viernes, 15 de abril de 2016

Submarine (2010)

CURSO 2015-2016. SESIÓN 8

Título original: Submarine.
Fecha de emisión: 13 de mayo, a las 17:00 horas.
Lugar: Salón de actos del I.E.S. Cándido Marante Expósito.
Entrada gratuita. Proyección exclusiva para los miembros del I.E.S. Cándido Marante Expósito. Largometraje expuesto en VO con subtítulos en español.
Presentación a cargo de Roberto A. Cabrera.




SINOPSIS

Oliver Tate (Craig Roberts) es un peculiar chico de 15 años que tiene dos objetivos: impedir que su madre abandone a su padre y encontrarse a sí mismo aunque sea a través de una chica. 

TRÁILER




CRÍTICA 1: La burbuja adolescente.

En “Submarine”,  el director británico Richard Ayoade consigue una sencilla, seca y triste comedia se enmarca en el cine de autor más independiente, con personajes inadaptados y una narrativa fresca.

Como si del diario de un adolescente ensimismado se tratara o como si asistiéramos a la proyección de una película de Super 8 en la que recogiera sus pensamientos, así nos sumergimos en las imágenes de “Submarine” para intentar comprender a Oliver en su ambiente familiar y escolar. Supone el estreno en la dirección de Richard Ayoade, una comedia dramática que respira espíritu indie, con personajes a medio camino entre el Antoine Doinel de François Truffaut y el Sam que Wes Anderson nos presentara en “Moonrise kingdom” (2012). La originalidad de la película llega por su factura y por el tono naïf y melancólico que imprime a la trama, puesto que temáticamente estamos ante otra historia de maduración a partir de la superación de la adversidad, de rectificación que empuja a salir de uno mismo. Oliver es un chico un tanto especial y complicado, solitario e imaginativo que se propone el doble objetivo de enamorar a su compañera de clase Jordana e impedir que se rompa el matrimonio de sus padres. Y como la cosa va de amores, las inseguridades, temores y elucubraciones abundan en unos personajes que sobreviven a los vaivenes emocionales y meteduras de pata.



Son individuos que sienten la soledad de un entorno poco cálido y la insatisfacción de una rutina que les ha sumergido en las profundidades del mar, allí donde el hombre no puede estar porque falta luz y oxígeno. Salir a flote es el reto de Oliver, y hacerlo junto a su familia. Ayoade elige a un adolescente para hacer este retrato irónico y cáustico de nuestra sociedad porque le sirve como ejemplo idóneo de inmadurez y de visión narcisista y problematizada de la realidad, y también de unos sinceros deseos de felicidad. Su voluntad crítica, empero, alcanza al mundo adulto de comportamientos patéticos, si bien hay una mirada comprensiva hacia unos y otros, hasta hacérnoslos entrañables en sus rarezas y debilidades. El director británico libera a todos de sentimentalismo y les dota de una bondad e inocencia natural que desdramatiza las situaciones.



Estructurada en tres capítulos para abordar los objetivos del protagonista en los dos primeros y resolverlos en el tercero, Ayoade nos introduce en su mundo con un prólogo y nos despide con un epílogo tan complaciente como sutil y elegante. Es la voz en off del joven la que nos conduce por una senda de maduración, la que nos adentra en su subjetividad e imaginación con el montaje como recurso estrella para fragmentar una vida desordenada y descompuesta, con un buen repertorio de efectos narrativos y visuales —desde el plano al ralentí al iris o el juego de texturas fotográficas— que logran que el espectador también descienda a las profundidades y sienta la necesidad de esa burbuja de afecto para seguir respirando. Alejado de cualquier dramatismo realista, Ayoade opta por el sarcasmo y por unos personajes extravagantes pero de gran corazón, y mira la realidad desde el prisma de quien se asoma tímidamente a la vida y descubre el valor del amor.



Esta sencilla, seca y triste comedia se enmarca en el cine de autor más independiente, con personajes inadaptados y una narrativa fresca, con un uso metafórico del color y sugerentes momentos visuales —los fuegos artificiales, la bañera entre los electrodomésticos, el interior de los puentes—, preciosas canciones de Alex Turner y un punto de locura y otro de simpatía en cada situación. Habrá espectadores que sintonicen y disfruten con su peculiar humor, y otros que no terminen de empaparse de su espíritu mordaz y singular.
Julio Rodríguez Chico (labutaca.net)
Calificación: 6/10.  


CRÍTICA 2: La insoportable levedad de Oliver Tate.

Un paneo de 360º, interrumpido por los títulos de crédito, recorre una habitación abuhardillada, donde encontramos a la vista objetos que nos hacen pensar en una personalidad con interés por la ciencia y la naturaleza. Este recorrido termina cuando la cámara repara en un chico adolescente, sentado en el suelo, al lado de una ventana. Una voz en off reflexiona sobre la noción que algunos individuos tienen de sí mismos y se presenta. Su nombre es Oliver Tate (Craig Roberts) y es el protagonista de Submarine. Mediante jump cut zooms nos aproximamos hasta un primer plano, momento en que ėl mira a cámara. Esta primera escena es una perfecta sinopsis conceptual del sello de identidad de la primera película de Richard Ayoade, quien según la revista musical NME, es uno de los tipos más cool de la actualidad londinense. Aunque su trabajo interpretativo más mediático ha sido el del informático más geek de todos los tiempos para la brillante serie televisiva The IT Crowd (2006), cuenta con una importante carrera como realizador audiovisual y creativo de videos musicales para grupos tan conocidos como Arctic Monkeys (de los que realizó un documental musical para un DVD llamado At the Apollo, 2007), Super Furry Animals, Kasabian o los Yeah Yeah Yeahs.


Submarine no escapa de ese marcado “estilo videoclip”, representado no solo por el tipo de planos característicos o algún efecto surrealista con reminiscencias a los audiovisuales de Michel Gondry o Spike Jonze, sino también por la utilización de la banda sonora ( compuesta por Andrew Hewitt y Alex Taylor -Arctic Monkey-) como elemento omnipresente en fragmentos, en los que la narración hace un paréntesis con una sucesión de imágenes aisladas, donde los personajes se sumergen en un collage audiovisual de los mejores momentos vividos. La estética, marcada por una fotografía que nos lleva a esos últimos años de la década de los setenta, está compuesta por colores absolutos, como los fundidos en rojo y azul que transitan toda la cinta.

Oliver es un protagonista peculiar desde el momento en que se desmarca mirando fijamente al espectador, saltándose uno de los principios básicos del cine, que es la invisibilidad de la cámara. Se descubre sin complejos como el antihéroe de esta historia, en un juego sutil de metacine, donde la consciencia que tiene de sí mismo le eleva a una posición privilegiada, casi como si pudiera valorar en retrospectiva la importancia del momento de la pubertad que está viviendo, como etapa de cambios y descubrimientos. Él fija las reglas y nos guía en su mundo interior. Nos deja ver sus preocupaciones, deseos y las fantasías más extravagantes que sobrevuelan por su cabeza, como cuando imagina la reacción de la gente ante su muerte en formato ocho milímetros. Su lucha por pasar inadvertido y ser aceptado, enfrentado a su necesidad por sentirse diferente a los demás, le confiere una inquietud en constante exploración de un estereotipo que ha formulado y del que no está seguro. En realidad, Oliver Tate no es uno de esos personajes con el que el espectador siente una gran empatía. No es simpático, es bastante despegado y algo egoísta. La relación que inicia con Jordana (Yasmin Paige) parece bastante forzada ante la necesidad de no sentirse solo y no duda en apartarla de su vida en el momento en que no encuentra el apoyo necesario para lo que él requiere.


El film está dividido en un prólogo y tres partes referidas a aquellas personas que rondan sus pensamientos, pero también podríamos dividir la película en dos bloques que estarían relacionados a las dos causas u objetivos que Oliver se marca a lo largo de la película: la premura por encontrar a un primer amor que le permita llevar a cabo las primeras experiencias sexuales, con todos los vaivenes e inseguridades que esto significa, y la búsqueda de la estabilidad familiar ante una posible infidelidad de su madre. Es precisamente en este segundo bloque donde la película decae en su ritmo, cuando la trama se centra casi al completo en el affaire de la madre con el estrambótico vecino y su mundo esotérico de conferencias, libros y programas de televisión para gente con mucha necesidad de ayuda espiritual.

Los personajes que comparten la vida con Oliver son, de igual forma, extraños. Su excéntrico comportamiento  puede recordar a los marcianos que habitan algunas de las películas de Wes Anderson. Sin embargo, Ayoade no explora tanto la vis cómica del perfil de sus personajes y las cotas de rareza no superan cierto límite.



Hay un poso en Oliver Tate con el que todos podríamos conectar, porque quién no se ha sentido alguna vez como en el epílogo de Submarine, cuando todo parece haber acabado para siempre y lo único que queda es la esperanza de un reencuentro al atardecer. Algo que has imaginado incontables veces y, por fin, todos esos anhelos que se habían agolpado en tu cabeza como ensoñaciones, ocurren. Y de repente, todo vuelve a estar bien. A veces es agradable ser protagonista de un happy end.


África Sandonís (elespectadorimaginario.com)


CRÍTICA 3



Con dos años de retraso nos llega el debut del cineasta Richard Ayoade (ya saben, el personaje de Moss en The It Crowd), que arrasó en los premios del cine independiente británico con la adaptación de la novela de Joe Dunthorne.

Submarine es una de esas cintas que nos habla del fin de la adolescencia y en el inicio de algo que no tiene un nombre muy definido, comúnmente llamado edad adulta. Dividida en prólogo, dos segmentos y el epílogo, la cinta abarca dos frentes; el primer amor que nuestro protagonista siente por una compañera de su clase y los intentos por volver a unir a sus padres, auténticos muertos vivientes atrapados en sus vidas con un vecino, también antiguo novio de la madre, rondando por ahí mucho más «cool» que el progenitor de nuestro protagonista.

Así que de partida que quede bien claro, el cómico y cineasta Ayoade pisa terreno conocido. Poco o nada se puede aportar a ese filón de películas que tratan del final de una etapa y el inicio de otra. Entonces… ¿Para qué molestarse en ir a una sala de cine?



Y se puede ir por varios motivos. El primero de ellos es que durante todo el metraje sobrevuela el espíritu de Wes Anderson. Tanto en composición, personajes, uso de la banda sonora o de la voz en off puede recordar al cineasta de Academia Rushmore. Es precisamente en los personajes donde más pueden acercarse ambos autores, con un protagonista, Craig Roberts, que sustenta buena parte el filme. Un chaval que fantasea con el día de su entierro y al que vamos observando y comprendiendo su vida ayudados también por una maravillosa voz en off, que no resulta cansina en ningún momento y aporta tanto comicidad como ideas harto sugerentes en el relato. También tenemos un núcleo familiar que se mantiene en la aburrida cotidianidad y no obstante, se introducen ciertos elementos interesantes, puesto que es el padre quien parece seguir queriendo a su mujer y en cambio esta se muestra en una indecisión que no es despejada nunca. En definitiva, un matrimonio que no va a ningún lugar mientras el joven protagonista inicia su primer amor.

Es esta diferencia, entre el mundo juvenil y el adulto, lo que hace ganar enteros al relato. Unos jóvenes que inician una aventura pero que son envueltos por los problemas adultos. En un momento dado, Oliver, nuestro protagonista, debe elegir a que enfrentarse, si al problema de sus padres o al problema de su pareja. Y no se decide. Son unas decisiones que él no había tomado nunca y todavía no se siente capaz. Lo curioso del caso es que en esta tesitura es acompañado de su padre, un adulto y hombre de considerables conocimientos, que se desenvuelve igual de mal que él ante una situación semejante. Es decir, la experiencia y los años no han servido para curtirse, siempre se cometen los mismos errores.



La cinta se desarrolla a lo largo de 1986, en un ambiente gris, lluvioso y triste de una ciudad industrial de Gales. Es en estos pasajes, incluyendo la playa, donde tiene lugar la historia de amor de Oliver y su pirómana novia, acompañados de una exquisita banda sonora mientras crecen y dejan de ser niños para adentrarse en esa tierra desconocida en la que sus padres están atrapados (sobre todo la madre). Sin embargo, puede que haya una oportunidad para Oliver y la loca esa que tiene como novia. Todavía no están atrapados. Todavía sus errores pueden subsanarse. Aún pueden permitirse cagarla, cosa que ya no pueden hacer los adultos.

Porque todo se resume en una de las canciones que Alex Turner, líder de Artic Monkeys, ha compuesto para la obra; nada de esto tendrá importancia cuando tengamos 38 años.


Pablo García Márquez (cinemaldito.com)


CRÍTICA 4: A dos tercios de la superficie.

Submarine es el refrescante, original y hilarante debut en la dirección de Richard Ayoade. Más conocido por su papel de Moss en Los informáticos (The IT Crowd), y con un background curtido en el circuito del videoclip, Ayoade nos emplaza a sumergirnos en esta historia a través de los ojos del “teenager” Oliver Tate.

Tate es un chaval de quince años que anda inmerso en las asperezas típicas de la adolescencia. Pero sin embargo su vida no es la de un chico normal. Poseedor de una sofisticación impropia para su edad: fumador de pipa, oyente de crooners franceses,  una imaginación desbordante (concibe su vida mediante los planos de un biopic, que es cómo se presenta el filme al espectador), que le reporta ser victima de burlas, “bullying” en las aulas, y un sentir general de no saber qué espacio debe ocupar en el mundo. A pesar de ello, las verdaderas motivaciones de este joven galés se centran en dos asuntos. Por un lado perder la virginidad con Jordana, su pirómana y enigmática novia. Por otro lado, intentar salvar el matrimonio de sus padres, después de que éste ande por la cuerda floja con las cada vez más constantes visitas de su madre al vecino Graham, un amante de la new age e iluminado de autoayuda. El problema reside, en que ambas misiones se le presentan incompatibles entre sí.

Mediante un estilo narrativo inquieto, surrealista, despampanante, Ayoade nos introduce desde los primeros compases del filme en las encrucijadas emocionales de este Oliver Tate, cuyas expresiones de inquietud y miedo a lo largo de la película tienen números para quedar retenidas durante un gran lapso en las retinas. Submarine refleja los miedos adolescentes, las alegrías efímeras de un período de nuestras vidas bello y amargo, sus amores pulcros, naif e intensos, y también los primeros sin sabores (aquí centrados en la difícil situación sentimental por la que pasan los padres del chico, y el cáncer de la madre de ella). Y como mínimo resulta poco habitual que este acercamiento tan natural y detallista al mundo de la adolescencia se lleve a cabo desde la imaginación que rodea al principal sujeto, en lugar de optar por una aproximación de matiz más realista.

El estilo desplegado por Ayoade no puede encajar mejor con la historia adaptada de la novela de Joe Dunthorne. El debutante director desenvuelve un poderoso estilo visual, tierno y rompedor que se sustenta en una dirección de fotografía impoluta, cautivante, incesantemente creativa, que bebe de un mar de referencias tan amplio, y tan identificable, que abarca desde la francofilia de la Nouvelle Vague (son claros los homenajes al Truffaut de los 400 golpes), pasando por el humor de Wes Anderson, con retazos del Woody Allen de Annie Hall, hasta la imaginación visual más desbordante de filmes como C.R.A.Z.Y., Leolo o El Tambor de Hojalata (todas ellas centradas en niños o adolescentes que se ven envueltos en un mundo adulto complejo y se evaden mediante una imaginación prodigiosa).

El potente envoltorio formal podría haber caído en cierto pozo banal, vistoso, desligado de la historia y pausible a la admiración efímera que puedan producir la mayoría de videoclips más o menos artísticos. Sin embargo la película de Ayoade, y principalmente gracias a una forma que se muestra sin fisuras conceptuales, rellena un océano con escenas e imágenes de una belleza reconfortante, nostálgica a la vez que triste, y cálida. Y por el camino se empuja al espectador hacía una cascada de instantáneas de las que no es fácil desprenderse.  Entusiasma ver ese montaje dinámico del primer beso de la pareja delante del testigo de una Polaroid (clip de abajo), o enternecedor ese pequeño fragmento que reproduce la tonalidad del Super 8, y que en el propio filme se titula “Dos semanas de hacer el amor”, en el que reseguimos el halo mágico que desprende la pareja envuelta en su inocente y desatado amor,  mientras transitan por paisajes rurales e industriales de Gales. ¿Alguna vez han presenciado en la gran pantalla un amor entre jovenzuelos que traspase la pantalla con este nivel de frescura, inocencia, y al fin y al cabo, de enorme naturalidad?

Todo este mayúsculo trabajo, se engrandece, y se traduce en una paleta de emociones ante el espectador, que va más allá del hilo de risas que acompaña el transcurso del filme, con las extraordinarias interpretaciones de su reparto. Desde el gran descubrimiento que supone Craig Roberts cargándose el peso del relato a sus espaldas en su rol de Oliver Tate, pasando por la fascinante, minimal, pero incontestable interpretación de Yasmin Paige en el papel de Jordana, hasta los algo ya más habituales en convencernos Sally Hawkins (Happy go lucky) en el papel de la madre, Paddy Constantine en el de Graham, y Noah Tayler en el papel del padre inalterable.

Destacar también la lograda banda sonora creada por Andrew Hewitt y la acertadísima colaboración del cantante de los Arctic Monkeys, Alex Turner, en esos seis temas que tan bien describen la historia de amor de estos adolescentes inadaptados.

Submarine es una comedia refrescante, original, llena de imágenes bellas, melancólicas e impactantes, espolvoreada con irresistibles y constantes notas de humor surrealista, que dejan al espectador un regusto perecedero e agradable. No sólo hablamos de la comedia indie del año, sino también de la comedia inglesa del año, y de todo un triunfo para su director Richard Aoyade en su primera aportación detrás de las cámaras.

Marc Muñoz (eldestiladorcultural.com)


viernes, 18 de marzo de 2016

De óxido y hueso (2012)

CURSO 2015-2016. SESIÓN 7

Título original: De rouille et d'os.
Fecha de emisión: 8 de abril, a las 17:00 horas.
Lugar: Salón de actos del I.E.S. Cándido Marante Expósito.
Entrada gratuita. Proyección exclusiva para los miembros del I.E.S. Cándido Marante Expósito. Largometraje expuesto en VO con subtítulos en español.
Presentación a cargo de Roberto A. Cabrera.


SINOPSIS

De repente, Alí tiene que hacerse cargo de su hijo Sam, un niño de cinco años al que apenas conoce. Como no tiene casa, ni dinero, ni amigos, se refugia en Antibes, en casa de su hermana, que los acoge cariñosamente. Tras conseguir trabajo como portero en una discoteca, Alí conoce a Stéphanie, una domadora de orcas en el acuario Marineland.

TRÁILER



CRÍTICA 1



He de reconocer que poco o nada sabía sobre De óxido y hueso, más allá de que se trataba de un largometraje dirigido por Jacques Audiard, quien nos regalase la estupenda Un profeta (2009), y que contaba con la espectacular interpretación de Marion Cotillard, lo que le valió para estar nominada al Globo de Oro y al BAFTA como mejor actriz. Y poco más. Sabía, vagamente, que contaba una historia de amor fuera de lo habitual. Ni siquiera había visto el tráiler. Así, mi sorpresa ha sido mayor, y al tener las expectativas justas el resultado ha sido mucho más grato. Considero que, en ocasiones, tanto exceso con tráilers, imágenes, informaciones, entrevistas, spots televisivos… ayudan mucho a la campaña viral y a invitar al espectador a acudir a la sala de cine, pero ya sabe más de la mitad de la película, y poco o nada puede sorprenderles. En el caso de películas de humor, normalmente, los mejores chistes ya están en el tráiler. En este caso, De óxido y hueso, aunque sólo tiene un hecho sorprendente, y que ocurre, relativamente, en los primeros compases del film, es recomendable (yo lo recomiendo, si sirve de algo) verla sin haberte informado demasiado sobre su temática, pues te gustará más.




Y, efectivamente, la película trata sobre el amor, en sus diferentes manifestaciones: amor a un trabajo, a un animal, a un hijo, a una pareja, pero no es un amor incondicional, ni un amor que se sobrepone a todo. El amor como algo oculto, que reconcome o que aflora con el resentimiento, bajo tu propia personalidad. Algo que queda perfectamente reflejado en el brutal (en el aspecto literal de la palabra) personaje que interpreta Matthias Schoenaerts, el partener de Cotillard, quien tendrá que hacerse cargo de su hijo de cinco años al que prácticamente no conoce. Su personaje es, como he comentado antes, un bruto, superficial, incluso insensible, pero tras la superficie se esconde el arrepentimiento. Toda la fuerza y energía las gasta en peleas y en sexo. Una vida desordenada en la que, sin embargo, se esconde cierta coherencia, sobre todo en la toma de decisiones importantes que refleja su personaje.




Pero, indudablemente, la interpretación con mayúsculas de este film nos lo regala Marion Cotillard, traspasando la pantalla. En la mayoría de críticas sobre este film que he leído se recurre mucho al sinónimo de La Bella y La Bestia, pero es algo que va mucho más allá, y no sólo porque no sabes bien cual de los dos es uno u otro. Ciertamente, cada uno es una parte del otro, y en esa variedad de matices es donde se encuentra esta película, y con lo que se enriquece. Igualmente, a pesar de ser una película de personajes, tanto la realización como, sobre todo, la excelente música, compuesta por el genial Alexandre Desplat, completan un film que resulta excelente, que te golpea y que te deja varios momentos de gran cine. Aún así, no es una película redonda, pues la fuerza con la que se llega hasta la mitad, aproximadamente, del metraje, no consigue mantener el ritmo, y va de más a menos. A pesar de todo, una película francamente recomendable.

Borja Jiménez (objetivocine.es)


CRÍTICA 2: La bella y la bestia.



 De óxido y hueso buscaba ser lo que no era Un profeta (2009). Jacques Audiard afirmaba en su estreno que todas las películas acarrean, para el cineasta, una frustración. En el caso del drama carcelario que obtuvo un gran éxito de crítica y público –alcanzando nominaciones a los Oscar, los Globo de Oro y ganando el Gran Premio del Jurado en Cannes– el desasosiego era provocado por la ausencia de mujeres, de amor y de espacios abiertos. Tanto él como su colaborador habitual, el guionista Thomas Bidegain, querían que su siguiente proyecto fuese algo romántico. Obviamente el oscuro y bestial relato penitenciario que narraba la vida y la capacidad de adaptación y supervivencia de un joven árabe en minoría étnica, Malik El Djebena, en una prisión en la que la mafia corsa tenía la supremacía dejaba poco lugar para el amor y otros vicios. De ahí las pretensiones del realizador francés. No obstante, ese cambio no suponía tan sólo una ruptura con su anterior película, sino también un alejamiento del género negro que impregna su filmografía. Una propensión que responde a códigos genéticos, herencia de un padre –guionista– que se movía por esos lares. De esa necesidad creativa nació De óxido y hueso, y a tenor del listón fijado por Un profeta y su anterior película De latir mi corazón se ha parado (2005) –galardonada con el Oso de Plata en Berlín–, se puede afirmar que ésta aguanta el envite. A medio camino entre una y otra en lo que a parámetros de calidad se refiere. Si, como decía, es rupturista con su obra en el abandono de ciertos usos, no es menos cierto que sigue el mismo compás de sus anteriores cintas; le delata la violencia, empleada por sus personajes, como canalizadora del conflicto.

El argumento está basado en un par de relatos breves del canadiense Craig Davison, pero en ellos no existía la figura femenina, que en este caso se encorseta en el guion con un tino digno de elogio. Incluso me atrevería a decir que de ellos tan sólo coge el título, un par de localizaciones y las peleas ilegales. Para muchos críticos, el director galo, le da otra vuelta de tuerca al cuento de la bella y la bestia. En todo caso, haciendo una concesión al parecido, la ambigüedad de quién es quién es significativa. Sería más acertado afirmar que se trata de dos bestias. Una mutilada por fuera, otra mutilada por dentro. La historia tercia sobre la relación amorosa que surge entre una entrenadora de orcas que pierde las piernas en un accidente durante el espectáculo acuático –Marion Cotillard– y un ex luchador rudo, tosco, hasta cierto punto primitivo que se recorre Francia con su hijo de cinco años con la esperanza de encontrar un trabajo –Matthias Schoenaerts–; lo consigue con ayuda de su hermana al tiempo que se parte la cara en peleas clandestinas. Tenemos pues, la relación entre un inadaptado que esconde sus sentimientos en un físico descomunal y una discapacitada que no sabe cómo engancharse a la vida. Llegados a este punto, mitad de metraje, hemos visto lo mejor de la cinta. Una primera parte espectacular que roza el cielo para poco a poco ir haciéndose más terrenal, eso sí, sin que uno pierda un ápice de interés. Audiard habla de amor sucio, grosero, bruto y cuasi dañino; y lo hace humedeciéndolo todo con un halo de ilusión y esperanza.



A tenor de lo contado es difícil explicar cómo es posible que a pesar de las circunstancias el espectador sólo vea luz al final del túnel, no la desgracia predominante. El secreto reside en esa capacidad del realizador francés para hacer un cine dispuesto para crear sensaciones en el espectador, llevándolo por los derroteros emocionales convenientes a pesar de lo arriesgado y complicado del filme. Juega con la cámara aplicando exhalaciones de luz que franquean los planos, oxigenando la asfixiante realidad, señalando los anhelos. A ese saber hacer con las imágenes se une una banda sonora atípica –desde una canción de Katy Perry, pasando por los temas compuestos por Alexandre Desplat para la ocasión, hasta una del Boss– pero que entra sin calzador y se percibe armoniosa con el conjunto. Su factura técnica es exquisita, con el detalle estrella del retoque digital por medio de la tecnología CGI. Casi por arte de magia se hacen desaparecer las piernas de Marion Cotillard. Algo sublime y que juega en contra de la película en un principio, pues desvía la atención del espectador en busca de la trampa del trucaje. Empero, no es todo mérito de las técnicas digitales también es fundamental la destreza interpretativa de la oscarizada actriz francesa –véanse: la escena del resbalón en el asiento del coche por no tener punto de apoyo, la inmovilidad de las piernas en la preciosa escena del chapuzón, ligeramente malograda por un frenético montaje en un momento que exigía reposo–.


Avisaba en el segundo párrafo de un pequeño bajón en la segunda mitad de la cinta. Habida cuenta de la calidad de la primera parte. Se debe a que la apuesta arriesgada toma rumbos más convencionales, coge un tufillo a cosas ya vistas en pantalla que tienen mucho que ver con la exoneración y las pulsiones siniestras exageradas para alcanzar el clímax dramático. Meros apuntes que le alejan de su obra maestra Un profeta y que son más propios de un habitante de Sibaris, dada la genialidad. Pues no podría ser otra la palabra para definir a una película que muestra el amor en sus múltiples formas –incluido el sexo, nunca se me había antojado, a toro pasado, tan necesaria su exhibición–, obviando el sentimentalismo de mercadillo y el romanticismo de folletín. Sin olvidar, lo que refuerza su condición de imprescindible, la complejidad de sus aristas al retratar a los afectados de una realidad adversa dominada por el azote del capitalismo más radical que convierte a las víctimas en verdugos –empleados poniendo cámaras al servicio del patrón, para espiar al trabajador–. Una reactualización de la banalidad del mal. Un ejercicio de discreta militancia, sutilmente encubierta. Complemento que enriquece la atmósfera de la brutalidad de un amor sin más concesiones que las congénitas.

Andrés Tallón Castro (elantepenultimomohicano.com)


CRÍTICA 3: La polémica del mes.

Lo mejor: el buen hacer del dúo Marion Cotillard y Matthias Schonaerts.
Lo peor: que pueda malinterpretarse como otra bonita historia de superación

Por Manuel Yáñez Murillo y Antonio Trashorras

A favor, por Antonio Trashorras.

Existe un cine europeo, y más concretamente franco-belga, que en vez de aferrarse a las palabras y las anécdotas, a los hechos y su estructuración, se vuelca en sensaciones, en materias, y, sobre todo, en el aliento y la carne. Más aún que anteriores obras, esta última película del siempre bendecido por las academias y, aun así, por encima de ellas, Audiard se inscribe en ese tronco estilístico del cual brotaron desde Benoît Jacquot hasta Gaspar Noé o los hermanos Dardenne. Pero, muy en particular, el más drástico y esencial de todos, ese Philippe Grandrieux, a cuyas maneras parece acercarse, ahora más que nunca, el director de ‘De óxido y hueso’. Y, ante el necio sentimentalismo predominante y el optimismo de rebaño, Audiard aplica mirada inmisericorde que, por fuerza, en ocasiones se diría la de un cenobita severo y reacio al masajeo de conciencias. Una historia, como casi todas las suyas, centrada en entendimientos (no romances) extremos, discapacidades y desajustes sociales, pero más volcada en lo corpóreo y, si cabe, más alejada del melodrama de lo acostumbrado en Audiard.

En contra, por Manu Yáñez Murillo.

Eminente portavoz del noir con acento galo, Jacques Audiard, autor de las afiladas ‘De latir mi corazón se ha parado’ (2005) y ‘Un Profeta’ (2009), se adentra con ‘De óxido y hueso’ en los pantanales del drama romántico con halo trágico, un registro que ya abordó en Lee mis labios (2001), una de sus películas más discretas. Si en aquella se relataba la historia de amor entre una chica sorda y un exconvicto, aquí los protagonistas de la función son un saco de músculos y una princesa desvalida. Él es una bestia primitiva y salvaje, mientras ella se presenta como una bella de alma y cuerpo amputados. Juntos se embarcan en un tour de force dramático telegrafado a golpe de cliché. Por su parte, lejos de la sobriedad formal de sus obras más interesantes, Audiard dirige su cine temperamental (de pulsiones físicas y odiseas espirituales) hacia el sentimentalismo y un cierto tremendismo. Así, más allá de su académica factura, la película acaba perdida entre un romanticismo tosco y un inquietante moralismo (de culpas y redenciones), que crece a medida que avanza la acción y que remite a los universos de Alejandro González Iñárritu y Paul Haggis.

(fotogramas.es)

sábado, 20 de febrero de 2016

Begin Again (2013)

CURSO 2015-2016. SESIÓN 6

Título original: Begin Again.
Fecha de emisión: 11 de marzo, a las 17:00 horas.
Lugar: Salón de actos del I.E.S. Cándido Marante Expósito.
Entrada gratuita. Proyección exclusiva para los miembros del I.E.S. Cándido Marante Expósito. Largometraje expuesto en VO con subtítulos en español.
Presentación a cargo de Roberto A. Cabrera.




SINOPSIS

La pasión por la música lleva a Gretta (Keira Knightley) y a Dav (Adam Levine), novios desde el instituto, hasta Nueva York. Pero cuando él, una vez alcanzado el éxito y la fama, la abandona, ella se queda completamente desolada. Una noche, un productor de discos (Mark Ruffalo) recién despedido, la ve actuar en un bar de Manhattan y queda cautivado por su talento.


TRÁILER




CRÍTICA 1: Refresco de verano.

La película irlandesa Once, estrenada aquí en el 2007, fue una inesperada sorpresa que sedujo a más público del previsto. Era una obra cálida y de buen rollo en torno a un guitarrista callejero y una chica cantante. Se conocían en las calles de Dublín y acababan grabando una maqueta. La canción principal ganó el Oscar, y Once, una modesta película con perfume indie, subió a los cielos.

Ahora, su director, John Carney, nos ofrece en Begin again una historia muy, pero que muy parecida, y mantiene intacto el aroma indie, sólo que enriquecido, hablando en términos comerciales, con la presencia de dos estrellas: Keira Knightley, que encarna a una compositora y cantante anónima que acaba de romper con su vanidoso y mediático novio, y Mark Ruffalo, un productor musical separado de su mujer, que lleva varios años en dique seco pero con el estómago muy mojado por el alcohol. Como los protagonistas de Once, ambos se conocen (ahora es una Nueva York muy idealizada el escenario) y empiezan una colaboración profesional en la línea de las fábulas de superación personal que Hollywood lleva cultivando desde que las películas empezaron a hablar (y cantar). Begin again no tiene la profundidad de A propósito de Llewyn Davis, de los Coen, con la que se puede comparar, pero es fresca, acogedora y tónica, está ejemplarmente estructurada (la idea de repetir la escena inicial de la canción en el club nocturno, ahora con los arreglos que Ruffalo imagina, es ingeniosa) y dialogada (el piropo a Randy Newman como artista íntegro es memorable) y muy bien conducida por Knightley, tierna y vitalista, y un Ruffalo desaliñado, portavoz de la música independiente y creativa frente a la esclavitud del mercado.

Jordi Batlle Caminal (lavanguardia.com)


CRÍTICA 2: 'Begin Again', la magia de la música.



Estoy convencido de que todo cinéfilo tiene una pequeña lista de películas que le dan tanta pereza ver que poco importa los argumentos que hayan podido utilizar para convencerte de que estás cometiendo un error no viéndolas. Una de las mías es 'Once' (John Carney, 2006), un musical que recibió no pocas alabanzas cuando se estrenó, pero que siempre me ha transmitido una desconfianza que me llevado a pensar que simplemente era mejor ignorarla.

Todo esto va a ser bastante difícil ahora que he visto 'Begin Again' (2013), otro musical que comparte con 'Once' a John Carney, director y guionista de ambas. Tampoco es que me muriera de emoción por verla, pero uno de mis cometidos es intentar comentaros los estrenados más destacados de la semana antes de que lleguen a los cines españoles y me alegra tener que hablaros ahora de esta pequeña delicia protagonizada por Mark Ruffalo y Keira Knightley.




Uno de mis miedos hacia la película era que todo se limitara a intentar resaltar lo entrañables que eran sus protagonistas y se olvidasen de la necesidad de conquistar nuestro interés más allá de la presencia de momentos musicales más o menos potentes. Ese miedo pronto desaparece en el caso de 'Begin Again', ya que Carney juega con los puntos de vista y los saltos en el tiempo para delimitar por completo a los dos protagonistas sin caer en ningún momento en lo más evidente, lo cual ayuda a que nos surja la necesidad de saber qué va a ser de ellos.

No es que haya grandes aciertos en lo puramente visual -lo más llamativo es el momento en el que Ruffalo añade mentalmente arreglos musicales a una canción que suena en ese instante-, pero la alteración de una estructura puramente lineal, algo que dominará la función de ahí en adelante, funciona a las mil maravillas, ya que también añade una mayor intensidad a una canción que es el motivo de todo lo que sucederá en adelante, tanto por su naturaleza como musical como por la evolución emocional de sus protagonistas.

Eso sí, conviene tener en cuenta que el hecho de que 'Begin Again' sea un musical es una mera necesidad por el oficio de sus dos protagonistas, porque Ruffalo y Knightley podrían tener otra profesión de corte artístico sin que el contenido y el mensaje se resintiera de forma relevante. Sin embargo, ese toque musical es lo que convierte a la película en una obra diferente, un pequeño placer para los sentidos que la hace ser algo más que la historia de dos personajes buscando su sitio en la vida tras haber recibido golpes emocionales muy duros.




Ya contaba con una actuación solvente por parte de Ruffalo, un actor nunca lo suficientemente reconocido, pero he de confesar la grata sorpresa que me llevé con Keira Knightley, únicamente equiparable recientemente a lo sucedido con Rachel McAdams en la excelente 'Una cuestión de tiempo' ('About Time', Richard Curtis, 2013), es decir, que alcanza un nivel de adorabilidad tal -y además con sustancia- que casi sólo con eso le da para desarmar hasta al espectador más cínico. Además, la química entre ambos es innegable, por lo que la relativa superficialidad con la que se abordan sus problemas personales es algo que nunca llega a resultar algo insalvable.

No obstante, sería injusto obviar esa superficialidad, ya que impide que 'Begin Again' sea una película memorable. Tanto la conflictiva relación de Ruffalo con su hija y su antigua pareja como los problemas sentimentales de Knightley -grata sorpresa la actuación de Adam Levine, líder del grupo Maroon 5- no tienen toda la entidad que uno quisiera, sobre todo en el caso de él, donde los tópicos, que siempre están más o menos presentes en el guión de Carney, acaben jugando en su contra en un par de momentos.

Tampoco se profundiza en exceso en otros aspectos como la crítica a cierto sector de la industria musical, algo que en otro caso hubiese agradecido, pero es que la historia sencillamente no lo necesita. 'Begin Again' es un musical comercial que busca ante todo ser un chute de optimismo con un acabado musical que a veces roza el convertirse en una especie de equivalente a según qué éxitos de la música pop, pero hace todo esto sin perder su identidad -hay alguna vez que da la sensación de que Carney puede perder el control, pero no tarda en recuperarse- y siendo siempre tan agradable que sólo pude rendirme a sus encantos.

'Begin Again' no es una película rompedora y tampoco un musical memorable, pero tampoco es empalagosa, tramposa o mero algodón de azúcar cinematográfico con canciones. Estamos ante una delicia ligera y consciente de su naturaleza comercial -hay detalles en el guión de Carney que uno jamás creería que pueden suceder en la vida real-, pero sin renunciar a un toque más personal que hacen que todo aquel que pueda y quiera disfrutar con una cinta así pueda hacerlo sin grandes dificultades. Cine bonito de calidad.

Mikel Zorrilla (blogdecine.com)

domingo, 31 de enero de 2016

La isla mínima (2014)

CURSO 2015-2016. SESIÓN 5

Título original: La isla mínima.
Fecha de emisión: 12 de febrero, a las 17:00 horas.
Lugar: Salón de actos del I.E.S. Cándido Marante Expósito.
Entrada gratuita. Proyección exclusiva para los miembros del I.E.S. Cándido Marante Expósito. Largometraje expuesto en español.
Presentación a cargo de Roberto A. Cabrera.



SINOPSIS

España, a comienzos de los años 80. Dos policías, ideológicamente opuestos, son enviados desde Madrid a un remoto pueblo del sur, situado en las marismas del Guadalquivir, para investigar la desaparición de dos chicas adolescentes. En una comunidad anclada en el pasado, tendrán que enfrentarse no sólo a un cruel asesino, sino también a sus propios fantasmas.

TRÁILER



CRÍTICA 1


La isla mínima es un clásico del cine policíaco en el que una pareja de inspectores contrapuestos en su forma de actuar y pensar se enfrenta a un asesino en serie. Hasta aquí nada nuevo bajo el sol. Es de sobra conocida la dificultad de revisitar el thriller aportando algo de originalidad y sin embargo La isla mínima lo consigue: es una película del género en la que no aparece Morgan Freeman.

Bromas aparte, se trata de un film hipnótico, fascinante, bien dirigido y sobre todo, de una película con un gran equilibrio. Un equilibrio que comienza con la pareja protagonista, un policía joven y honesto interpretado por Raúl Arévalo y su compañero, un personaje más oscuro que viene del régimen franquista y que interpreta magistralmente Javier Gutierrez. Ambos bordan su papel, sin estridencias, con el diálogo justo, como si Richard Linklater y Wong Kar-Wai hubieran encontrado un punto intermedio conversacional.

Y el equilibrio sigue con la trama, plagada de elementos contextuales que sitúan al espectador en un tiempo: años ochenta, y un espacio: una aldea de las marismas del bajo Guadalquivir. Violencia machista, lucha sindical, droga y proxenetismo, son detalles que aparecen de soslayo en la película. No hay disonancias, ni dramas intimistas, ni circunloquios adolescentes para el lucimiento de los actores. En La isla mínima todo fluye, te atrapa, te mantiene en vilo. Los detalles están para situarte, son el territorio.

La recreación de los ochenta está bien conseguida, mención especial a las técnicas CSI de la época en lo referente a las escuchas telefónicas, tan cerca en el tiempo: apenas treinta años y tan lejos tecnológicamente al gran hermano que nos tienen organizados la NSA  y adláteres.

La fotografía merece un capítulo aparte, donde destacan los cenitales del entorno del Parque de Doñana y la ribera del bajo Guadalquivir, que parecen sacados de un documental de National Geographic. El paisaje, a veces sereno como la Tierra de Medem, a veces asfixiante como los pantanos de  Arde Mississippi o True detective, permite al director, Alberto Rodríguez,  desarrollar la trama con las dosis justas de suspense.


De manera similar a lo que ocurre en Twin Peaks, en el pueblo todos tienen algo que ocultar; poco a poco irán aportando la información necesaria para desvelar el misterio. A pesar de ser una comunidad pequeña no sabemos quién es el asesino, no lo intuimos hasta el final y sin embargo todo encaja.

Los actores secundarios contribuyen a la verosimilitud de la trama huyendo de lo tópico y el folclore ligado a lo andaluz, no encontraremos a lo largo de toda la película un carro de caballos moviéndose al son de Los del Río, y algo aún más inverosímil, tampoco encontraremos ni una sola pegatina de coche con la efigie Camarón.

La isla mínima debería, definitivamente, reconciliarnos a todos con el cine español.

Ángel L. Fernández Recuero (jotdown.es)


CRÍTICA 2

En el 2014 se estrenaron varias cintas españolas que lograron poner en el punto de mira del público y crítica, el que casi siempre denostado cine patrio, a veces con razón, otras por la falta de autocrítica de la que hacemos gala tan descaradamente. A las imprescindibles ‘Magical Girl’ (Carles Vermut, 2014), o ’10.000 Km’ (Carlos Marques-Marcet’, 2014), apuestas arriesgadas de cara a ganarse el favor del siempre acomodado público, hay que sumar, dentro de un género más aceptado como el thriller, ‘La isla mínima’ (Alberto Rodríguez, 2014), que se edita esta semana en Blu-ray y está nominada a nada menos que 17 Goyas en la próxima edición de los Oscars españoles.

Con ella su director, cuya filmografía ha ido creciendo en interés con el paso de los años, y tanto en su anterior, y para mí magistral, ‘Grupo 7’ (2012) como en la que nos ocupa, Rodríguez indaga en nuestro pasado, encontrando en ambas ocasiones material más que suficiente para ofrecer al gran público dos thrillers intensos, magníficos, que bucean en nuestra memoria, encontrando algo más que la típica España que estamos acostumbrados a ofrecer, la de la pandereta. En tierras andaluzas, como en cualquier otro punto español, hay recovecos de historia, lugares y personajes que sirven para llenar mucho buen cine, si se quiere.


Dejando a un lado el paralelismo que demasiados medios se han encargado de subrayar y subrayar, con la excelente serie de televisión ‘True Detective’ (id, Gary Fukunava, 2014), que es como comparar dos westerns porque en ambos hay caballos, las referencias de ‘La isla mínima’ son múltiples sobre dentro del Film Noir, del que Rodríguez se declara tan fan –algo que puede verse con claridad en sus dos últimos trabajos, los mejores−. Si uno de los más evidentes es el también indispensable ‘Memories of Murder’ (‘Salinui chueok’, Bong hon-jo, 2003), las referencias, señaladas por el propio director, hacia una de las obras maestras de John Sturges son sensacionales.

La investigación que dos policías llevan a cabo en la España de 1980, con claras referencias a casos reales, como el de las niñas de Alcásser, se empareja con la investigación de Spencer Tracy en el film de Sturges. El caso va dando paso a una soterrada denuncia, en aquella los campos de concentración en suelo estadounidense, en ésta los rastros de una recién salida dictadura, que aún a día de hoy envenena el cerebro de alguna gente. El código de silencio del pueblo no es más que un miedo arrastrado a lo largo de los años, y la amenaza invisible toma forma en personajes como el de Jesús Castro, más aprovechado que en ‘El niño’ (id, Daniel Monzón, 2014).

Pero las referencias a otros títulos, más conocidos o no, y que sirven para disfrutar de la enorme experiencia de Rodríguez como espectador, encuentro la mayor virtud en la forma, que al final hace el fondo, de un thriller de poco más de hora y media de duración, en unos tiempos en los que parece que las películas deban durar más de dos horas por ley. La enorme capacidad de síntesis de Rodríguez, tanto en el guion como en la impecable puesta en escena me hace recordar los thrillers de los 50 a cargo de Don Siegel, auténtico maestro en el montaje de sus films, y que incluso en los 70 seguía gozando de la misma virtud. Rodríguez no se contenta con la cita cinéfila, la viste de ritmo, síntesis, como antaño, con los medios de hoy.


No hay un solo detalle técnico que sobre, o esté exagerado en uso. La impresionante fotografía de Alex Catalán alcanza su máximo esplendor en esa tomas aéreas digitalizadas e inspiradas en fotografías de Héctor Garrido, que muestran una paisaje laberíntico en el que la verdad parece escabullirse delante de nuestras narices, como en esa persecución nocturna de un coche que desaparece en la densa lluvia llevándose consigo un trozo de esa verdad que se busca —y que coqueta con el fantastique, como en algún que otro instante—. Lo mismo con la minimalista música de Julio de la Rosa, y que por momentos parece evocar al John Carpenter más inspirado.

Raúl Arévalo, en el que para mí es el mejor papel de su carrera, casi siempre asociada a la comedia, y Javier Gutiérrez, encabezan un excelso reparto en el que nadie sobra ni falta, demostrando un feeling fuera de lo común. Dos policías totalmente diferentes con distintos pasados, en un descenso a los infiernos tan deslumbrante como terrorífico, en el que para atrapar y vencer a lo que parece un demonio invisible, hay que convertirse, o haber sido, uno de ellos. De gran coherencia el personaje de Gutiérrez, que resolverá la situación haciendo lo que mejor sabe hacer.

Sólo un demonio puede salvarnos de otros demonios, sólo alguien que ha tenido demasiada sangre en sus manos puede pensar como el más sanguinario asesino de niñas. La salvación gracias a la sangre derramada por uno de los monstruos de nuestro vergonzoso pasado. La verdad que se escabulle entre los muertos. Determinadas cosas nunca verán la luz, y se perderán en la memoria de un país que avanza a trompicones, escondiendo sus crímenes. Porque hay ciertas cosas que nunca sabremos, y tal vez, sólo tal vez, sea mejor así.

Una obra maestra.
Alberto Abuín (blogdecine.com)

CRÍTICA 3

¿Podríamos a estás alturas hablar ya de una nueva hornada de cineastas andaluces?. ¿Estamos ante un Nuevo Cine Andaluz como durante los 90 tuvimos uno vasco a manos de gente como Juanma Bajo Ulloa, Daniel Calparsoro, Álex de la Iglesia, Julio Medem o Enrique Urbizu?. ¿Son cineastas como Miguel Ángel Vivas, Paco Cabezas, Santi Amodeo o el Alberto Rodríguez que nos ocupa la nueva esperanza del celuloide ideado por directores nacidos en el sur de España?. Posiblemente la respuesta a todas esas cuestiones sea un rotundo sí. Films como la brutal Secuestrados, la entrañable y espídica Carne de Neón o la tierna y marciana Cabeza de Perro comenzaron a dar muestras de una savia nueva de origen sureño con ganas de contar historias con genuino aroma español sin tirar de clichés autóctonos e incluso abordando de manera crítica estos últimos cuando en alguna ocasión han decidido parar en ellos. El nombre de Alberto Rodríguez comenzó a darse a conocer en algunos círculos de cine independiente español con una obra como El Factor Pilgrim en la que compartía labores de realización con su amigo, el ya mencionado Santi Amodeo. Dos años después rodó su primera película en solitario, la poco conocida El Traje, pero no sería hasta 2005 que diera un considerable puñetazo en la mesa con aquel inesperado éxito llamado 7 Vírgenes, protagonizado por unos inspiradísimos Juan José Ballesta y Jesús Carroza, que hacía un retrato tan duro como naturalista de los barrios más bajos de Andalucía. Tras ella llegó la no muy publicitada After Party que narraba una noche de exceso veraniego repleta de alcohol, sexo y drogas con protagonistas como Guillermo Toledo, Tristán Ulloa y Blanca Romero.

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Pero fue en 2012 cuando Alberto Rodríguez nos regaló la que hasta ese momento era su mejor obra. Aquella nihilista revisión del cine policíaco a lo Sidney Lumet pasado por un tamiz puramente ibérico en el que se nos relataban los hechos reales de las andanzas de un grupo de policías sevillanos que campaban a sus anchas en la capital andaluza “limpiando” las calles de “indeseables” para que unos políticos “preocupados” porque la Exposición Universal de 1992 estuviera exenta de cualquier tipo de problema o disturbio pudieran dormir tranquilos mientras un equipo de supuestos defensores de la ley ponían en práctica métodos propios de gangsters. Mario Casas, un enorme Antonio de la Torre o secundarios como Joaquín Núñez, José Manuel Poga, Inma Cuesta, Julián Villagrán o Alfonso Sánchez conformaban el reparto de una de las mejores películas patrias de aquel 2012.

La Isla Mínima es la evolución natural de Grupo 7, otro policíaco noir con un reparto de actores entregándose hasta lo indecible y un trasfondo social y político que hace un retrato tan desolador como necesario de una época turbulenta de un país como España y una comunidad autónoma como Andalucía, tierra (la del cineasta y también la de un servidor) que guarda muchos esqueletos en su armario y a la que el director sevillano ha querido volver para narrar de nuevo un trhiller magistral con algunos de los momentos más potentes del cine español reciente y un puñado de las interpretaciones más conseguidas vistas en años dentro de la producción patria. El resultado no sólo es la mejor película (con mucha diferencia) de Alberto Rodríguez sino también una de las obras cinematográficas más interesantes y completas de este 2014 al que le quedan pocos meses para abandonarnos.

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Una atmósfera y dos protagonistas que remiten a True Detective, un punto de partida y algunos apuntes que nos llevan de Twin Peaks (esos pájaros que se le aparecen al personaje de Javier Gutiérrez son puro David Lynch) a Forbrydelsen/The Killing pasando hasta por la meritoria miniserie española Punta Escarlata (producto para la pequeña pantalla que comparte muchos puntos en común con la obra que nos ocupa). La trama la hemos visto cientos de veces: Dos policías de la capital viajan a un pueblo andaluz a investigar la desaparición de dos chicas de la zona que finalmente son encontradas brutalmente violadas y asesinadas. Allí se mezclaran con la fauna local para intentar desentrañar el crimen, pero entre pistas y falsos culpables encontrarán secretos a voces y actos inenarrables llevados a cabo por personas sin rostro o identidad.

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La Isla Mínima es una de esas películas que desde su primera imagen ya sabemos que está rematada por un profesional que es consciente completamente lo que está haciendo y cómo debe hacerlo. Esos planos cenitales a vista de pájaro, acariciados por la excelente e intimista partitura de Julio de la Rosa, que retratan marismas que parecen lóbulos cerebrales y que el realizador irá utilizando a lo largo del metraje para acentuar la pequeñez de esta historia tan mínima como la isla que da título al film, afirmándonos que asesinatos como los de Ángela Y Carmen se sucedían, suceden y sucederán en España por centenares, son un toque de aviso para avisarnos que vamos a asistir a toda una lección de cinematografía de altos vuelos, ya que el salto de calidad en el trabajo de Alberto Rodríguez con respecto a su obra inmediatamente anterior es sencillamente enorme y con Grupo 7 hablábamos de una obra soberbiamente rodada, con una puesta en escena llena de nervio y una dirección de actores brillante.

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Pero la última película del cineasta sevillano juega en otra liga, aquí el centro no son los enormes personajes a los que dan vida nos Raúl Arévalo y Javier Gutiérerrez a los que no se puede hacer justicia con palabras (sobre todo al segundo, lo suyo no tienen nombre) ni siquiera la investigación del caso del doble asesinato, ya que uno de los logros más grandes de los creadores del largometraje es que en ocasiones nos implicamos tanto con la narración que saber quién está detrás del crimen es lo que menos nos interesa. Aquí lo que realmente mueve la historia gracias al intachable y complejo guión del mismo Alberto Rodríguez y su habitual colaborador, Rafael Cobos, es el contexto histórico, aquel 1980 en el que una joven y todavía débil democracia trataba de abrirse paso entre esperanzas y sueños, muchas veces, sepultados por la furia y la amenaza heredadas por 40 años de aislamiento político y social.

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Porque si en Grupo 7 la crítica lectura política del largometraje se encontraba adherida tangencialmente a la historia que Alberto Rodríguez y Rafael Cobos nos narraban, en La Isla Mínima la misma es la que bascula todo el entramado central de la historia. Aquella época del posfranquismo se puede palpar en la atmósfera fantasmal del pueblo, en las moscas que revolotean alrededor de las casas, en las caras de tristeza asumida años ha de los ciudadanos, todo localizado en unos días inciertos en los que el mínimo gesto, el más pequeño movimiento, podía hacer volar por los aires los intentos porque aquellas dos Españas no volvieran a enfrentarse. Las sombras de la dictadura sobrevuelan toda la localidad donde Estrella y Carmen han perdido la vida de manera descarnada, un lugar donde el tiempo parece haberse detenido, donde los señoritos y terratenientes siguen haciendo lo que les viene en gana con los más desfavorecidos, como si aquello que nos contaran, Miguel Delíbes primero y Mario Camus más tarde, en Los Santos Inocentes fuera extrapolado a una trama detectivesca de aire asfixiante, calor húmedo y naturaleza siniestra.

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Los espéctros de aquella dictadura habitan en el cuerpo menudo de un Javier Gutiérrez al que por fin le han dado el papel protagonista que llevaba años mereciendo. La oportunidad no se puede decir que la haya desperdiciado y por ello se ha llevado la concha de plata al mejor actor en el pasado festival de San Sebastián. Policía violento, de métodos expeditivos, alcohólico, al que con sutiles pinceladas el guión nos perfila como un hombre de talento desperidiciado (esa libreta llena de dibujos) que supuestamente sirvió a las órdenes del régimen y que el actor asturiano llena de gestos, matices, miradas y una verdad doliente que atraviesa la pantalla en favor de una empatía compartida con el espectador que nos causa tanto rechazo como atracción. La réplica se la da un no menos apabullante Raúl Arévalo que muestra la otra cara ideológica de las fuerzas de la ley, la que contesta a sus superiores y no acepta ordenes así como así, pero la personalidad vírica de su compañero calará tan hondo en su psique que en ocasiones le veremos como su más que posible heredero, pareciendo ambos los hijos de un mismo desarraigo.

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La Isla Mínima es una muestra del mejor cine que se puede hacer en España y la más digna heredera de la soberbia adaptación Ladislao Vajda hizo de la novela El Cebo del novelista Friedrich Dürrenmatt. Adentrándonos en el thriller de género, pero sin olvidar el compromiso que siempre ha caracterizado a nuestra producción fílmica, Alberto Rodríguez consigue una pequeña obra maestra que poco tiene que envidiar a largometrajes policíacos de Estados Unidos, Francia o Italia, que aúna un equipo técnico totalmente cohesionado (la dirección de fotografía de Álex Catalán casi podríamos decir que tiene vida propia) y un dúo de actores con las espaldas bien cubiertas por unos secundarios (como un magnífico Antonio de la Torre, un competente Jesús Castro, un carismático Manolo Solo o la revelación dramática en la piel del actor cómico y monologuista Salvador Reina entre otros) que inyectan calidad a todos y cada uno de los fotogramas que pueblan el largo.

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Alberto Rodríguez apela a la narración fluida, al entretenimiento de calidad, a hacer que el espectador piense y reflexione mientras se retuerce en la butaca con las pocas glorias y muchas miserias de sus dos antihéroes protagonistas. El cineasta sevillano nos vuelve a retratar la Andalucía profunda, la enraizada en la tierra moribunda, la que tenía la violencia a flor de piel, la que formaba parte de una España que no está tan alejada en el tiempo como quisiéramos pensar y que por desgracia cada vez se parece más a la de hoy. Sin adoctrinar, si brocha gorda, pero con rabia y sin temblarle el pulso el director de Grupo 7 afirma que no nos olvidemos de aquellos que, al morir el dictador, y después de haber matado y torturado en nombre de un país “grande y libre”, abrazaron la democracia como si la hubieran defendido desde siempre yéndoles la vida en ello, ni de aquellos que les necesitaban para hacer el trabajo sucio independientemente del lado del espectro político en el que se encontraran.
Juan Luis Daza (zonanegativa.com)

lunes, 11 de enero de 2016

Como locos (2011)

CURSO 2015-2016. SESIÓN 4

Título original: Like crazy.
Fecha de emisión: 22 de enero, a las 17:00 horas.
Lugar: Salón de actos del I.E.S. Cándido Marante Expósito.
Entrada gratuita. Proyección exclusiva para los miembros del I.E.S. Cándido Marante Expósito. Largometraje expuesto en VO con subtítulos en español.
Presentación a cargo de Roberto A. Cabrera.




SINOPSIS

Anna (Felicity Jones), una joven británica que estudia en la universidad de Los Ángeles, se enamora de Jacob (Anton Yelchin), un joven norteamericano, pero ambos se ven obligados a separarse porque a ella no le renuevan el visado para permenecer en los EE.UU. Regresa entonces a Londres, de modo que la pareja se ve obligada a mantener su relación a distancia.

TRÁILER




CRÍTICA 1: I miss you...



Like Crazy

Hubo un tiempo no muy lejano en que cine independiente era sinónimo de buen cine, propuestas arriesgadas y poca ambición comercial. Desde Sexo, mentiras y cintas de video (1989) de Steven Soderbergh, probablemente el título más emblemático de esta corriente, muchas han sido las satisfacciones que nos han llegado desde festivales como el de Sundance, creado para dar un mayor empuje a este tipo de ofertas. Pero también es cierto que el dinero todo lo corrompe y cada vez nos llegan más producciones que intentan vendernos la moto de estilo indie, pero acaban cayendo en los convencionalismos del cine más comercial. 


Like Crazy


Precedida de una sensacional acogida en Sundance 2011, donde se hizo con el Gran Premio del Jurado a la mejor película y el Premio Especial del Jurado, Like Crazy (2011) viene a dignificar una vez más el cada vez más previsible cine independiente americano. El director californiano Drake Doremus alcanza la madurez creativa con ésta, su cuarta película, un drama romántico protagonizado por una pareja de jóvenes, sin caer por ello en la ñoñería propia de productos más convencionales como Crepúsculo o las adaptaciones de las novelas de Nicholas Sparks. Sin duda, todo lo que presenciamos en esta visión amarga sobre el primer amor, resulta tristemente real y cada línea de diálogo, cada mirada o cada actitud de sus personajes, encuentran una rápida identificación en cualquier espectador que haya estado enamorado alguna vez. La historia nos presenta a Anna, una joven inglesa que estudia en la Universidad de Los Ángeles y que se enamora locamente de Jacob, un chico norteamericano. Todo es idílico en esta primera parte de la película, donde se describe a la perfección la excitación del primer amor, aquel que deja más huella en tantas personas. Pero como no todo puede ser azúcar, pronto surge el gran inconveniente que hará tambalear los cimientos de este amor: Anna tiene que volver a Londres porque no le renuevan el visado para permanecer en Estados Unidos. Como la pasión todo lo puede, los protagonistas deciden continuar la relación en la distancia, pero las cosas no serán tan sencillas como esperaban y deberán superar multitud de circunstancias para mantener esa llama viva. 


Like Crazy


El magnífico guión de Ben York Jones y el propio Drake Doremus sabe dosificar con gran habilidad los momentos más dramáticos para que la función resulte totalmente equilibrada. Like Crazy es una obra optimista en su primer tercio, casi una comedia romántica al uso (aunque con estética indie), para luego tornarse en un amargo melodrama, donde asistimos al deterioro de una relación. La distancia geográfica representa un problema que lleva a los dos personajes a tomar la drástica decisión de casarse para que ella pueda lograr su visado que la lleve de vuelta a Norteamérica, pero aparecerán otros daños colaterales como el desgaste de la pareja y la aparición de terceras personas en la vida de ambos. Hay que alabar fervientemente el gran acierto de casting a la hora de elegir a la pareja protagonista. Anton Yelchin, el protagonista del remake de Noche de miedo (2011) y, sobre todo, Felicity Jones, ganadora de los Premios a mejor actriz revelación en los Gotham y los National Board of Review, consiguen una química que traspasa la pantalla a base de encanto y naturalidad. Sus interpretaciones son la base sobre las que se cimenta este filme. No olvido destacar como tercera en discordia a la cada día más pujante Jennifer Lawrence, la chica del momento gracias a la exitosa saga de Los Juegos del Hambre y su nominación al Oscar por El lado bueno de las cosas. Su papel es bastante secundario, pero la actriz logra dejar constancia de su talento en los escasos minutos donde aparece. 




Si en 2010, Derek Cianfrance ya había descrito con maestría los estragos del paso del tiempo en una relación de pareja en aquella otra joya, carne de Sundance, que fue Blue Valentine, con Ryan Gosling y Michelle Williams, Like Crazy podría considerarse su versión más juvenil. Tal vez no llegue a las cotas de descarnada desnudez de aquella, pero lo cierto es que la cinta de Doremus tampoco se queda en la superficie a la hora de escarbar en los estragos del desamor. Algo que queda perfectamente representado en la fenomenal escena final en la ducha, donde no se necesitan palabras para comprender que algo se ha quedado en el camino. Las fugaces imágenes de pasados tiempos felices se contraponen con la actitud más bien distante de los reconciliados amantes. Sin duda, a esas alturas de la película ya habían sucedido demasiadas cosas como para que ese amor juvenil que todo lo puede, sea siquiera la sombra de lo que fue. Cuando algo se rompe, por mucho que lo queramos reconstruir pegando los trocitos, nunca volverá a ser igual. Y ahí queda la historia de Anna y Jacob, grande en su pequeñez, agridulce como la vida misma y una cita ineludible para los amantes del mejor cine independiente americano.

José Antonio Martín (elantepenultimomohicano.com)


CRÍTICA 2: La distancia, el primer amor y la culpa.




Jacob (Anton Yelchin) es un joven norteamericano; Anna (Felicity Jones) una joven británica que estudia en la universidad de Los Ángeles. Se enamoran. Todo es idílico hasta que a Anna no le renuevan el visado de residencia. La pareja tendrá que separarse, pero están dispuestos a mantener su relación como sea.

Hasta aquí, no parece que 'Like Crazy' se distancie mucho de las típicas historias románticas sobre relaciones a distancia. Pero la película me ha parecido un drama romántico con un "algo" especial, que suelen tener bastantes películas del género que pasan por festivales como Sundance (ganó el Premio del Jurado en 2011). La naturalidad con la que está contada, la sencillez, y la química entre los actores... 'Like Crazy' me ha gustado.

La distancia hará que surjan dudas, que la seguridad y 'locura' del principio se tambaleen. Aunque lo que sienten el uno por el otro es muy fuerte; el dolor, la culpa o el resentimiento se mezclarán con el amor. La distancia parece debilitar su relación. Anna y Jacob intentarán salir adelante,  mejorar en su trabajo, pensar en el futuro de forma individual, conocer a otras personas... Pero, al final, siempre habrá un objeto o una acción que les recordará que están hechos el uno para el otro, y que les dará suficiente fuerza para seguir luchando por su relación, pese a la distancia.




El director de la película, Drake Doremus, consigue que el espectador se implique en la historia y para ello, además de la posible identificación con los personajes, utiliza distintos objetos: una silla de madera que Jacob diseña exclusivamente para Anna, una botella de whisky, una pulsera que lleva grabada la palabra 'paciencia', o un ramo de flores fucsias que tarde o temprano Jacob acabará entregando a Anna. En el momento en el que esos objetos adquieren valor "emocional", se convierten claves de cara al desarrollo de la historia; y también a la hora de mostrar la evolución de la relación de la pareja.

Al principio de la película, el momento: "chica conoce a chico y se enamoran" puede que suceda demasiado rápido. El director opta por ir directo a la esencia: las dudas que surgen a la hora de afrontar una relación de ese tipo. El tratamiento o la forma en la que se muestra el paso del tiempo no está mal: montaje rápido de planos en una misma localización, o el uso de cámara rápida mientras un sujeto se mantiene estático: en la cama, en el salón, la espera en el aeropuerto... Esos momentos comienzan con la enamorada pareja, y terminan con el temor a que llegue el momento de la despedida, o la emoción del reencuentro.

El final me ha pillado desprevenida, me ha sorprendido por lo que me parece un punto a favor. No es el típico "happy ending", es abierto. Los personajes han luchado mucho por mantener su relación, y también han sacrificado muchas cosas por ello. Por eso, ambos tienen cierto sentimiento de culpa que no llegará a cicatrizar del todo, la duda de si ha merecido luchar por ello. Un final agridulce.

Aparentemente sencilla en su forma, es una película llena de detalles. La química entre los actores protagonistas es buena. Puede que la película tenga algún desliz narrativo que descoloque un poco, o que alguna que otra elipsis no funcione del todo bien y no sepamos muy bien cuanto tiempo ha pasado realmente entre los viajes de la pareja... Pero sin más, ya que la sensación que tengo tras ver 'Like Crazy' es la de haber visto un drama romántico diferente. Natural y sencillo. Recomendable.

Naiara González (comolohariawilder.blogspot.com)

viernes, 27 de noviembre de 2015

Nightcrawler (2014)

CURSO 2015-2016. SESIÓN 3

Título original: Nightcrawler.
Fecha de emisión: 11 de diciembre, a las 17:00 horas.
Lugar: Salón de actos del I.E.S. Cándido Marante Expósito.
Entrada gratuita. Proyección exclusiva para los miembros del I.E.S. Cándido Marante Expósito. Largometraje expuesto en VO con subtítulos en español.
Presentación a cargo de Roberto A. Cabrera.




SINOPSIS

Tras ser testigo de un accidente, Lou Bloom (Jake Gyllenhaal), un apasionado joven que no consigue encontrar trabajo, descubre el mundo del periodismo criminalista en la peligrosa ciudad de Los Ángeles.

TRÁILER




CRÍTICA 1: Para auténticos caníbales de los telediarios

Lo mejor: la colleja a los medios de comunicación.

Lo peor: a veces se esfuerza mucho por ser cool.

El impulso inicial, prácticamente irrefrenable, es comparar al personaje de Lou Bloom (Jake Gyllenhaal) con el Travis Brickle de 'Taxi Driver' (Martin Scorsese, 1976). Los dos son criaturas que moran por la noche en la ciudad casi como una representación abstracta del desequilibrio, la soledad, la alienación y… el peligro. No obstante, esta correlación inicial se desdibuja a medida que conocemos más a este carroñero autodidacta de las noticias de sucesos. Este rondador nocturno es un trepa sin empatía ni moral, lo suficientemente desalmado como para triunfar el mundo del periodismo audiovisual a costa de las vidas humanas que sean. Así que los tiros, nunca mejor dicho, van por otro lado.

Fábula cruel sobre la mitificación de los triunfadores hechos a sí mismos, sobre el emprendimiento a cualquier precio y sobre el intrusismo en los medios de comunicación en esta era en la que cualquier chalado puede llevar una cámara encima, al fnal Nightcrawler se parece más a 'Network' (Sidney Lumet, 1976) que a 'Taxi Driver' (el personaje de Rene Russo y el de Faye Dunaway son de la misma ralea). Así que, aunque parezca un thriller estilizado con el mismo callejero de 'Drive' (Nicolas Winding Refn, 2011), en realidad este sobresaliente debut en la dirección de Dan Gilroy es un film de denuncia sobre la pornografía de la noticia de estos tiempos multipantalla.

Joan Pons (fotogramas.es)


CRÍTICA 2



Tony Gilroy, director de la buenísima Michael Clayton, produce la primera película de su hermano Dan, donde hace pleno escribiendo y dirigiendo ésta curiosa historia que ha llegado a confirmar a su protagonista para conseguir una nominación en los globos de oro como mejor actuación. Sin lugar a dudas es el año de Gyllenhaal que tiene en su haber dos grandes títulos si incluimos Enemy, aunque haya sido realizada en 2013. Es un acierto recuperar a la siempre sensual Rene Russo la cual parecía abocada al olvido tras ser devuelta al cine en la saga marvelinana, Thor. Pero más acierto supone realizar tu primera película y ofrecer un producto tan brillante como es Nightcrawler.

La cinta nos introduce a Lou Bloom, un hombre que es capaz de hacer lo posible, incluso robar, con tal de obtener un trabajo. Un hombre que parece un mero aficionado pero que tras los primeros minutos nos damos cuenta que su personalidad va arraigada a un carácter sociópata al no demostrar ninguna sensibilidad hacia los que le rodean y a lo que sucede a su alrededor, regocijándose incluso por el mal ajeno a cambio de obtener lo que busca.




La cinta trata en segundo plano sobre el periodismo más visceral, en busca de la noticia más alarmante, siendo el primero en las cadenas de televisión en publicar la imagen más morbosa con tal de subir la audiencia. Todo ésto se resume a la perfección en el film bajo una intensa fuerza de chantaje y amenaza por parte de sus protagonistas con tal de asegurarse un sitio en lo más alto. De éste modo podemos llegar a una evidente comparativa con la historia de Scarface, en la que un hombre de la nada, asciende poco a poco a lo más alto tras hacer los trabajos más sucios del mercado. Por supuesto, ésto supone tener que dejar de lado tus principios y sumirte en un regocijo personal que evidentemente no es bueno, lo cual te convierte en sociópata, tal y como hemos mencionado.

Hay escenas escalofriantes en la película, pero si tengo que elegir alguna que me ha llamado la atención es, curiosamente, un momento en el que el protagonista mira una cinta de Danny Kaye y se muere de risa e incluso vuelve la mirada como si alguien estuviese a su lado viendola. Se describe a la perfección su estado psicótico, siendo en sus momentos más serios realmente aterrador. La interpretación de Jake Gyllenhaal es sublime, no solo ha perdido peso en exceso, pareciendo consumido por su propia obsesión, sino que envuelve al espectador en todo momento con un papel absolutamente intrigante, de esos que encogen el pecho por el temor de saber qué será lo siguiente que está dispuesto a hacer su misterioso personaje. Sus diálogos, el chantaje al personaje de Rene y las conversaciones con su socio Rick son algunos de los momentos más acertados en lo que se refiere a guión ya que su personaje habla con una frialdad y una firmeza que da auténtico pavor. Sin lugar a dudas, Nightcrawler es una de las mejores películas del 2014 y muy a tener en cuenta dentro de ese oscuro género periodístico que ahonda en el morbo.




La banda sonora de James Newton Howard, habitual en el cine de Tony Gilroy y ahora de su hermano, es algo extraña. Por momentos, no encontramos el estilo del compositor ya que parece más cercano al trabajo de Cliff Martinez en cintas como Drive, por su clímax sintetizado en momentos como una de las escenas cumbres del final, donde acierta en sonoridad, aunque hay otras escenas en las que desentona, volviendo a su estilo, menos acertado, como lo que escuchamos poco antes de los créditos finales. Aun así no molesta y fuera de la película gusta. En resumidas, Nightcrawler no se olvidará, tanto por su contenido, como por la magnífica actuación de Gyllenhaal. Una maravilla vertiginosa que se mueve por los entramados más oscuros de ese mundillo televisivo y el pulso por la audiencia más visceral.

Dante Martín (cinebso.net)