:00 horas.
Lugar: Salón de actos del I.E.S. Cándido Marante Expósito.
Entrada gratuita. Proyección exclusiva para los miembros de la comunidad educativa del I.E.S. Cándido Marante Expósito. Largometraje expuesto en VO con subtítulos en español.
Presentación a cargo de Roberto A. Cabrera.


SINOPSIS

Cyril, un niño de once años, se escapa del hogar de acogida, donde su padre lo dejó después de prometerle que volvería a buscarlo. Lo que Cyril se propone es encontrarlo. Después de llamar en vano a la puerta del apartamento donde vivían, para eludir la persecución del personal del hospicio, se refugia en un gabinete médico y se echa en brazos de una joven sentada en la sala de espera. Así es como, por pura casualidad, conoce a Samantha, una peluquera que le permite quedarse con ella los fines de semana.

TRÁILER




CRÍTICA 1




La tónica general -o, por lo menos, a la que estamos más acostumbrados-, respecto a los dramas que giran alrededor de niños o adolescentes, está dominada por la zozobra vital o la crudeza de unas situaciones que, en el mejor de los casos, solo ponen a prueba el instinto de supervivencia -en una aplicación más psicológica que física- a los seres humanos más frágiles. Este es un tema que ha llegado a obsesionar a los hermanos belgas Jean-Pierre y Luc Dardenne; basta con un vistazo a cualquiera de las premiadas películas que componen su obra. Sin embargo, ese distintivo autoral, basado en la reiteración de un único planteamiento formal y temático que parece nunca gozará de un arte final, tiende a suministrar un plus de hostilidad al entorno de los chicos, en forma de relaciones conflictivas y negligencias y disfunciones parentales.

El niño de la bicicleta se acoge convenientemente a este patrón discursivo y, pese a su línea pesimista, desarrolla con campechanía y sin mohines un conmovedor guión que define el amor como una necesidad vital innata a la persona. El propósito de los directores es la simple exposición de un mensaje de auxilio sobre el aislamiento amoroso y la soledad, tan comunes en la sociedad moderna, sin adscribirse a ideologías ni liarse en rodeos o ambigüedades. La claridad es sinónimo de brevedad; bastan unas pocas escenas para caracterizar a los personajes: Cyril encuentra en Samantha, la primera desconocida que se interesa por él, el cariño que no recibe de un padre que le ve como un estorbo. Samantha, por la parte que le toca, es puro afecto: un personaje sin presentación que, tras una irrupción casual en la trama, no pone trabas para acoger al niño desde su primer encuentro. Más tarde, se confirma la sospecha sobre tan chocante tolerancia; Samantha tiene pareja, pero su privación afectiva procede de la ausencia de un destinatario de su amor maternal (estupenda la escena en la que establece sus prioridades decantándose por Cyril).


Lo más curioso de El niño de la bicicleta es su voluntad protestona, eficiente pero libre de efectismos, su capacidad realista para aludir a numerosas polémicas sociales con una morosidad narrativa -sobre la palabra, que no sobre el discurso- tan drástica (arrítmica y letárgica cadencia, frecuente en el cine de los Dardenne y uno de los principales objetos de crítica para sus detractores) y un croquis argumental tan conciso y elemental, donde toda escena es consecuencia directa de su anterior inmediata. Las deficiencias en la educación de una generación criada por los videojuegos (aunque suene a tópico "pureta") tienen su germen en la incapacidad de unos padres novatos -como los de la brillante El niño (L'enfant, 2005)-, que vieron prolongada su adolescencia y apenas alcanzaron la madurez. Los directores no cuestionan la dificultad de la paternidad, mas sí lanzan su dedo contra aquel que "tira la toalla", omitiendo unos motivos inexistentes. La apática falta de estímulo en unas vidas demasiado fáciles, que de pronto se volvieron demasiado difíciles, es razón suficiente para obviar la importancia de las cosas, tirar por el camino cómodo y no encarar los demonios personales.

Esta función de denuncia guarda una estrecha relación de dependencia con la bicicleta del título. Es mucho más que una bicicleta, todo gira en torno a ella como personaje omnipresente, como hilo conductor y como separador de fases argumentales. Es el pretexto inicial para que el niño busque a su padre y proporciona la clave para su hallazgo, además de actuar como primer nexo de una relación futurible, entre Cyril y Samantha. El tiempo la hará mutar en inmejorable vehículo para desaparecer y empezar desde cero. Pero también, desempeñará un papel de demiurgo que tienta para espolear las decisiones que moldearán la personalidad. Es ley de vida, equivocarse para aprender, y los Dardenne quieren hacer hincapié en ello, suavizando la tentación, con un mal muy subliminal, no terminantemente nefasto, para evidenciar la presencia de un enemigo más duro en el interior de cada uno. A tal solemnidad conceptual le corresponde una expresión silenciosa y serena, solo violada por unas transiciones musicales que se encargan de subrayar unos figurados capítulos configurados como una tortuosa escalada de una psicología dividida en niveles.


La exclusión de todo alambique estilístico liberaba de cepos narrativos una trama que emanaba un hedor a tragedia desde la resolución de un conflicto suave como la amenaza de sus propias secuelas. Y no se sufre por el peligro que acecha al chaval, sino por la contingencia de lo que sería una despreciable y gratuita moralina. Conscientes de ello, los Dardenne resucitan a su protagonista con un nuevo perfil fraguado por la experiencia. El niño serio ya sonríe. 

Javier Moral (elespectadorimaginario.com)


CRÍTICA 2



Cuando se habla de cine combativo, comprometido y reivindicativo salen a la palestra una plétora de autores (no sólo) europeos que a lo largo de su filmografía abordaron distintos conflictos sociales. Ken Loach, Robert Guédiguian, Constantin Costa-Gavras, Fernando León de Aranoa y, cómo no, los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne son algunos de ellos. Cada uno con su estilo, cada uno centrado en sus parcelas de interés. Unos comprometidos con las condiciones de vida de los trabajadores, con los sectores más marginales de la sociedad y otros con los avatares políticos. Los hermanos Dardenne, que son los que nos ocupan, han desarrollado más de dos décadas de cine social, sin ánimo alguno de encasillarlos con etiquetas. Una filmografía reconocible. Con denominación de origen. Sus películas son retratos enérgicos, repletos de personajes, preferiblemente jóvenes, marginales y excluidos. Con un estilo formal y narrativo muy diáfanos. Filmes en los que forma y fondo van de la mano. Un universo cinematográfico que ha contado con el reconocimiento de una Espiga de Oro como Mejor película en la Seminci de Valladolid –La promesa (1996) con la que obtuvieron, por primera vez, el beneplácito de la crítica internacional y consolidaron un estilo propio–, dos Palmas de Oro en Cannes –Rosetta (1999) y El niño (2005)– y un Gran premio del jurado, también en el Festival de Cannes –El niño de la bicicleta (2011)–.


Con ésta última los hermanos Dardenne, continuistas en esencia, rompieron con algunas de las premisas de su cine para contar, citando sus propias palabras, "un cuento de hadas". El protagonista es un crío, Cyril, que se encuentra en un hogar de acogida. Su padre lo abandonó con la promesa de regresar pasado un tiempo. Su mayor fijación es recuperar su bicicleta negra y emprender la búsqueda de su progenitor. En medio de esa pesquisa, en pos de su pequeño tesoro de dos ruedas, conoce por casualidad a Samantha, una peluquera del barrio. Ella, en un acto de altruismo bellísimo, decide acogerlo durante los fines de semana. Este es el punto de partida de la historia más conmovedora, que no sentimentalista, de la filmografía de los belgas. No sé si su mejor película, pero posiblemente la más brillante, en todos los sentidos. Adolece de ciertos recursos manidos, faltos de originalidad. Más bien redundantes a lo largo de su obra –como esos padres desmesuradamente fríos y distantes, capaces de abandonar a sus hijos por un futuro mejor o un puñado de euros, sin derramar una mísera lágrima–. También hay alguna que otro disyuntiva desatinadamente previsible y maniquea. Incluso un joven camello excesivamente caricaturesco y parodiable, en el que Cyril busca un sucedáneo paternal. Hasta aquí, lo más negativo.


¿Por qué, entonces, la más brillante? Sin atender a valoraciones subjetivas, es una evidencia que es más luminosa que sus películas anteriores. No existe esa atmósfera gris, apagada, deprimente. La fotografía es muy alegre. Ambos directores rodaron en verano con el objetivo de hacer un filme con más brillo, con más colorido. En consonancia con una visión menos pesimista de la realidad. Acorde con el mensaje de amor, bondad y solidaridad latente. Buscando imágenes menos sórdidas, enriqueciendo las escenas con una mayor carga expresiva a través de la música, algo prácticamente ausente en sus piezas anteriores. Hay también algunas variaciones técnicas, si bien es cierto que siguen abundando los primeros planos del protagonista, no existe esa suerte de cámara persecutoria de Rosetta o El hijo. Las escenas, a su vez, están rodadas a una altura diferente de lo que es habitual, con ángulos bajos; debido al simple deseo por parte de los realizadores de adoptar el punto de vista del niño. Todo está enfocado, sin una ternura azucarada, al optimismo –de ahí el personaje de Samantha, posiblemente el más bondadoso de cuantos hayan creado–. El mérito de la jugada, el secreto de su brillantez, reside en el no abandono de su universo descarnadamente realista –apunte subjetivo–. Enriquecieron su paleta de grises con tonos más cálidos. Un giro que sus fieles, y no tan fieles, agradecerán.



La historia es un peregrinaje cuya meta es el amor. Cyril anhela el regreso de su figura paterna y ante los múltiples desengaños picará de flor en flor en busca de reciprocidad afectiva. Desde su conflictividad inicial hasta la canalización de su ira. La acción se desarrolla prácticamente en tres espacios, la ciudad donde Cyril vivía con su padre, y con la peluquera más tarde; el bosque donde se encuentran los múltiples peligros; y la gasolinera, lugar de transición entre una etapa evolutiva y otra. Escenarios de un viaje plagado de obstáculos, donde la criatura sólo encuentra el manto protector de su hada madrina –Samantha–. Los hermanos Dardenne hablan, por primera vez, de la devoción afectiva como realidad latente. La filman. Desde la inocencia de un niño se dibuja la ética del desinterés. Una película pequeña que se agiganta a su fin por su carácter humano. Sin caer en la empalagoso ni en lo melodramático. Tan descriptiva como sus filmes anteriores, pero mucho más expresiva. Menos voraz. Tan espontánea como una sonrisa. Mérito no sólo de la pareja realizadora, también de los dos protagonistas. La naturalidad exhibida por Thomas Doret roza la epopeya –recuerda a la de los gemelos de Más allá de la vida (2010)–. Un ejercicio de realismo con dos caras, el lado áspero y el lado tierno. Una historia demoledora pero con margen para la redención. Quizás, no la mejor, pero sí la más bonita.


Andrés Tallón Castro (elantepenultimomohicano.com)